30 de diciembre de 2021

Realzar la capacidad administrativa a todos los niveles

Hace ochenta años, una carta escrita en nombre del Guardián describía la administración bahá’í como «el primer modelo de lo que en el futuro llegarán a ser la vida social y las leyes de vida comunitaria». Hoy, a comienzos del segundo siglo de la Edad Formativa, la forma de la administración bahá’í se ha desarrollado considerablemente, y su continuo desarrollo será esencial para la liberación del poder de construcción de sociedad de la Fe.

La administración de la Fe en las bases está, por supuesto, íntimamente relacionada con el desarrollo de las Asambleas Espirituales Locales. Shoghi Effendi describe estas Casas de Justicia nacientes como «los puntales de la sociedad bahá’í, así como el fundamento último de su estructura administrativa», y hace gran hincapié en la importancia de su formación. En 1995, pedimos que se volviera a instituir la práctica que requería que todas las Asambleas Locales, incluidas las de nueva formación, se eligieran el Primer Día de Riḍván y no en cualquier otro momento del año. Esta evolución estaba vinculada al hecho de que, si bien los creyentes de fuera de una localidad podían ayudar en el proceso electoral, la responsabilidad principal en la elección de cualquier Asamblea y en el mantenimiento de su funcionamiento recae en los bahá’ís de ese lugar; mucho depende de su disposición a emprender la actividad administrativa. En los últimos años, se ha visto cómo el sentido de identidad bahá’í puede ganar fuerza poco a poco en una zona, a medida que entre las personas y familias que residen allí se establece un modelo de acción basado en las enseñanzas. Así, a menudo, una comunidad habrá alcanzado cierto nivel de capacidad en relación con los esfuerzos de construcción de comunidad en el momento en que sea posible la formación de una Asamblea Local. A medida que se acerque este momento —y no se debe retrasar indebidamente— hay que esforzarse por cultivar el aprecio por los aspectos formales de la vida comunitaria relacionados con la administración bahá’í. Es probable que la Asamblea Local que nazca en un entorno así sea muy consciente de su responsabilidad de fomentar y fortalecer aquellas actividades que contribuyen a mantener una comunidad pujante. No obstante, también deberá adquirir destreza en el desempeño de una amplia variedad de otras responsabilidades, y el apoyo que le proporcionen sus auxiliares y sus ayudantes será de vital importancia. En nuestro mensaje a su conferencia de 2010, describimos el camino de desarrollo de semejante Asamblea, y nos referimos a diversas dimensiones de su funcionamiento a las que habría que prestar atención, incluida su capacidad para manejar y desarrollar un Fondo Local y, con el tiempo, apoyar iniciativas de acción social e interactuar con organismos del gobierno local y de la sociedad civil. Los beneficios que obtiene una comunidad atendida por una Asamblea de este tipo no requieren explicación.

En sus interacciones con las Asambleas Espirituales Nacionales y los Consejos Regionales Bahá’ís, les pedimos que dediquen atención a la cuestión del establecimiento de Asambleas Espirituales Locales y a la consolidación de su funcionamiento, especialmente en las zonas en las que este aspecto del crecimiento pueda haber recibido menos énfasis. Prevemos que esto contribuirá a un rápido aumento del número de Asambleas Locales que se formen año tras año. En algunos países, sus consultas deberán incluir la consideración de si, en las zonas rurales, son adecuadas las medidas existentes para definir los límites de cada localidad.

Una percepción impelente que ha emergido es que el grado en el que se reconoce la posición y el liderazgo de una Asamblea Local en una comunidad está relacionado con la profundidad con la que los creyentes comprenden el carácter sagrado del proceso electoral y su deber de participar en él, en un ambiente totalmente libre del estigma de la persuasión o de las actitudes mundanas en torno al poder. A medida en que en una comunidad se toma conciencia de los principios espirituales que subyacen a las elecciones bahá’ís, se forma una nueva concepción de lo que significa para alguien ser llamado a servir en una institución, y crece la comprensión de cómo se relacionan entre sí el individuo, la comunidad y la Asamblea Local y sus agencias. Cuando se ha hecho un esfuerzo sistemático por estimular en una comunidad conversaciones sobre la formación de la Asamblea Local y su propósito, y por mantener esas conversaciones año tras año, la fortaleza del cuerpo elegido y el dinamismo de la vida comunitaria se refuerzan mutuamente.

