Días de conmemoración
4
Él es el Perpetuo, el Perdurable, Quien subsiste por Sí mismo.
Dios da testimonio de la unidad de Su divinidad y de la singularidad de Su propio Ser. Sobre el trono de la eternidad, desde las alturas inaccesibles de Su posición, Su lengua proclama que no hay otro Dios sino Él. Él mismo, con independencia de todo lo demás, ha sido siempre testigo de Su propia unicidad, el revelador de Su propia naturaleza, el glorificador de Su propia esencia. Él es, en verdad, el Todopoderoso, el Omnipotente, el Bellísimo.
Él es soberano por encima de Sus siervos y gobierna sobre Sus criaturas. En Su mano está la fuente de la autoridad y de la verdad. Con Sus señales da vida a los hombres y con Su ira les hace morir. Sobre Sus hechos no se Le ha de pedir cuentas, y Su poder es suficiente para todas las cosas. Él es el Potente, Quien todo lo subyuga. En Su puño sostiene el mando de todas las cosas, y en Su diestra se encuentra el Reino de Su Revelación. Su poder, ciertamente, envuelve a la creación entera. Suyas son la victoria y la soberanía; Suyos, toda fuerza y dominio; Suyas, toda gloria y grandeza. Él es, en verdad, el Todoglorioso, el Poderosísimo, el Ilimitado.
Alabado seas Tú, a Quien las lenguas de todas las cosas creadas han invocado desde toda la eternidad y aun así no han logrado alcanzar el cielo de Tu eterna santidad y grandeza. Los ojos de todos los seres han sido abiertos para contemplar la belleza de Tu luminoso semblante, mas nadie ha conseguido fijar la vista en el brillo de la luz de Tu rostro. Desde la fundación de Tu gloriosa soberanía y la instauración de Tu santo dominio, las manos de quienes están cerca de Ti se han elevado en súplica hacia Ti, mas ninguno ha podido tocar el borde del manto que viste Tu divina y soberana Esencia. Y, no obstante, nadie puede negar que, mediante las maravillas de Tu generosidad y munificencia, has tenido siempre supremacía sobre todas las cosas, eres poderoso para hacer todas las cosas, y estás más cerca de todas las cosas que ellas lo están de sí mismas.
Lejos esté, pues, de Tu gloria que alguien contemple Tu maravillosa belleza con un ojo que no sea el Tuyo, u oiga las melodías que proclaman Tu soberanía todopoderosa con un oído que no sea Tu propio oído. Demasiado elevado estás para que los ojos de criatura alguna contemplen Tu belleza o para que la comprensión de corazón alguno ascienda a las cimas de Tu ilimitado conocimiento. Pues si las aves de los corazones de quienes están cerca de Ti pudiesen volar tanto tiempo como perdure Tu soberanía irresistible, o ascender tanto tiempo como persista el imperio de Tu divina santidad, de ningún modo podrían trascender las limitaciones que les impone este mundo contingente, ni sobrepasar sus confines. ¿Cómo puede, entonces, aquel cuya creación misma está restringida por tales limitaciones, llegar hasta Aquel que es el Señor del Reino de todo lo creado, o ascender al cielo de Aquel que gobierna los dominios de la sublimidad y la grandeza?
