Días de conmemoración

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El sol de las palabras, despuntando en el horizonte de la expresión de Aquel que es el Señor de todos los nombres y atributos, ha brillado en verdad con los resplandores de la luz de Dios, en esta más bendita de todas las horas. El espíritu de entendimiento, fluyendo de la Pluma del Todoglorioso, ha sido conferido a todas las cosas creadas por virtud de Su gracia. El misterio de todos los misterios, apareciendo de detrás de los velos del encubrimiento, ha sido, en verdad, revelado a los rectos, por mandato de Dios, el Todopoderoso, el Ilimitado.

Dios, el Omnipotente, el Exaltadísimo, el Más Grande, Se dirige a los seres santos creados mediante la Palabra Primordial que dimanó de Su boca y, más allá de ellos, al Concurso de lo alto y, más allá de ellos, a quienes Él ha elevado por encima de la comprensión de todos los que están en la tierra y en el cielo y a quienes Él ha alzado mediante Su Voluntad oculta e inescrutable, diciendo: «Regocijaos en lo más hondo de vuestra alma, pues ha llegado el momento más auspicioso; y ha sonado la Hora en torno a la cual giran todas las demás horas predichas en las Tablas de Dios, el Todopoderoso, el Gloriosísimo, el Más Misericordioso; y ha despuntado la Mañana oculta en este Nombre atesorado, en la alborada de la divinidad, y ha irradiado su luz sobre todo cuanto ha sido y todo cuanto será». ¡Bendito sea el Señor de toda merced, la fuente de esta gracia suprema!

¡Ha llegado el Día prometido de Dios! Aquel que es la Manifestación del Adorado Se ha establecido en el trono de Su nombre, el Amoroso, y el sol de Su munificencia ha esparcido sus rayos por igual sobre quienes ven y quienes son vistos. Por tanto, oh habitantes de los dominios de la limitación, renunciad a lo que poseéis, adornad vuestro templo con Su glorioso atavío y contemplad con visión inmaculada a Aquel que es la luminosa Belleza de Dios, establecido sobre el trono de gloria en Su soberanía trascendente, todopoderosa y conquistadora. ¡Toda alabanza sea para el Bienamado, Quien ha revelado Su belleza oculta con tan manifiesta autoridad!

Todos los días han llegado a su consumación en este augusto día, y todas las horas, en esta nobilísima hora, y el Invisible ha querido conferir toda gracia a los moradores de la tierra y el cielo, para establecer, ante todos los que están en los reinos de la revelación y la creación, a la Manifestación de Dios y Su excelsitud, y la soberanía de Dios y Su grandeza, para que se complete Su favor para con Sus siervos y se cumpla Su munificencia para con Su creación. Y, sin embargo, en el momento en que apareció, los ojos de todos los que Le habían esperado quedaron deslumbrados, con excepción de aquellos a quienes Su poder había protegido y de cuya vista había eliminado todos los velos mundanos. ¡Bendito sea, pues, Quien ha sido puesto de manifiesto en este maravilloso y reluciente atavío, mediante el poder de la verdad!

Y cuando sonó la hora señalada de Su Revelación en este Día prometido, los velos del destino fueron desgarrados y se cumplió el decreto divino cuando salió de la ciudad de Bagdad el Luminar del cielo de la eternidad. Esto sucedió a causa de lo que las manos de los malévolos habían perpetrado contra esta Luz, una Luz que ha eclipsado a todas las demás en su sagrado y maravilloso esplendor. ¡Bendito sea, pues, Quien ha hecho descender estas dos Revelaciones mediante Su magna y muy poderosa soberanía!

Con la venida de esta Manifestación, las realidades de todas las cosas se colmaron de alegría y todos tomaron la copa del éxtasis con las manos del anhelo y el embeleso, y bebieron de ella el vino más selecto por amor a esta Belleza, una Belleza que ha aparecido mediante el poder de la verdad, engalanada con el ornamento de Dios, el Soberano, el Justo, el Sapientísimo. ¡Bendito sea, pues, Aquel que, mediante esta Revelación, ha atraído los corazones de los predilectos del Señor!