Este efecto recíproco ha sido especialmente notable en los últimos dos años en lugares donde hemos aprobado la adopción de un proceso electoral en dos etapas para una Asamblea Espiritual Local, un enfoque que tiene sus orígenes en las instrucciones que ‘Abdu’l-Bahá dio a la Asamblea Espiritual de Teherán. Veintidós Asambleas Locales, distribuidas en ocho países, ya han comenzado a elegirse por este método durante este período. Similar en muchos aspectos a la elección de una Asamblea Espiritual Nacional, implica la división de una localidad en áreas, de cada una de las cuales se eligen uno o más delegados, tras lo cual los delegados eligen a los miembros de la Asamblea Local. A medida que crece el número de bahá’ís que residen en una localidad y aumenta la capacidad de la comunidad para gestionar la complejidad, se robustecen proporcionalmente los argumentos a favor de la aplicación de un proceso electoral en dos fases. En consecuencia, durante el próximo Plan esperamos autorizar la adopción de este método para elegir una Asamblea Local en muchos más lugares ―tanto urbanos como rurales― allí donde las condiciones hagan oportuna esta medida.

Una Asamblea Espiritual Local mantiene un vivo interés por aprender la mejor manera de fomentar la labor de construcción de comunidad dentro de su jurisdicción y, por tanto, consulta periódicamente con los amigos que participan en la coordinación de los esfuerzos dentro de la agrupación. Sigue de cerca el desarrollo de cualquier centro de actividad intensa en la localidad, especialmente mediante el ofrecimiento de apoyo a los equipos de creyentes que han surgido allí y están impulsando el proceso de crecimiento. En general, cuanta más organización requiera la intensificación de las actividades en el ámbito de la localidad o en partes de esta —por ejemplo, para programar campañas de visitas a los hogares, acompañar a familias que están celebrando reuniones devocionales, o animarlas a formar grupos para trabajar juntos—, más prominente será el papel que puede asumir la Asamblea Local a este respecto. En localidades en las que se acoge a un gran número de personas en el círculo de las actividades bahá’ís, y en las que está creciendo la complejidad de la labor de la Asamblea y de sus múltiples responsabilidades, a veces la Asamblea concluye que su Secretario requiere el apoyo de una oficina dotada de personal y, con el tiempo, se hace más apremiante la necesidad de tener un Ḥaẓíratu’l-Quds local adecuado.

Conforme las Asambleas Locales empiezan a asumir una parte cada vez mayor de la responsabilidad de cultivar el desarrollo de la comunidad, las instituciones de ámbito regional y nacional deben ser más sistemáticas en sus esfuerzos por apoyarlas. Nos ha complacido ver que se ha respondido a esta necesidad de formas metódicas, por ejemplo, mediante la convocatoria por parte de Asambleas Nacionales o Consejos Regionales de reuniones periódicas con los Secretarios y otros cargos de las Asambleas Locales, con el fin de consultar sobre el despliegue de líneas de acción concretas.

En lugares en que un Consejo Regional ha desarrollado una mayor capacidad administrativa, incluida la capacidad de proporcionar tipos de apoyo apropiados a muchas agrupaciones a la vez, ello ha resultado en una aceleración del progreso de toda la región. Nuestro mensaje a su conferencia de 2015 indicaba que, en los países más pequeños donde no se requiere la creación de Consejos Regionales, sería necesario que surgiera una estructura formal a nivel nacional encargada de ayudar a las agrupaciones a avanzar. Les pedimos que, en los países en los que esto todavía no ha ocurrido, consulten ahora con las Asambleas Nacionales sobre los pasos que se pueden dar para nombrar esa estructura formal, a saber, un Comité Nacional de Crecimiento compuesto por tres, cinco o siete miembros. La Asamblea Nacional habrá de dotar a esta agencia de la libertad necesaria para fomentar el avance de las agrupaciones, sirviéndose de las percepciones pertinentes de lo que se ha aprendido sobre los Consejos Regionales a este respecto. Sus responsabilidades pueden incluir el nombramiento de Comités de Enseñanza de Área y el estímulo a sus planes, la organización de la movilización de pioneros de frente interno, el apoyo a los proyectos de enseñanza y la distribución de literatura básica. El Comité se beneficiará de poder colaborar estrechamente con el instituto de capacitación, que a su vez es una agencia de la Asamblea Nacional, y con los miembros del Cuerpo Auxiliar que sirven al país, y también podrá comunicarse directamente con el Consejero correspondiente. Aunque una Asamblea Nacional deseará naturalmente mantener una familiaridad permanente con la labor del Comité y proporcionarle guía, apoyo y estímulo, la creación de una entidad que se ocupe totalmente de promover el crecimiento debería permitir a una Asamblea prestar mayor atención a otros asuntos importantes. En los países en los que no se han constituido Consejos, pero en los que podrían establecerse con el tiempo, también debe nombrarse en este momento un Comité Nacional de Crecimiento.

