Días de conmemoración
16
¡En el nombre de Dios, Quien ha derramado Su resplandor sobre toda la creación!
¡Oh moradores de la tierra y el cielo! Prestad oído al testimonio de Dios que procede de los labios de vuestro Señor, el Todoglorioso. En verdad, Él ha atestiguado en Sí mismo y por Sí mismo, antes de que se erigiera el cielo de Su Causa y se congregaran las nubes de Su Decreto, que no hay otro Dios sino Él, y que Aquel que ha aparecido es ese Más Grande Nombre mediante el cual se ha establecido Su antigua prueba y Su testimonio ante todos cuantos están en los cielos y en la tierra.
Verdaderamente, Dios ha atestiguado en Sí mismo y por Sí mismo, y en Su mismísima Esencia, que no hay otro Dios más que Él, y que Aquel que ha venido mediante el poder de la verdad es la Manifestación de Sus muy excelentes nombres y el Punto de Amanecer de Sus exaltadísimos atributos. A través de Él se oyó la voz de la Mañana mística desde el horizonte de la eternidad y el Más Grande Espíritu proclamó ante el Divino Árbol del Loto: «Este es, en verdad, Quien ha sido designado en las Ciudades de los Nombres y mencionado en la Tablas reveladas desde el empíreo de la Voluntad de vuestro Señor, el Gobernante de la tierra y del cielo. Él es, en verdad, el mayor Instrumento entre las naciones, Quien ha venido a regenerar el mundo entero».
Verdaderamente, Dios ha atestiguado en Sí mismo y por Sí mismo, y antes de la creación del mundo y la manifestación de Sus nombres y atributos, que no hay otro Dios sino Él, y que Aquel que ha venido sobre las nubes del decreto divino es el Representante de Dios en medio de vosotros y el Revelador de Su Esencia entre vosotros.
Ciertamente, en este momento y desde Su dominio, vemos a todos los pobladores de la tierra y del cielo y los convocamos a la presencia de esta Belleza que ha reconfortado los ojos de los moradores del Paraíso y de los habitantes del tabernáculo de la santidad, quienes han fijado la mirada en este Escenario de refulgente gloria y a quienes los velos de las limitaciones humanas no han logrado impedir que contemplen el semblante de Dios, el Todopoderoso, el Más Maravilloso. Él es Quien proclama en el interior de todas las cosas: «Ciertamente, Yo soy vuestro Señor, el Misericordioso, el Compasivo. Desde tiempo inmemorial era un Tesoro escondido en una realidad desconocida para todos excepto Mi propio Ser, el Omnisciente, el Informado de todo. Desechad cuanto poseéis y remontaos en alas del desprendimiento hacia este empíreo en el que soplan las brisas de la misericordia de vuestro Señor, Quien siempre perdona, el Más Generoso».
¡Por Mi vida! Ha llegado el Día que desde toda la eternidad estaba oculto en los tesoros del poderío de vuestro Señor. Regocijaos en este bendito, este glorioso y sublime Día. Pues Él es Mi propia Aparición en medio de vosotros, y quien haga la menor distinción entre Él y Yo se ha desviado lejos del recto sendero de la verdad. Él es Quien ha hecho que la Paloma Mística arrulle en las ramas del Árbol de la gloria, mientras dice: «¡Por el único Dios verdadero! ¡Ha llegado el Más Amado de los mundos!».
¡Glorificado eres, oh Señor mi Dios! ¿Acaso puede alguien agradecerte debidamente esas bendiciones que has hecho descender del cielo de Tu unicidad y el firmamento de Tu Voluntad, bendiciones que has reservado para el pueblo de Bahá en el dominio de la creación? ¡No, por Tu poder, oh Amado de los mundos y único Deseo de quienes Te han reconocido! Si dotases a todas las criaturas de la tierra y del cielo con una miríada de lenguas —tantas como el número de átomos del universo— y si Te ofrecieran gracias, tanto tiempo como durase Tu reino y Tu dominio, por las dádivas que has conferido a Tus amados en este Día, Día en que Te has revelado a Ti mismo en Tu propia Esencia y mismísimo Ser a los moradores de la tierra y del cielo, y en Tu Belleza, a los habitantes de las ciudades de la eternidad, y mediante Tus Nombres, a quienes están sumergidos en los ondeantes océanos de la grandeza, aun así, su agradecimiento se reduciría a la nada ante aquello que Tú les has conferido mediante Tu gracia y bondad.