Di: Este es el Día que la Pluma del Altísimo ha ordenado que no tenga igual, y cuyo parecido no han presenciado los moradores del Concurso de lo alto y las realidades de los Profetas y Mensajeros de Dios. ¡Bendito sea, pues, Quien ha puesto de manifiesto este santificado y sagrado, este grandioso y maravilloso Día!

Este es el Día en que los pilares del Trono se estremecieron en su anhelo de que Dios se estableciera sobre él, el Día en que se conmovieron los cimientos de la Sede más elevada. ¡Bendito, pues, sea Dios, el Origen de este embeleso que se ha apoderado de la creación entera!

Este es el Día en que el Sol de la Belleza apareció en el horizonte del semblante de Dios, el Exaltadísimo, el Más Grande, y las nubes de la munificencia dejaron caer su lluvia, y los árboles del Paraíso brindaron esos frutos que Dios ha asignado para quienes se vuelven hacia Él con corazones radiantes en esta Dispensación. ¡Bendito, pues, sea Dios, Quien ha dispuesto esta suprema gracia!

Este es el Día en que los espíritus abandonaron sus cuerpos en su anhelo por contemplar el rostro desvelado de la Antigua Belleza. ¡Bendito sea, pues, Aquel que ha manifestado este grandioso Día!

Este es el Día en que el Más Grande Espíritu se encarnó en la más agraciada de las formas y, procediendo del Dominio de lo alto, se acercó al Escenario de trascendente gloria con tal resplandor que cautivó a la Doncella del Cielo, hasta que se detuvo, suspendida en el aire ante Nuestra presencia, con tal atavío que embargó de anhelo los corazones de los Mensajeros de Dios. ¡Bendito, pues, sea Dios, Quien ha creado a este noble ángel!

Ante lo cual, los moradores del Paraíso y, más allá de ellos, los habitantes de los retiros de la santidad y los dominios de la comunión y, más allá de ellos, los que moran dentro de las estancias del cielo y los que habitan bajo el tabernáculo de la ocultación, salieron todos presurosos de sus elevadas mansiones y, hablando en susurros, se relataron unos a otros lo que había acontecido en la tierra. Era como si el Antiguo Rey Se hubiese revelado a Sí mismo y, luego, con indiscutible soberanía, a Sus siervos y Sus criaturas en el dominio de la creación. ¡Bendito, pues, sea Dios, Quien genera lo que sea Su voluntad mediante la potencia de Su mandato imponente!

Entonces el Más Grande Espíritu hizo un llamamiento que resonó por toda la creación, diciendo: «¡Que se alegren vuestros ojos, oh habitantes de la tierra y del cielo, oh manifestaciones de los nombres y atributos divinos, y oh vosotros que estáis inmersos en los océanos de grandeza que se encuentran más allá de los mundos de la mención y la alusión! Este es el Día en que Dios mismo, el Más Exaltado, el Altísimo, mediante Su propio Ser santo y glorioso, ofrece la copa de la cercanía y la reunión a las almas de toda condición». ¡Bendito, pues, sea Dios, Quien Se ha revelado a Sí mismo en la plenitud de Su múltiple gracia en este más grande de los días!

Este es el Día en que fue desgarrado el velo más doloroso y se puso de manifiesto el Escenario de trascendente pureza; el Día en que la faz de Dios sonrió con el gozo de la reunión, y las puertas de Su presencia se abrieron de par en par a las encarnaciones de Su belleza y majestad, y a quienes han traspasado los velos de la gloria mediante el poder nacido de Dios, el Todopoderoso, el Omnisciente, el Sapientísimo; el Día en que todas las cosas visibles e invisibles exclamaron: «¡Alabado sea Dios, el más excelente de todos los creadores!».