A medida que aumentan las energías espirituales liberadas mediante la prosecución diligente del Plan, encuentran resistencia por parte de las fuerzas opuestas que frenan el avance de la humanidad hacia su plena madurez. Ante estas fuerzas, es necesario preservar y fortalecer la vitalidad de las diversas líneas de acción que se siguen a nivel local. Esta responsabilidad crítica es de especial relevancia para los miembros de los dos Cuerpos Auxiliares, cuyas numerosas y exigentes tareas los mantienen estrechamente conectados con las condiciones de las bases, y atentos a todo lo que pueda afectar el espíritu de una comunidad. En diferentes culturas y entornos sociales, deben ayudar a los amigos a hacer frente a distintos tipos de desafíos: ayudar a grupos previamente antagónicos a lograr unidad mediante la búsqueda de un objetivo común; aprender a dejar de lado las costumbres y actitudes heredadas que pertenecen al período de adolescencia de la humanidad, y a superar los prejuicios de todo tipo; evitar cualquier tendencia a ver las cosas con cinismo o con un ojo que busca las faltas, y en su lugar mantener una perspectiva entusiasta y constructiva; poner en práctica la igualdad de mujeres y hombres; abandonar la inercia y la apatía mediante el ejercicio de la iniciativa individual; anteponer el apoyo a los planes de acción colectiva a los sentimientos de preferencia personal; aprovechar del poder de las tecnologías modernas sin sucumbir a sus efectos potencialmente debilitantes; valorar la dulzura de enseñar la Fe y la alegría de servir a la humanidad por encima de los intereses mundanos; rechazar el opiáceo del consumismo; apartarse de las ideologías materialistas y las percepciones del mundo que promueven agresivamente, y fijar la mirada en el faro luminoso que son las leyes y los principios de Dios. Estas, y muchas otras, constituyen un formidable conjunto de responsabilidades con las que la compañía de los fieles debe cumplir, a medida que atraviesa lo que, sin duda, serán años tumultuosos en la vida de la humanidad. Sus auxiliares, que con tanto mérito se han dedicado a promover el proceso de entrada en tropas, deben estar a la altura de todos esos desafíos cuandoquiera y dondequiera que se presenten. Que, mediante la fuerza de su buen ejemplo y la claridad de sus buenos consejos, ayuden a los amigos a aumentar su fe, su certeza y su dedicación a una vida de servicio, y los acompañen en la construcción de comunidades que sean remansos de paz, lugares donde pueda encontrar refugio una humanidad hostigada y marcada por el conflicto.

A lo largo de la última serie de Planes, la capacidad de la comunidad para mantener el enfoque de la Fe sobre las necesidades más apremiantes emergió como una de sus fortalezas más importantes. Sin embargo, este sentido de enfoque debe dar cabida a muchas líneas de acción, todas las cuales deben avanzar sin entrar en rivalidad. Ello exige una visión más amplificada, una comprensión más matizada de los imperativos coexistentes, una mayor flexibilidad y una colaboración institucional más realzada. Somos conscientes de que los recursos de la Fe son finitos y de que las personas tienen muchas limitaciones de tiempo. Pero, a medida que se va desplegando el Plan en un lugar determinado y crecen las filas de los que están dispuestos a servir, los distintos aspectos de una vida comunitaria bahá’í rica y pujante avanzarán al mismo ritmo y brillará el poder de construcción de sociedad de la Fe.