No sé, oh mi Dios, cuál de Tus dones ensalzar en este Día, Día que has constituido en el origen de todos Tus días y el punto de amanecer de donde han emanado los rayos de la luz de Tu Esencia y los esplendores de la gloria de Tu semblante. ¿He de alabar el banquete celestial que has enviado en este Día para el pueblo de Bahá, a quienes has escogido para Tu favor de entre los habitantes de la tierra y del cielo? Es, en verdad, un manjar presentado en la bandeja de Tus palabras, en cada letra de las cuales amanece una miríada de soles de divina sabiduría y expresión, y resplandecen las luces de la autoridad y la exposición. Es, en verdad, un manjar cuya sustancia son esos significados interiores que desde siempre habían estado ocultos en Tus tesoros inviolables y encubiertos bajo los tabernáculos de Tu gloria. ¿O he de ensalzar, oh mi Dios, Tu aparición en este Día desde el punto de amanecer de Tu Esencia; o Tu establecimiento sobre el trono de Tu nombre, el Munificente, ante la mirada de todos los hombres; o Tu proclamación a todas las cosas visibles e invisibles mediante la Lengua de la fuerza y el poder? ¡Por Mí mismo, el Verdadero! Ha sido revelado el Secreto Oculto y el Misterio Atesorado. Quien Me busque, Me verá.
¡Juro por Tu Gloria, oh Generador de nombres y Creador de la tierra y del cielo! Las lenguas de Tus criaturas son incapaces de agradecerte los favores que les has concedido en este Día, Día desde el cual has hecho que procedan todos Tus días. Este es el Día en que has convocado a los favorecidos a la Aurora de Tu cercanía, y a los sinceros, al Punto de Amanecer de la luz de Tu semblante. Este es el Día en el que cada Profeta, de acuerdo con lo que concertaste con Él, había de anunciar a todos la venida de Aquel que Se manifestaría en él con Tu fuerza soberana y Tu poder celestial.
Este es el Día en que Muḥammad, el Apóstol de Dios, exclamó desde el corazón mismo del Paraíso: «¡Pueblos de la tierra! ¡Juro por Dios! ¡Ha llegado el Bienamado de los mundos y el Deseo de todo corazón comprensivo! Él es, en verdad, Aquel Cuya voz escuché en Mi Viaje Nocturno, pero Cuya belleza no habría de contemplar hasta que los días llegaran a su consumación en este Día, Día que es el ornamento de todos los días de Dios, el Señor Soberano, el Todopoderoso, el Más Loado. Este es el Día en que el gobierno de Su gracia y de Su omnímoda misericordia se ha establecido tan universalmente que ha abarcado a todas las almas, pues Él ha convocado a todos a Su presencia y ha derramado sobre todas las cosas el esplendor de Su gloriosa y luminosa belleza».
Este es el Día en que el Espíritu proclamó desde el mismísimo corazón del cielo: «¡Oh concurso de la creación! Ha aparecido Aquel que es el supremo Gobernante de todos. Se ha cumplido lo relativo al Reino de Mi Señor. Ha venido Aquel que es el Amado de Mi corazón y el Auxiliador de Mi Causa. Seguidle, y no seáis de los que se han desviado. Este es el Día en que han sido rasgados todos los velos y ha aparecido vuestro Señor, el Todopoderoso, el Más Munífico, y con Su aparición ha cumplido todo cuanto fue prometido en el pasado. ¡Acudid presurosos, pues, a esta resplandeciente, esta muy luminosa Belleza!
¡Oh sacerdotes! Decid a Nuestros siervos que no hagan tañer las campanas salvo en Su nombre, el Todoglorioso, el Altísimo. Este es el Día en que los muy sedientos han llegado al arroyo de la vida eterna y las almas anhelantes han contemplado la Visión del Todomisericordioso. Este es el Día en que los humildes han sido ensalzados, los pobres han sido enriquecidos, los enfermos han sido sanados, los sordos han podido oír Su melodía y a los ciegos se les ha devuelto la vista. Ofreced gracias, entonces, y no seáis de los que asignan socios a Dios. El Reino de Dios gira, en verdad, en torno a Él. Por Él adorné la cruz con Mi cuerpo, y luego resucité de entre los muertos para perfeccionar Su recuerdo en medio de los hombres.