En ese momento, el Más Grande Espíritu fue llamado a guardar silencio, y el arrobamiento de Dios se apoderó de todos los habitantes de las ciudades de la eternidad, los moradores de los aposentos carmesíes y los residentes del reino de los nombres. Todos y cada uno de ellos descendieron de sus aposentos y permanecieron entre la tierra y el cielo, ante Su Semblante, con la mayor humildad y sumisión. ¡Bendito, pues, sea Dios, Quien ha manifestado esta irresistible, muy gloriosa y trascendente Causa!

Entonces se alzaron sus voces en alabanza y exultación en este glorioso Día, Día cuyo resplandor no proviene del Sol y sus rayos, sino de la refulgente luz del Semblante de Dios, el Rey, el Exaltado, el Munificente. ¡Bendito sea, pues, Aquel que ha hecho que aparezca este Día mediante el poder de la verdad, y Quien ha resucitado en él a las almas de toda la humanidad!

Y luego otro heraldo hizo un llamamiento desde el Escenario de trascendente gloria: «¡Por Dios! Este es el Día en que fueron desgarrados los velos de la discordia y soplaron las brisas de la unidad y apareció el Señor de la creación, investido de manifiesta soberanía y cabalgando sobre las nubes de la grandeza en este, Su Día prometido». ¡Bendito, pues, sea Dios, Quien en verdad ha descendido desde el cielo de sublime santidad!

Este es el Día en que el fuego y el agua se unieron en uno y se levantaron los velos de la faz de todos los misterios, por cuanto la Belleza del Ilimitado apareció ataviada con la vestidura de Su propio Ser, Quien ayuda en el peligro, el Todopoderoso, el Incomparable. ¡Toda gloria sea para este Día, cuya llegada ha regocijado los ojos de los favorecidos de Dios!

Cuando esa alegría nacida de Dios se había apoderado de todo salvo de Él, el Más Grande Espíritu hizo un nuevo llamamiento y proclamó: «¡Oh habitantes de los reinos de la tierra y del cielo! ¡Oh moradores de los dominios de la revelación y la creación! Bienaventurados vuestros oídos, pues han escuchado los versículos de la cercanía y la reunión. Oíd ahora las nuevas de la lejanía y la separación, pues el Luminar del mundo se ha propuesto partir de la tierra de Irak, conforme a la firme alianza que ha sido enunciada en las Escrituras de Dios, el Todopoderoso, el Omnisciente, el Sapientísimo».

Ante este anuncio, los moradores de la tierra y el cielo se llenaron de consternación. Tales fueron su llanto y sus lamentos que cayeron postrados en el polvo, consumidos de dolor. ¡Cuán extraña esa aflictiva y penosa separación! Todas las cosas visibles e invisibles quedaron perplejas ante ese anuncio. Tal fue su desazón que la letra «S» se olvidó de la letra «E», y los amantes descuidaron la faz de su Bienamado, el Todopoderoso, el Más Loado. ¡Cuán funesto fue ese claro e irrevocable decreto!

Cuando las cosas llegaron a ese extremo, la Antigua Belleza Se irguió y todas las cosas se pusieron en movimiento, interna y externamente. Entonces Se puso en pie y, con esa acción, se inauguró la Más Grande Resurrección en medio de la tierra y del cielo. Tras lo cual, el Espíritu hizo un nuevo llamamiento ante Su presencia: «¡Oh Isráfíl! Juro por la rectitud de Dios que fuiste creado para este día. Por tanto, haz sonar tu trompeta para proclamar el advenimiento de esta Manifestación, para que con ello sea vivificado todo hueso enmohecido!». Tal como le fue ordenado, el ángel hizo sonar su trompeta, con lo cual desfallecieron todos los que habitan en el cielo y en la tierra. Luego hizo sonar nuevamente su trompeta; con ello, se levantaron y, fijando la mirada en esa gloriosa Visión, exclamaron: «¡Alabado sea el Señor, el más excelente de todos los creadores!».

