31 de diciembre de 2025
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Constantemente nos ha traído alegría ver, en agrupación tras agrupación y en números cada vez mayores, a las almas encendidas descritas en nuestro mensaje a su conferencia de 2021 llevar adelante el Plan con devoción incondicional y, fundamentalmente, una dedicación al proceso de aprendizaje. Este es el fundamento más sólido para el progreso que ha de lograrse en la segunda fase del Plan.
Los procesos que se despliegan en el Plan están teniendo, por supuesto, un impacto profundo y transformador sobre el individuo. Lo que observamos son amigos entusiastas aprendiendo a alinear más estrechamente sus objetivos con la Voluntad de Dios. Mediante su compromiso con el marco de acción del Plan, las personas están descubriendo maneras de mejorar la vida —en todos sus aspectos— para sí mismos, para sus hijos, para su familia extensa y para su comunidad. Tienen una conciencia espiritual más elevada que conduce a una vida con propósito y significado, una vida dedicada a desarrollar las potencialidades que Dios les ha conferido y a laborar por la transformación de la sociedad. Reconocen el valor del conocimiento para impulsar el progreso, están dedicados a generarlo y lo comparten libremente y con humildad. Para ellos, el aprendizaje es un hábito de la mente, una orientación en todo cuanto hacen. En cada rostro ven a un compañero que busca la verdad. Se consagran por entero al avance espiritual, intelectual y material de una población. No se dejan desviar de su rumbo por las implacables distracciones del mundo. Avanzan con firmeza, pacientes y perseverantes, consagrados a un esfuerzo a largo plazo. Y, en compañía de muchos otros, están construyendo remansos de paz.
Se ha visto una y otra vez cómo, a medida que los individuos toman mayor conciencia de la trascendencia de un patrón de actividad que se expande en su entorno, de manera voluntaria, ofrecen tiempo y energía creativa para desarrollarlo aún más. En términos más generales, los creyentes también ayudan a su comunidad contribuyendo al Fondo y ofreciendo otros tipos de recursos materiales. Si bien todos los creyentes hacen contribuciones de esta índole, para algunos creyentes acomodados, este es un modo de impulsar el Plan para el cual se hallan especialmente bien posicionados. Sea cual sea la forma que tome el servicio de una persona, surge de la interacción singular entre, por una parte, las necesidades de la Fe y, por otra, las posibilidades que brindan las circunstancias de cada individuo y los sacrificios que elige hacer.
Y los creyentes valoran cada vez más el privilegio de poder familiarizar a un alma con la misión de Bahá’u’lláh y, más allá de ello, ayudar amorosamente a un alma que se encuentra a las puertas de la Fe a dar un paso y entrar en ella. En 2021 llamamos la atención sobre este momento infinitamente preciado en un recorrido espiritual. Hemos notado con interés que, desde entonces, los amigos en muchos lugares han centrado la atención en cómo reconocer cuando la ciudad del corazón está abierta, y en las conversaciones que conducen a ese momento y en las que le siguen. Mucho queda por aprender a este respecto: sobre cómo discernir la receptividad en diferentes entornos, y cómo reconocer cuando ya ha madurado y se ha convertido en fe.
Mirando retrospectivamente la propia vida, no puede haber mayor alegría y consuelo que saber que fue vivida en aguda conciencia del remedio divino, que no se escatimó ningún esfuerzo por ofrecer ese remedio a almas receptivas y que, durante aquellos años fugaces en que la oportunidad estuvo al alcance de la mano, incluso en medio de las dificultades, se aprovechó toda ocasión para responder a la intensa necesidad de la humanidad. Con fervor y anhelo suplicamos a Bahá’u’lláh, cada vez que nos presentamos ante Su Umbral, por el éxito de todos los amigos.
[firmado: La Casa Universal de Justicia]
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