¡Oh pueblo del Evangelio! Guardaos de dirigir vuestras oraciones a Mí cuando os habéis apartado de Mi gloriosísimo Padre, Quien con Su amor transformó en luz el fuego de Abraham. Quien espere a otro ahora que Él ya ha aparecido está realmente en un grave error. Corred, pues, hacia el río de la misericordia de vuestro Señor, el Todomisericordioso, y tened cuidado, no sea que os privéis de sus mansas aguas. En verdad, os hemos criado para este Día. Leed el Libro para percibir el significado de Mis palabras en Mis días. En verdad, Yo Me revelé en aras de Su Causa y vine a vosotros solo para anunciar el Reino de Dios, vuestro Señor y el Señor de los mundos. Aquello que se hallaba oculto se ha revelado ahora y lo que estaba encubierto ha salido ahora a la luz. Levantaos para dar la bienvenida a este Día, Día en que las puertas del cielo se han abierto de par en par, y las nubes de la eternidad han dejado caer su lluvia, y el Ruiseñor de Su Causa ha entonado su melodía en las ramas del Divino Árbol del Loto, y los corazones del Concurso de lo alto se han sobrecogido de anhelo en el altísimo Paraíso, y las Doncellas del Cielo se han dirigido presurosas desde sus aposentos celestiales hacia Su grandioso Trono. Desechad todo cuanto poseéis y asíos a lo que os ha sido ordenado por esta Antigua Belleza.
¡Oh congregación de teólogos! Detened vuestras plumas, pues ha hablado la Pluma de la Gloria. Dejad de lado vuestros libros, pues ha aparecido el Libro que abarca todo cuanto se ha dicho en otro tiempo y que es suficiente para todos los habitantes de la tierra. Elevaos por encima del horizonte de la certeza en el nombre de vuestro Señor, el Todomisericordioso, y desgarrad los velos que se han interpuesto entre vosotros y el Señor de toda la creación».
«Así os lo ordena el Espíritu, Quien ofrendó Su vida para que fuese vivificado el mundo y pudiese aparecer el Deseo de todos los corazones. Y Él, ciertamente, ha aparecido mediante el poder de la verdad. Seguidle, y no os aferréis a cuanto poseáis de las proclamaciones de tiempos pasados. Pues ha sonado el toque de trompeta, y he aquí que la tierra de las vanas fantasías se ha partido en dos; y la Lengua de Grandeza ha hablado desde el pabellón de gloria, diciendo: ¡El Reino en este Día es de Dios, Quien todo lo posee, el Poderoso, el Exaltadísimo, el Más Grande! Los muertos han resucitado y las almas se han reunido, y aun así os vemos enterrados en los sepulcros de la desidia y el deseo. ¡Temed a Dios, oh pueblo! Levantaos de entre los muertos y volved el rostro hacia el Punto de amanecer de Su gracia que brilla en este horizonte resplandeciente. En verdad, Yo espero Su mandato para descender al mundo, con Su venia, tal como ascendí de él. Verdaderamente, Él tiene el poder de ordenar cuanto desee.
¡Oh seguidores del Evangelio! ¿Buscáis Jerusalén, cuando ha venido Aquel que construyó allí la Casa de Dios con una mera indicación de Su voluntad? ¡Qué lejos os habéis extraviado por los senderos del error! Sin duda, no se aceptará ninguna obra en este Día a menos que se lleve a cabo con Su venia, y no ascenderá a Dios la invocación de ningún alma a menos que se exprese por amor a Él. Así se ha cumplido el decreto y se ha establecido el mandato de Aquel que es el Todopoderoso, el Omnisciente».
Este es el Día en que Moisés elevó la voz desde el Sinaí de Nuestro nombre, el Todopoderoso, diciendo: «¡Oh pueblo! ¡Ciertamente, ha llegado el Día! Él es Aquel por Cuya separación lloré amargamente en el desierto del anhelo, y por Cuyo amor me lamenté en los yermos del amor ferviente. Y cuando me proponía entrar en el santuario de Su cercanía y contemplar Su belleza, Él Me detuvo mediante la fuerza de Su potestad soberana y Me privó del anhelo de Mi corazón. Entonces se dirigió a Mí, diciendo: “¡Nunca Me presenciarás!” y Me hizo regresar a los esplendores de las luces de Su grandioso Trono. Entonces me consumió un anhelo tan grande que ni yo lo puedo describir ni los corazones de los verdaderos creyentes lo pueden oír. Pero he aquí que ha aparecido ahora con el poder de la verdad y os ha desvelado Su belleza. En todo momento proclama: “¡Oh concurso de la creación, mirad y Me veréis!” ¡Juro por Dios! Esta es la Palabra que ha procedido de los labios de la Voluntad de vuestro Señor, el Todomisericordioso. Os incumbe ofrendar vuestra alma por Él, si sois de quienes juzgan con equidad. Así os he informado, oh pueblo, acerca de Aquel Cuya lejanía ha herido Mi corazón y Quien Me ha hecho beber de la copa de la separación. Reconocedle y no seáis de los negligentes. ¡Benditos vuestros ojos por haber visto, y vuestros oídos, por haber escuchado! ¡Y ay de quienes se han privado de esta resplandeciente Visión!».