La Antigua Belleza se adelantó, al tiempo que el Reino de la Revelación Le precedía y el Cielo de la Inspiración divina Le seguía. A Su derecha avanzaba el Dominio del Mando y a Su izquierda marchaban las huestes de Sus favorecidos. ¡Toda gloria sea para esta clara y maravillosa Causa!

Y cuando llegó al atrio de la Casa, los moradores del dominio de la santidad se postraron a Sus pies y los cimientos de la Casa temblaron debido a su separación de Dios, el Omnipotente, el Todopoderoso, el Exaltadísimo. Los moradores de todas las ciudades clamaron y los corazones de quienes giran alrededor de Dios fueron estremecidos de dolor. ¡Cuán penosa esa separación, que hizo desmoronarse los pilares mismos del mundo!

Al oír las lamentaciones de los moradores del dominio del polvo, la Belleza del Bienamado de todos se detuvo un momento, y el Ojo de la majestad lloró con desconsuelo ante tal llanto. En verdad, los suspiros de Sus amados colmaron Su corazón con tanto dolor que nadie en los cielos ni en la tierra podía soportarlo.

Avanzó hasta llegar al velo encubridor y a Sus pies vio a un niño que se había despegado del seno de su madre. Y esa criatura se asió del borde de Su manto con tal apego y Le imploró que Se quedara con tonos tan lastimeros que el polvo del dolor cubrió el rostro de toda alma perceptiva y los vientos de la angustia asolaron a toda la creación. ¡Cuán pesada la carga de dolor que ensombreció el semblante de los sinceros! Si no fuera por la protección de Dios, los siete cielos se habrían hendido en ese momento y la tierra se habría tragado a todos los que habitan en ella y toda cumbre elevada se habría reducido a polvo.

Entonces la Mano del Poder rasgó el velo de la grandeza, y de ahí emergió la Belleza del Todoglorioso con suma autoridad. Cuando Aquel que es el Dios mismo, el Todopoderoso, el Munífico, Se proponía cruzar la puerta, el Más Grande Espíritu hizo su proclamación final: «¡Por Dios! El Bienamado de los mundos ha partido de Su Casa debido a lo que han obrado las manos de los opresores».

Entonces lloró interiormente con tal llanto que los moradores de la tierra y del cielo, y los que estaban suspendidos en el aire ante Él, y quienes giraban en torno al Semblante de la grandeza lloraron con Él. Y Él les habló y les dijo: «Sabed que en esta partida, ocurrida en el mismo Día de Nuestra Aparición, hay signos y señales para aquellos que comprenden. Tal vez, en razón de Nuestra partida en este muy sublime y maravilloso Día, las gentes de la tierra y del cielo salgan de detrás de los velos del yo y de la pasión, se acerquen a Dios, el Más Exaltado, el Todoglorioso, y se desprendan de todo cuanto Él ha creado u ordenado en este mundo. Esto es lo que Dios había dispuesto para ellos como una merced de Su presencia. Él es, en verdad, el Munífico, Quien siempre perdona, el Más Generoso». ¡Bendito, pues, sea Dios, la Fuente de esta muy manifiesta, esta suprema dádiva!

El Rey de la Eternidad partió, flanqueado por las huestes de lo visible y lo invisible, con la mirada fija en la corte del decreto divino. Por delante de Él se levantaban los suspiros de quienes Le amaban, y detrás de Él se oían las lamentaciones de quienes anhelaban por Él. Cuando llegó a las orillas del río, Se separó de Sus amados, y fue como si las almas mismas de esos siervos leales se hubiesen separado de sus cuerpos. Mas Él les exhortó a ser pacientes y a tener fortaleza, y les incitó a temer a Dios, el Omnipotente, el Todopoderoso, el Ilimitado. Y luego, tras cruzar el río, entró en el Jardín de Riḍván, donde ascendió al trono de Su extraordinaria soberanía. ¡Bendito sea, pues, el Todogeneroso, la Fuente de esta omnímoda gracia!

