30 de diciembre de 2021

Iniciativas educativas y el instituto de capacitación

Difícilmente puede sobrestimarse la importancia de la educación para una concepción bahá’í de la transformación espiritual y social. «Considera», declara Bahá’u’lláh, «la revelación de la luz del Nombre de Dios, el Educador. Observa cómo se hallan manifiestas las pruebas de esa revelación en todas las cosas, cómo la mejora de todos los seres depende de ella». La importancia de la educación en la labor de construcción de comunidad es indiscutible, y en el campo de la acción social la provisión de educación sigue siendo la contribución más destacada de los bahá’ís en la mayor parte del mundo. Entre las estructuras y agencias creadas por el mundo bahá’í para ofrecer educación destaca, por supuesto, el instituto de capacitación. De hecho, la red de institutos de capacitación nacionales y regionales que funcionan con tanta competencia en todo el mundo es uno de los frutos más selectos de la serie anterior de Planes globales. Desarrollar la capacidad de servicio en las comunidades, haciendo posible que un número cada vez mayor de personas se beneficie del proceso de instituto, seguirá siendo una característica central de los Planes de la presente serie. La capacidad para el desarrollo comunitario que ya ha emergido, representada por cientos de miles de personas que pueden servir como tutores, animadores o maestros de clases para niños, es un recurso de importancia histórica.

Cuando lanzamos por primera vez el concepto de instituto de capacitación, lo hicimos en el contexto de la necesidad de formar recursos humanos para asumir las tareas de expansión y consolidación. En esta coyuntura, cuando justo comienza una nueva serie de Planes, les invitamos a que adopten una visión más expansiva. De manera creciente, la participación en los cursos de instituto está preparando a los amigos de Dios para una participación cada vez más profunda en la vida de la comunidad en general; les está dotando de los conocimientos, las percepciones y las habilidades que les permiten contribuir no solo al proceso de desarrollo de su propia comunidad, sino al progreso de la sociedad. En síntesis, el instituto es un instrumento potente para liberar el poder de construcción de sociedad que tiene la Fe. Aunque la tarea de crear materiales curriculares para apoyar este propósito es una empresa a largo plazo, los materiales existentes ya permiten desarrollar capacidad para una amplia gama de iniciativas. Además, ofrecen una experiencia educativa fluida y coherente desde los cinco años, pasando por la edad prejuvenil y hasta la edad adulta, y sirven de contrapartida directa al modelo de actividades que se desarrollan en las bases. En este sentido, nos ha complacido ver las abundantes percepciones que los amigos de diferentes partes del mundo están generando sobre aspectos del desarrollo comunitario, en una variedad de contextos sociales y culturales. Para que estas percepciones, y las que aún están por nacer, puedan beneficiar a las comunidades bahá’ís de manera más amplia, será necesario aumentar los sistemas de preparación y refinamiento de materiales educativos. Teniendo esto presente, en breve expondremos el enfoque que guiará esta labor en los próximos años.

Con respecto al aumento de la capacidad de los institutos para impartir cada una de las tres etapas del proceso educativo, nos complace ver que cada vez se presta mayor atención a mejorar la calidad de la experiencia educativa misma, además de ampliar el sistema para impartirla. Un requisito esencial es permitir que todos los que contribuyen a la labor del instituto avancen progresivamente en su comprensión del contenido educativo: sus objetivos, su estructura, sus principios pedagógicos, su metodología, sus conceptos centrales, sus interrelaciones. Muchas juntas de institutos de capacitación han recibido apoyo a este respecto por parte de los grupos colaborativos descritos en nuestro mensaje a su conferencia de 2015. En algunos lugares, equipos distintos han comenzado también a centrarse, respectivamente, en clases para niños, grupos de prejóvenes y círculos de estudio, y han identificado los factores que contribuyen a su eficacia y encontrado formas de ayudar a los amigos que participan en cada senda de servicio a aumentar más su propia capacidad. Los miembros del Cuerpo Auxiliar de una región y sus ayudantes suelen ser los primeros en velar por que lo que se aprende llegue a un mayor número de amigos de agrupaciones contiguas y en centros de actividad intensa. Las personas con amplia experiencia en la promoción de las actividades de los institutos sirven como personas recurso, y han demostrado ser decisivas para ayudar a que avancen los institutos que se encuentran en una etapa de desarrollo más temprana. Sin embargo, en general, los Consejeros son quienes se aseguran de que cada instituto se familiarice con las muchas percepciones esenciales que generan sus agencias hermanas en los países y regiones vecinas. Los Consejeros han dispuesto que los institutos se organicen en grupos de tamaños distintos para hacer posible que las lecciones que están aprendiendo los institutos con más experiencia se compartan de manera más amplia a través de seminarios formales, de forma creciente. Todas estas medidas deberán reforzarse durante el próximo Plan. En lugares en los que opera un sitio de diseminación del aprendizaje sobre el programa de empoderamiento espiritual de los prejóvenes, la colaboración entre el sitio de aprendizaje y los institutos asociados ya ha demostrado ser sumamente fructífera, y debe intensificarse; su persecución de un objetivo común y su deseo compartido de ver avanzar a las agrupaciones crean las condiciones ideales para que florezca el espíritu de cooperación y asistencia mutua. El conocimiento que se ha acumulado sobre los factores que contribuyen a la efectividad del proceso de instituto es extenso, y aguardamos con interés que el Centro Internacional de Enseñanza organice lo aprendido y lo ponga a su disposición.