¡Glorificado, inmensamente glorificado eres Tú, mi Bienamado! Puesto que has ordenado que el límite final al que pueden ascender quienes alzan sus corazones hacia Ti sea la confesión de su incapacidad para entrar en los dominios de Tu santa y trascendente unidad, y que la más elevada posición que pueden alcanzar quienes aspiran a conocerte sea el reconocimiento de su impotencia para llegar a los retiros de Tu sublime conocimiento, Te suplico, por esta misma incapacidad que es amada por Ti y que has decretado que sea el objetivo de quienes han alcanzado y logrado Tu corte, y por los esplendores de Tu semblante que han envuelto a todas las cosas, y por las energías de Tu Voluntad mediante las que ha sido generada la creación entera, que no prives de las maravillas de Tu misericordia a quienes han puesto sus esperanzas en Ti, ni niegues los tesoros de Tu gracia a quienes Te han buscado. Enciende, pues, en sus corazones la antorcha de Tu amor para que su llama consuma todo lo que no sea el maravilloso recuerdo de Ti, y no quede vestigio alguno en sus corazones salvo las preciosas evidencias de Tu santísima soberanía, para que desde las regiones en que moran no se oiga voz alguna sino la voz que ensalza Tu misericordia y poder, que en la tierra sobre la que caminan no brille luz alguna sino la luz de Tu belleza, y que dentro de cada alma no se descubra nada que no sea la revelación de Tu semblante y las señales de Tu gloria, para que Tus siervos manifiesten solamente lo que Te complazca y se sometan por completo a Tu potentísima voluntad.
¡Gloria sea a Ti, oh mi Dios! ¡La fuerza de Tu poder me lo atestigua! No tengo ninguna duda de que si los santos hálitos de Tu bondad y la brisa de Tu munífico favor cesaran de difundirse sobre todas las cosas creadas por menos de un abrir y cerrar de ojos, la creación entera perecería y todo lo que hay en el cielo y en la tierra quedaría reducido a la nada absoluta. ¡Magnificadas sean, por tanto, las maravillosas pruebas de Tu trascendente poder! ¡Magnificada sea la fuerza de Tu exaltado poderío! ¡Magnificadas sean la majestad de Tu grandeza que todo lo abarca y la influencia energizante de Tu voluntad! Tal es Tu grandeza que si concentrases los ojos de todos los hombres en el ojo de uno solo de Tus siervos, y comprimieses todos sus corazones en su corazón, y si le permitieras ver dentro de sí mismo todas las cosas que has creado mediante Tu fuerza y moldeado mediante Tu poder, y si meditara a lo largo de toda la eternidad sobre los dominios de Tu creación y la amplitud de Tu obra, descubriría indefectiblemente que no existe cosa creada que no se halle al amparo de Tu poder conquistador y sea vivificada mediante Tu soberanía omnímoda.
Mírame, pues, oh mi Dios, postrado en el polvo ante Ti, confesando mi incapacidad y Tu omnipotencia, mi pobreza y Tu riqueza, mi evanescencia y Tu eternidad, mi degradación absoluta y Tu gloria infinita. Reconozco que no hay Dios sino Tú, que no tienes par ni semejante, ni nadie que Te iguale o pueda ser Tu rival. En Tu inaccesible sublimidad has estado, desde siempre, por encima de la alabanza de quienquiera que no seas Tú, y así permanecerás para siempre, en Tu trascendente singularidad y gloria, más allá de la glorificación de quienquiera que no sea Tu propio Ser.
¡Juro por Tu poder, oh mi Amado! Hacer mención de cualquier cosa creada es impropio ante Tu exaltadísimo Ser, y rendir alabanza a cualquiera de Tus criaturas es totalmente indigno ante Tu gran gloria. Es más, semejante mención no sería sino una blasfemia proferida dentro de la corte de Tu santidad, y semejante alabanza significaría nada menos que una transgresión ante las evidencias de Tu divina Soberanía. Pues la simple mención de cualquiera de Tus criaturas implicaría por sí sola una afirmación de su existencia ante la corte de Tu singularidad y unidad. Semejante afirmación no sería sino blasfemia manifiesta, un acto de impiedad, la esencia de la profanación y un crimen imperdonable.
Testifico, por lo tanto, con mi alma, mi espíritu y todo mi ser que, si Aquellos que son las Auroras de Tu santísima unidad y las Manifestaciones de Tu trascendente unicidad pudiesen remontarse tanto tiempo como dure Tu propia soberanía y perdure Tu irresistible autoridad, aun así no lograrían alcanzar siquiera los recintos de la corte en la que revelaste la refulgencia de uno solo de Tus poderosísimos Nombres. Muy glorificada sea, pues, Tu maravillosa majestad. Muy glorificada sea Tu inalcanzable excelsitud. Muy glorificadas sean la preeminencia de Tu reinado y la sublimidad de Tu autoridad y poder.
