Días de conmemoración

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Él es el Manifiesto, el Oculto, el Todoglorioso, el Omnisciente, el Indulgente.

¡Oh Señor, mi Dios! Cada vez que intento desatar mi lengua para ensalzar las maravillosas expresiones de Tu trascendente unicidad, o abrir los labios para revelar las joyas místicas de Tu incomparable obra, con la cual me has inspirado, me veo impulsado a reconocer que todas las cosas cantan Tu alabanza y glorifican Tu recuerdo, un recuerdo que se ha extendido hasta tal punto en los cielos y en la tierra que todas las cosas proclaman, en su mismísima esencia, los maravillosos testimonios de Tu exaltada alabanza y evidencian las maravillosas señales de Tu trascendente unidad. Por lo cual, me siento avergonzado —al igual que todos los que Te mencionan— de acercarme a las sublimes alturas de Tu recuerdo, e incapaz —al igual que todos los que Te ensalzan— de ascender a las elevadas cumbres de Tu alabanza.

¡Glorificado, inmensamente glorificado eres Tú! Tan sublimes son las maravillas de Tu generosidad para con Tus criaturas que has hecho que todas las cosas sirvan de señal para los atentos entre Tus siervos, y de advertencia para los negligentes entre Tu pueblo. ¡Tu gloria me da testimonio! Quienes están dotados de verdadero entendimiento no perciben en toda la creación nada que no sean las maravillosas muestras de Tu obra incomparable, ni observan otra cosa en el mundo del ser salvo las joyas ocultas de Tu soberanía todogloriosa.

¡Juro por Tu Gloria, oh mi Bienamado! Cuandoquiera que elevo la vista a los cielos y observo su excelencia, no reconozco otra cosa que las maravillosas alturas de Tu supremo poder y Tu autoridad soberana. Y cuandoquiera que vuelvo la mirada hacia Tu tierra y contemplo las potencialidades con que ha sido dotada, no percibo sino las señales incomparables de Tu naturaleza inmutable y de Tu constancia permanente. Y cuandoquiera que miro el mar y sus olas, oh mi Dios, pareciera que estoy oyendo el océano ondeante de Tu riqueza y poder. En el sol no distingo sino el magnífico esplendor de la luz de Tu bendita faz y presencia, y en el viento no percibo sino las inspiradoras brisas de Tu cercanía y reunión. En los árboles veo solo la revelación de los frutos de Tu sabiduría y conocimiento, y en sus hojas no leo sino las páginas de los libros que atesoran los misterios de todo lo que ha existido mediante Tu mandato o ha de existir mediante Tu poder.

¡Glorificado seas, por tanto, oh mi Dios! Al igual que todos cuantos gozan de cercanía a Ti, soy incapaz de estimar la menor de las señales de Tu creación, por cuanto has hecho que todas las cosas reflejen las manifestaciones de Tu obra y las revelaciones de Tu dominio soberano. Siendo tales los límites de la incapacidad y la pobreza que nos confinan a mí y a todas las cosas creadas, ¿cómo puede alma alguna aspirar a aproximarse a los portales del santuario de Tu conocimiento o abrigar la más mínima esperanza de llegar a la ciudad de Tu trascendente gloria? ¡Glorificado, inmensamente glorificado eres Tú! Desde siempre has estado mucho más allá de la comprensión de Tus criaturas, pues semejante comprensión no es sino el producto de sus propias vanas fantasías, mientras que, en la realidad de Tu propia Esencia, Tú has permanecido muy por encima de ellos y de todo cuanto poseen, y más allá de la comprensión de todos los que están en el cielo y en la tierra. No hay otro Dios sino Tú, el Todopoderoso, el Incomparable.

Habiendo reconocido, oh mi Dios, con mi alma, mi lengua, mi esencia, y con mi ser interior y exterior, todas mis transgresiones, cuyo parecido no han visto jamás ojos mortales ni concebido mentes humanas, Te imploro que nos perdones a mí y a Tus amados por cualquier cosa que no hayamos cumplido de todas Tus leyes y preceptos. Atavíanos, pues, con el manto de Tu indulgencia, oh mi Dios, en este Día en que has asumido el trono de Tu gracia y merced, investido con toda la gloria de Tus nombres y atributos; Día en que el sol de Tu belleza ha aparecido en el horizonte de Tu grandeza y las señales de Tu gloriosa soberanía han sido otorgadas desde los tesoros de Tu gracia; Día en que las dulces fragancias de la reunión se han difundido entre todos los que están en Tu cielo y en Tu tierra, y la Palabra oculta ha resplandecido desde los depósitos de Tu protección y Tu poder.