Lo que hemos descrito anteriormente es un sistema educativo en un estado de perfeccionamiento constante. Esto requiere que muchas personas presten su apoyo a su desarrollo progresivo; también requiere que los institutos, y las instituciones bahá’ís en general, planifiquen con antelación y se aseguren de que las personas que han desarrollado una capacidad considerable para apoyar los esfuerzos educativos de la comunidad puedan sostener su servicio y, cuando sus circunstancias de vida cambien, puedan seguir participando en la labor del instituto de otras formas significativas. Al apreciar la eficacia del proceso de instituto, todo seguidor de Bahá’u’lláh sentirá el deseo de contribuir a su avance de alguna manera, y, en especial, los jóvenes bahá’ís. Los institutos saben bien que liberar el potencial que poseen los jóvenes es, para ellos, una misión sagrada; ahora pedimos que los jóvenes bahá’ís vean el desarrollo futuro del instituto bajo la misma luz. En la vanguardia de un esfuerzo comunitario de nueve años para llevar al instituto a un nivel de funcionamiento más elevado, esperamos ver un movimiento amplio de jóvenes que marquen la pauta. Deberán aprovechar todas las oportunidades, en sus escuelas y universidades, y en los espacios dedicados al trabajo, la familia o a la interacción social, para animar a más y más almas a beneficiarse de los programas del instituto. Algunos jóvenes podrán dedicar un período de servicio ―tal vez incluso años sucesivos― a la provisión de educación, especialmente a los de menor edad que ellos; para muchos, el apoyo a las actividades del instituto será una dimensión siempre presente en sus vidas a lo largo de su propia educación, y conforme buscan un medio de vida en base a su vocación en este mundo; pero para nadie debería ser algo menos que un preciado compromiso.

En muchas partes del mundo, una consecuencia natural de la participación de las personas y familias en el proceso de instituto ha sido una mayor conciencia de la importancia de la educación en todas sus formas. Los amigos que sirven como maestros de clases para niños adquieren un vivo interés por el desarrollo educativo general de aquellos a quienes enseñan, mientras que los amigos que sirven como tutores y animadores se preocupan naturalmente por la medida en que aquellos que se acercan a la edad adulta o llegan a ella, muchachas y muchachos por igual, puedan acceder a muchos tipos de educación, y beneficiarse de ello, sin limitarse a los cursos ofrecidos por el instituto mismo. Por ejemplo, pueden alentar a los jóvenes a considerar la formación en un oficio o los estudios universitarios. Nos ha llamado la atención cómo, en muchas comunidades, la participación de un gran número de personas en el proceso de instituto ha ido reconfigurando este aspecto de la cultura dentro de una población. Las instituciones de la Fe deberán asumir la responsabilidad de asegurarse de que, a medida que se eleva la conciencia de esta forma, las nobles aspiraciones que nacen en los jóvenes como resultado —aspiraciones por adquirir la educación y capacitación que les permitirán ofrecer toda una vida de servicio valioso a su sociedad—puedan cumplirse. El desarrollo a largo plazo de una comunidad y, en última instancia, de una nación, de generación en generación, depende en gran medida del esfuerzo realizado para invertir en aquellos que asumirán la responsabilidad del progreso social colectivo.

Esta exploración de la centralidad de la educación para una comunidad fundada en los principios bahá’ís quedaría incompleta sin una observación adicional. Shoghi Effendi ha hecho gran hincapié en la importancia de afanarse, mediante un «incesante esfuerzo», en obtener «de la estupenda Revelación de Bahá’u’lláh [...] una comprensión más adecuada». El instituto de capacitación no tiene paralelo como instrumento para exponer sistemáticamente a un número ilimitado de almas a las aguas vivificantes de la Revelación y al significado inagotable de la Palabra de Dios. Pero los esfuerzos de los amigos por aumentar su comprensión de la Fe y sus enseñanzas no se limitan, por supuesto, a la participación en el proceso de instituto. De hecho, un buen indicador de la efectividad de un instituto es la sed que cultiva en quienes se implican en sus materiales para seguir estudiando la Causa de Bahá’u’lláh, no solo individualmente sino también de manera colectiva, ya sea en espacios formales creados por las instituciones o en entornos más informales. Más allá del estudio de la Revelación en sí, las implicaciones que las enseñanzas tienen para innumerables áreas del quehacer humano son de gran importancia. Un ejemplo notable de una forma de educación mediante la que los creyentes jóvenes se están familiarizando mejor con la perspectiva bahá’í sobre cuestiones pertinentes al progreso de la humanidad es la participación en los seminarios ofrecidos por el Instituto de Estudios sobre Prosperidad Global. Dada la inmensidad del océano de la Revelación, será evidente que la exploración de sus profundidades es una ocupación de toda la vida para cualquier alma que vaya a hollar el camino del servicio.

A medida que la contribución de la Fe al progreso de la sociedad en diferentes partes del mundo adquiera mayor visibilidad, la comunidad bahá’í será llamada de manera creciente a explicar los principios que defiende, y a demostrar su aplicabilidad a los problemas que afronta la humanidad. Cuanto más florezca y prospere la vida intelectual de una comunidad, mayor será su capacidad para responder a este llamamiento. Corresponderá a los seguidores de Bahá’u’lláh proporcionar, en el mundo de las ideas, el rigor intelectual y la claridad de pensamiento que concuerden con su compromiso con el progreso espiritual y material en el mundo de las acciones.