28 de diciembre 2010
Un programa de crecimiento
Invariablemente, son las oportunidades para entablar conversaciones significativas y distinguidas con los residentes locales, que les proveen las circunstancias personales a los creyentes que se involucran al principio (o quizá a un solo pionero de frente interno), las que determinan la manera en que se inicia el proceso de crecimiento en una agrupación. Un círculo de estudio conformado por algunos amigos o colegas, una clase que se ofrezca a varios niños de un vecindario, un grupo de prejóvenes que se forme en horario extraescolar, una reunión devocional que se organice para familiares y amigos: cualquiera de ellas puede servir como estímulo para el crecimiento. Lo que sucede después no sigue una trayectoria predeterminada. Las circunstancias particulares pueden justificar darle preferencia a una de las actividades básicas, multiplicando su número a un mayor ritmo que las demás. Es posible igualmente que las cuatro avancen a un ritmo similar. Puede pedírseles a equipos de colaboradores externos que vengan a impulsar el conjunto naciente de actividades; pero independientemente de los detalles específicos, el resultado deberá ser el mismo. El grado de cohesión que alcancen las actividades básicas en cada agrupación debe ser de una magnitud tal que en su totalidad éstas se perciban como un programa incipiente de expansión y consolidación sostenida de la Fe. Es decir, cualquiera que sea la forma en que se combinen y por pequeño que sea su número, las reuniones devocionales, las clases para niños y los grupos prejuveniles son mantenidos por personas que están avanzando por la secuencia de cursos del instituto y que se hallan comprometidas con la visión de la transformación individual y colectiva que estos cursos fomentan. Este flujo inicial de recursos humanos hacia el campo de la acción sistemática señala el primero de varios hitos que se alcanzarán en el proceso de crecimiento sostenible.
Todas las instituciones y agencias que promueven el propósito de la presente serie de Planes globales deben exhibir la agilidad que el nacimiento de un proceso tan dinámico requiere, pero ninguna más que la de los miembros del Cuerpo Auxiliar. Brindar ayuda a los amigos para que visualicen este primer hito, así como las múltiples maneras en que este se puede alcanzar, es un rasgo central de la labor de todo miembro del Cuerpo Auxiliar y de su creciente número de ayudantes. En ello, así como en todas sus tareas, deben mostrar amplitud de visión y claridad de pensamiento, flexibilidad e ingeniosidad. Deben trabajar hombro con hombro con los amigos, apoyándoles en sus dificultades y participando de sus alegrías. Algunos de estos amigos pasarán rápidamente a la vanguardia de la actividad, mientras que otros lo harán con mayor cautela; pero todos necesitarán recibir apoyo y aliento, no ofrecidos en abstracto sino sobre la base de ese conocimiento profundo que sólo se adquiere cuando se trabaja uno al lado del otro en el campo del servicio. La fe en la capacidad de cada persona que demuestre su deseo de servir será un rasgo esencial de quienes con sus esfuerzos han de despertar en los creyentes una participación sin reservas en el Plan. El amor incondicional y libre de paternalismo resultará indispensable, si es que han de ayudar a convertir la indecisión en coraje que nace de la confianza en Dios y a transformar el anhelo de participar en algo emocionante en un compromiso con la acción a largo plazo. La determinación serena será de importancia vital conforme se afanen por demostrar que los escollos pueden convertirse en puntos de apoyo en el camino del progreso. Y el que estén dispuestos a escuchar, con una aguda percepción espiritual, será invaluable a la hora de identificar esos obstáculos que pueden impedirles a los amigos valorar la importancia de la acción unificada.
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