Atestiguo, oh mi Dios, que Tú has dispuesto que este Día no tenga igual entre todos los días de Tu mundo ni comparación con nada de todo lo que has generado mediante Tu potestad creativa. Este es ese Día primordial que has destacado entre todos los demás días y lo has ensalzado sobre todas las otras épocas y designado como el Rey de los Días para todos los pueblos, por cuanto en este Día manifestaste las muestras de Tu trascendente poder y las evidencias de Tu santa unidad. Has hecho que su brillo supere el esplendor del Sol, la Luna y las estrellas, y trascienda la luminosidad de toda luz sublime y gloriosa, radiante y resplandeciente. Es más, has iluminado este Día, oh mi Bienamado, con las luces mismas de Tu propio Ser inaccesible y con la gloria plena de Tu propia exaltada Esencia.

Magnificado sea, pues, este Día en el que has revelado a todas las cosas las fulgurantes luces de Tu gloriosa unidad y has derramado sobre toda la creación el resplandor de Tu soberana y trascendente unicidad, Día en que has descorrido el velo que encubría el semblante de Tu belleza, has quemado, mediante Tu bondadoso favor, los sudarios de ociosas fantasías que cegaban los ojos de las gentes y has convocado a todos a participar de Tu cercanía y de la reunión contigo. Inmensamente glorificado sea este Día en que se han agitado los océanos de esplendor y gracia y han fluido los ríos de merced y justicia, Día en que Tu generosidad ha llegado a tal grado que toda lengua balbuceante ha celebrado Tu alabanza, todo ojo invidente ha alcanzado a ver las luces de Tu belleza y todo oído sordo ha logrado escuchar las gloriosas cadencias de la Paloma de Tu unicidad.

En este Día los pobres han sido enriquecidos con las maravillas de Tu riqueza incomparable, los humillados han sido ensalzados por las múltiples revelaciones de Tu majestad y gloria, los pecadores han tomado del vino de Tu perdón, los enfermos han bebido de las aguas de Tu bondadosa curación, los desconsolados se han refugiado a la sombra del árbol de Tu esperanza y merced y los indigentes han alcanzado las orillas del mar de Tu gracia y favor.

¡Ciegos los ojos que, en este Día, no logren verte sentado en el trono de Tu soberanía, o que no atestiguen Tu indiscutible autoridad sobre todas las cosas que has creado como exponentes de Tus nombres y atributos! ¿Puede alguna de Tus señales y muestras, oh mi Dios, confundirse con las que corresponden a Tus criaturas? ¡No, por Tu gloria! Todo cuanto procede de Ti y de Tu presencia brilla con tanto esplendor como el sol meridiano en el cielo de Tu justicia, mientras que todo lo demás, aunque sea parte de los tesoros de Tu creación o de la quintaesencia de Tu obra, se desvanece en la nada absoluta. Y dado que no Te has asignado socio alguno, todo cuanto se manifiesta de Ti tampoco tiene par ni igual. Y si bien has derramado las luminosas luces de Tu gloriosa singularidad sobre todas las cosas creadas, y nada proviene de cosa alguna a menos que se manifieste de Ti y sea creada por orden Tuya, no obstante, aquello que aparece desde Tu propio Ser excede y supera a todo lo demás en Tus cielos y en Tu tierra, y así se revelan las señales de Tu gloriosa soberanía ante los ojos de los hombres y se cumple Tu testimonio ante toda la creación.

Dado que Tu generosidad ha inundado todo el universo y las luces de Tu semblante han iluminado todas las cosas creadas, Te suplico por este Día, y por los corazones que has hecho depositarios de Tu conocimiento e inspiración, y erarios de Tu revelación y reconocimiento, que permitas que las señales de Tu indiscutible supremacía resplandezcan en el horizonte de Tu mandato, que las lluvias de Tu misericordia incomparable desciendan del cielo de Tu gracia y que aparezcan las señales de Tu liberación, por la acción de Tu Voluntad soberana. Puedan así Tus amigos ser rescatados de las garras de Tus enemigos, y Tus amados, librados de las manos de los descarriados de entre Tus siervos, para que Te ensalcen, oh Señor, con voces resonantes en los dominios celestiales de Tus nombres y Te adoren con todo su ser en el reino de Tus atributos. Y así se ensalce Tu Nombre, se establezca Tu testimonio, se vindique Tu prueba, se complete Tu favor, se cumpla Tu gracia, se promulguen Tus versículos y se expongan Tus señales, de tal manera que el mundo entero se llene con la luz de Tu semblante y todo dominio sea únicamente Tuyo. No hay otro Dios sino Tú, el Omnipotente, el Todopoderoso, el que todo lo domina, el Imponente.