Una vez instalado en Su trono, la Antigua Belleza derramó sobre todas las cosas el esplendor de Su nombre, Quien subsiste por Sí mismo, para cumplir lo que había escrito la Pluma Suprema por mandato de Dios, el Más Exaltado, el Altísimo. Luego proyectó la luz de Su nombre, Quien todo lo posee, sobre todas las cosas visibles e invisibles; y la de Su nombre, el Más Manifiesto, sobre todo lo que se ha mencionado y todo lo que se ha dejado oculto; y la luz de Su nombre, el Más Grande, sobre las personificaciones de la eternidad y el resto de las gentes; y la de Su nombre, el Omnisciente, sobre los exponentes de los nombres de Dios. Dichoso aquel que se ha vuelto hacia lo que Él ha revelado mediante Su infalible gracia en este muy augusto Día. ¡Cuán gloriosa fue Su ascensión al trono de la majestad, mediante la cual fueron tranquilizados los corazones de quienes gozan de Su cercanía, y se aproximaron las almas de quienes Le han reconocido, y se iluminaron los rostros de quienes se han vuelto hacia Él, y se santificaron los espíritus de quienes han fijado en Él su mirada, y se alegraron los ojos del Concurso de lo alto, y las lenguas de todas las cosas, visibles e invisibles, se desataron para alabar a Dios, el Señor Soberano, el Poderoso, el Magnánimo! ¡Dulce, en verdad, era aquel aroma celestial que difundía el almizcle de significados ocultos por todos los mundos!

La ascensión de la Antigua Belleza a Su trono ocurrió en el momento mismo en que las gentes se disponían a ofrecer la oración de la tarde a Dios, el Todopoderoso, el Bellísimo. Incluso en esto hay señales para los que están bien seguros, pruebas para los que disciernen y alusiones para los que han sido dotados de perspicacia. La Belleza del Todomisericordioso permaneció en el Jardín de Riḍván doce días, durante los cuales las huestes del Concurso de lo alto, los ángeles predilectos de Dios y las almas de Sus Mensajeros giraron día y noche en torno al Tabernáculo de la grandeza y el Pabellón de inviolable santidad, resguardando y protegiendo al pueblo de Dios de las huestes del Maligno. ¡Bendito, pues, sea Dios, Quien puso de manifiesto esta incomparable, esta gloriosa posición!

Durante cada momento de esos días, los moradores de los aposentos del Paraíso descendían de las alturas, portando cálices rebosantes con las aguas vivas de la revelación y copas repletas del vino selecto de la santidad, que ofrecían a los habitantes del pabellón de la gloria y a los moradores del tabernáculo de resplandeciente majestad. ¡Bendito, pues, sea Dios por esta exaltadísima, esta omnímoda gracia!

Y cuando se cumplió el plazo fijado para la espera y se recibió el decreto de la partida, la Belleza del Todomisericordioso Se levantó y salió del Jardín de Riḍván cabalgando sobre el más fino corcel. ¡Bendito sea, pues, el Todoglorioso, Quien apareció en el mundo de la creación con una soberanía que trasciende los cielos y la tierra!

Cuando Se alejaba, un llanto de tristeza se elevó del jardín, de sus árboles y hojas y frutos, y de los muros, el aire, el suelo y el pabellón, mientras los habitantes de los páramos y los desiertos, y aun las dunas mismas y el polvo de la tierra, se regocijaban por Su venida.

Así Se estableció la Belleza del Todoglorioso sobre las excelsas alturas de la eternidad, pues Su mirada estaba fija en el decreto que el Dedo de Dios, el Más Exaltado, el Más Glorioso, había inscrito en la bendita y nívea Tabla. Y así te damos cuenta del día de Nuestra Manifestación y las circunstancias de Nuestro destierro debido a las maquinaciones de esas almas sediciosas que habían rechazado a Dios, el Omnipotente, el Todopoderoso, el Más Munífico, y Le habían atribuido copartícipes.