Las facultades más elevadas que han poseído los eruditos y todas las verdades que han descubierto en su búsqueda de las joyas de Tu conocimiento; las realidades más luminosas conferidas a los sabios y todas las incógnitas que han descubierto en sus intentos por desentrañar los misterios de Tu sabiduría; todas han sido creadas mediante la fuerza generadora del Espíritu insuflado en la Pluma que Tus manos han moldeado. ¿Cómo es posible, entonces, que lo que Tu Pluma ha creado sea capaz de comprender esos tesoros de Tu Fe con que, según Tu decreto, ha sido investida esa Pluma? ¿Cómo puede llegar a saber de los Dedos que sostienen Tu Pluma, y de Tus misericordiosos favores con los que ha sido dotada? Incapaz de por sí de alcanzar esa posición, ¿cómo puede llegar a ser consciente de la existencia de Tu Mano, que controla los Dedos de Tu poder? ¿Cómo puede llegar a comprender la naturaleza de Tu Voluntad, que anima el movimiento de Tu Mano?
¡Glorificado, glorificado seas, oh mi Dios! ¿Cómo puedo tener jamás la esperanza de ascender al cielo de Tu santísima voluntad, o conseguir entrar en el tabernáculo de Tu divino conocimiento, a sabiendas de que las mentes de los sabios y eruditos son incapaces de desentrañar los secretos de Tu obra maestra, obra que en sí misma no es sino una creación de Tu voluntad?
¡Alabado seas, oh Señor mi Dios, mi Dueño, mi Poseedor, mi Rey! Habiéndote confesado mi impotencia y la impotencia de todas las cosas creadas, y habiendo reconocido mi pobreza y la pobreza de la creación entera, Te llamo con mi lengua y las lenguas de todos los que están en el cielo y en la tierra, y Te imploro con mi corazón y los corazones de todos los que se han puesto a la sombra de Tus nombres y Tus atributos, que no nos cierres las puertas de Tu amorosa bondad y gracia, ni permitas que cesen de soplar sobre nuestras almas las brisas de Tu munífico cuidado y favor, ni dejes que nuestros corazones se dediquen a otro que no seas Tú, ni que nuestras mentes se ocupen en recordar otra cosa que no sea la evocación de Tu Ser.
¡Por la gloria de Tu poder, oh mi Dios! Aunque me nombraras rey de Tus dominios y me sentaras sobre el trono de Tu soberanía y, mediante Tu poder, pusieras en mis manos las riendas de toda la creación, y si hicieras que me ocupara en estas cosas y olvidara los maravillosos recuerdos relacionados con Tu poderosísimo, muy perfecto y exaltadísimo Nombre, aunque fuese por menos que un instante, mi alma seguiría estando insatisfecha y no se aquietaría el tormento de mi corazón. Es más, en ese preciso estado reconocería que soy el más pobre de los pobres y el más desdichado de los desdichados.
¡Magnificado sea Tu nombre, oh mi Dios! Ya que has hecho que comprenda esta verdad, Te suplico por Tu Nombre, que ningún escrito puede sostener, que ningún corazón puede imaginar ni lengua alguna puede expresar, un Nombre que permanecerá oculto tanto tiempo como esté oculta Tu propia Esencia y será glorificado tanto tiempo como Tu propio Ser sea ensalzado, que despliegues, antes de que el presente año llegue a su término, las insignias de Tu indiscutible autoridad y triunfo, para que la creación entera se enriquezca con Tu riqueza y sea enaltecida por la influencia ennoblecedora de Tu trascendente soberanía, y para que todos se dispongan a promover Tu Causa.
Tú eres, en verdad, el Omnipotente, el Altísimo, el Todoglorioso, Quien todo lo somete, Quien todo lo posee.
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