Este es el Día en que el Punto del Bayán proclamó desde el corazón mismo del Paraíso: «¡Oh pueblo! Este es Aquel en Cuyo camino he ofrendado Mi vida. Este es Aquel por Quien Me revelé y de Cuya presencia os traje las más gozosas nuevas. Tened cuidado, no sea que neguéis a Aquel de no ser por Quien nunca habría amanecido el Sol del Bayán ni se habrían revelado los versículos del Todomisericordioso. ¡Juro por Dios! Él es Quien hizo que despuntara la mañana del significado interior y del esclarecimiento, y que se abrieran las puertas de la reunión divina ante todos los pueblos de la tierra. Por Su Nombre se han adornado las ciudades de los nombres; con Su recuerdo se han inflamado los corazones de los elegidos. Tened cuidado, no sea que actuéis con Él como hicisteis conmigo. Atestiguo que Yo no era sino un heraldo de Su Revelación para todos los que están en los cielos y en la tierra, y que supedité el Bayán a Su aprobación y beneplácito. ¡Juro por Dios! Por Su amor, aparecí entre vosotros y Me asocié con vosotros. Si no fuera por Él, de seguro no habría revelado palabra ni versículo alguno. Asíos al borde del manto de Su misericordia y aferraos firmemente de la cuerda de Su amor. Este es el Día en que cada átomo proclama: “¡Por el Poseedor de todos los nombres y atributos! ¡Verdaderamente, ya ha venido Aquel que invocan todos los que están en los cielos!”».
Alabado seas, oh mi Dios, por haber adornado el preámbulo del libro de la eternidad con este luminosísimo Día, Día en que derramaste sobre todo lo creado el esplendor de Tus muy excelentes nombres y Tus exaltadísimos atributos. Este es, en verdad, un Día en que has dispuesto que cada uno de Tus nombres sea dotado con las potencialidades de todos Tus nombres. Bienaventurados sean, pues, quienes se han vuelto hacia Ti, han alcanzado Tu presencia y han escuchado Tu llamado.
¡Oh Señor, mi Dios! Te suplico por este Día y por Tu muy consumado Nombre, mediante el cual se ha agitado el Más Grande Océano, que protejas al pueblo de Bahá contra quienes no han creído en Tus poderosas señales. Haz de ellos pues, oh mi Dios, los exponentes de Tu supremacía y Tu poder, para que se dispongan a glorificarte y celebrar Tu alabanza en medio de Tus siervos, de tal manera que no los separen de Ti ni los velos de las gentes de la tierra, ni sus insinuaciones, ni el ataque de aquellos que se han dispuesto a apagar Tu luz. ¡Oh Dios! No los prives de las suaves brisas que soplan en este Día, Día en que cada átomo proclama: «Verdaderamente, Tú eres Dios; no hay Dios sino Tú». ¡Oh Señor! Adórnalos con el ornamento de la constancia y la certeza, y haz que sean paladines de Tu Causa en medio de toda la creación.
¡Oh mi Dios y el Dios de todos los mundos! ¡Oh mi deseo y el deseo de todo corazón comprensivo! Te imploro, por Aquel que ha hecho aparecer el sol de Tu revelación e inspiración, que destines para las gentes de este Día aquello que has destinado para los elegidos de entre Tus siervos. Haz, pues, que desciendan sobre ellos efusiones tan generosas de Tu gracia como nadie las haya obtenido anteriormente, y que circulen alrededor de la corte de Tu proximidad y el santuario de Tu presencia. Inspíralos, entonces, en Tu Causa con aquello que enciende los corazones y las almas. Haz que cada uno de ellos sea como una lámpara de Tu recuerdo para aquellos de Tus siervos a quienes el ego y la pasión les han impedido reconocer a la Manifestación de Tu Esencia y el Punto de Amanecer de Tus signos.
¡Oh Señor! Tú eres Aquel de Cuya potestad y soberanía ha dado testimonio cada uno de los poderosos, y Cuya majestad y gracia ha reconocido cada uno de los grandes. Concede, pues, a Tus amados lo que es propio de este Día, Día que has instituido en un luminoso ornamento en la frente de todos Tus días y has hecho brillar sobre el horizonte de la eternidad. Has descender, pues, sobre ellos, desde las nubes de Tu unicidad y el cielo de Tu gracia, aquello que les permita prescindir de todo salvo de Ti.
¡Oh Señor! De las manos de Tu misericordia, dales de beber un sorbo de ese río de vida sempiterna que mana de la diestra de Tu Trono, y ayúdales a atenerse a lo que has revelado en Tu perspicuo Libro. Ciertamente, Tú ordenas lo que Te place. No hay Dios sino Tú, el Exaltadísimo, el Supremo Protector, el que todo lo domina, el Todopoderoso, el Munífico.
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