Te imploro además, oh mi Dios, por Tu nombre, por medio del cual el Ave del Trono celestial ha entonado las melodías de Tu trascendente unidad en el Dominio de lo invisible, y la Paloma de Tu Revelación ha cantado los himnos de Tu unicidad soberana en el Reino de la eternidad, y el Espíritu Santo ha magnificado Tu gloria sempiterna con maravillosos tonos, Te suplico que no prives a estos siervos de las suaves brisas de la mañana de Tu cercanía y presencia, ni permitas que estén alejados de las dulces fragancias del amanecer de la reunión contigo y del reconocimiento de Ti.

Permite, oh mi Dios, que esta Festividad sea una fuente de bendiciones para ellos y para todos Tus amados. Provéeles, pues, con todo el bien que ordenaste en el cielo de Tu decreto y propósito y en las Tablas de Tu protección y Tu mandato. Vence, entonces, a sus enemigos en el transcurso de este año, oh mi Dios, mediante la fuerza de Tu ira y de Tu irresistible poder, y ordena para ellos, oh mi Dios, todo cuanto Te he pedido y todo cuanto he dejado sin pedir. Dótalos, pues, de tal constancia en Tu amor y en Tu Causa que nunca quebranten Tu Alianza ni violen Tu Testamento, a lo cual se comprometieron antes de la creación de los cielos y de la tierra. Hazlos victoriosos con los más sorprendentes medios que están ocultos en los tesoros de Tu poder y en los depósitos de Tu fuerza, y permíteles alcanzar, oh mi Dios, la Hora que les prometiste en Tu Resurrección más reciente, mediante la aparición de la Manifestación de Tu gloriosísimo Ser; pues este es, ciertamente, el objetivo mismo de su existencia y de la existencia de todas las cosas, la causa de su creación y de la creación de todas las cosas. Haz, entonces, oh mi Dios, que se sometan a Tu voluntad en toda condición. Verdaderamente, Tú eres el Señor de gracia y munificencia, de dádivas interminables y de soberanía ilimitada. Y Tú eres, ciertamente, el Exaltadísimo, el Todopoderoso, el Más Generoso.

Te pido además, oh mi Dios, por todos los Exponentes de Tus nombres y todos los Reveladores de Tus atributos, que no cuentes a estos siervos Tuyos entre aquellos que observan externamente las Festividades asociadas a la venida de Tu Manifestación, que honran y glorifican estos días conforme a sus medios y capacidades y que, no obstante, permanecen separados como por un velo de Aquel que, mediante Su mandato y decreto, es el Autor de estas celebraciones y de todo lo demás, ya que así todas sus obras serán en vano, aunque ellos no lo perciban.

Te imploro, oh mi Dios, por la aparición de Aquel a Quien has manifestado en estos días mediante Tu Nombre «el Invocado», y por Su belleza, y Su majestad, y las aflicciones que se Le han hecho padecer, y Sus divinas fragancias, y Sus dulces acentos, y Su grandeza, y Su poder, que hagas que los ojos de Tus amados se libren de los velos de la ignorancia y la ceguera, y de las sombrías nieblas de la duda y la mezquindad. Acaso fijen la mirada en el Árbol de Tu Revelación y en aquello que aparece en las maravillosas hojas de Tu antigua eternidad y los preciosos frutos de Tu santa unidad, se deleiten en ellos y en lo que contienen de Tus dones ocultos y Tu conocimiento encubierto, y se libren del apego a todo lo demás. Esto, en verdad, no es sino gracia perfecta y bendición pura, y su propia esencia, origen y última morada, pues dentro del alcance de Tu conocimiento no hay nada más elevado que esta gracia ni nada más dulce que esta bendición. Tú, ciertamente, eres el Rey, el Omnisciente, el Omnipotente, el Todopoderoso, el Conocedor, el Sapientísimo.