28 de diciembre 2010
Haciendo avanzar las fronteras del aprendizaje
Lo que les hemos descrito en los párrafos anteriores y en tantos mensajes durante la última década y media bien puede leerse como el más reciente de una serie de enfoques para el crecimiento de la comunidad bahá’í, cada uno de los cuales ideado conforme a circunstancias históricas específicas. Este proceso de crecimiento, impulsado divinamente, fue puesto en marcha gracias al fervor generado en la Cuna de la Fe hace más de ciento sesenta años, cuando miles de personas respondieron al llamamiento de un Nuevo Día, y adquirió ímpetu con los empeños de los primeros creyentes por llevar el mensaje de Bahá’u’lláh a los países vecinos de Oriente y a puntos dispersos de Occidente. Adquirió mayor estructura mediante las Tablas del Plan Divino reveladas por ‘Abdu’l-Bahá y cobró impulso a medida que los amigos se establecían sistemáticamente por todo el planeta, bajo la dirección del Guardián, para establecer pequeños centros de actividad bahá’í y erigir los primeros pilares del Orden Administrativo. Cobró fuerza en las áreas rurales del mundo conforme las masas de la humanidad se sentían impulsadas a abrazar la Fe, pero se desaceleró considerablemente cuando los amigos se afanaron por descubrir estrategias para sostener su expansión y consolidación a gran escala. Y durante los últimos quince años se ha ido acelerando continuamente desde que hicimos el llamamiento, al inicio del Plan de Cuatro Años, a que el mundo bahá’í sistematizara el trabajo de enseñanza sobre la base de la experiencia adquirida tras varios decenios de difícil, pero inapreciable, aprendizaje. Que el enfoque actual del crecimiento, por efectivo que sea, una vez se halle arraigado en una agrupación, debe adquirir mayor complejidad y sofisticación, demostrando cada día más el «poder [...] para edificar la sociedad» intrínseco de la Fe, es algo que pocos dejarían de reconocer.
Refiriéndose al desarrollo de la comunidad global bahá’í, cuán a menudo el amado Guardián alentaba a los amigos a mantenerse firmes en su propósito y a perseverar en sus esfuerzos. «Conscientes de su alta vocación, confiados en el poder que su Fe posee para edificar la sociedad», observó con satisfacción, «avanzan, inmutables y sin desmayar, desplegando sus esfuerzos por conformar y perfeccionar los instrumentos necesarios con que puede madurar y desarrollarse el embrionario Orden Mundial de Bahá’u’lláh». «Este proceso constructivo, lento y discreto», les recordó, «constituye la única esperanza» de una humanidad desilusionada. Que este proceso continuará ampliando su alcance e influencia y que el Orden Administrativo, llegada su hora, demostrará «su idoneidad para ser reconocido no sólo como el núcleo, sino precisamente como el modelo del Nuevo Orden Mundial», es algo que dejan claro sus escritos. «En un mundo en el que la estructura de sus instituciones políticas y sociales está deteriorada, cuya visión está empañada, cuya conciencia está perpleja, cuyos sistemas religiosos se han extenuado y han perdido su virtud», afirmó de forma tan categórica, «este Organismo curativo, este Poder fermentador, esta Fuerza conglutinante, intensamente viva y penetrante ha tomado forma, se cristaliza en instituciones» y «moviliza sus fuerzas».
Lo que hay que entender es que, si el Orden Administrativo ha de servir como modelo para la sociedad futura, entonces, la comunidad dentro de la cual se está desarrollando no sólo deberá adquirir la capacidad de abordar necesidades materiales y espirituales cada día más complejas, sino también de aumentar cada vez más su tamaño. Y es que no podría ser de otra manera. Una comunidad pequeña, cuyos miembros están unidos por las creencias que comparten, que se caracteriza por sus ideales elevados, que es hábil para gestionar asuntos y atender sus necesidades y que quizás se halle ocupada en sacar adelante varios proyectos humanitarios, una comunidad como ésta, próspera pero separada cómodamente de la realidad que experimentan las masas de la humanidad, nunca puede esperar servir como modelo para la reestructuración de toda una sociedad. Que la comunidad mundial bahá’í haya logrado evitar los peligros de la autocomplacencia es fuente de alegría perdurable para nosotros. Ciertamente, la comunidad ha tomado las riendas de su expansión y consolidación. No obstante, administrar los asuntos de un sinnúmero de personas en las aldeas y ciudades de todo el planeta —y alzar en alto el estandarte del Orden Mundial de Bahá’u’lláh para que todos puedan verlo— sigue siendo una meta lejana.
Ahí, entonces, radica el desafío que deberán afrontar los que se hallan a la vanguardia del proceso de aprendizaje que seguirá avanzando durante el transcurso del próximo Plan. Dondequiera que se establezca un programa intensivo de crecimiento, procuren que los amigos no escatimen esfuerzo alguno por aumentar el nivel de participación. Que se empeñen al máximo en asegurar que el sistema que han erigido tan laboriosamente no se encierre en sí mismo, sino que se expanda progresivamente para incluir a más y más personas. Que no pierdan de vista la extraordinaria receptividad que encontraron —es más, el sentimiento de ansiosa esperanza con el que les aguardaban— conforme se sentían más seguros de su capacidad para interactuar con personas de toda condición social y conversar con ellas acerca de la Persona de Bahá’u’lláh y Su Revelación. Que se aferren a la convicción de que una presentación directa de la Fe, realizada con la profundidad adecuada y reforzada mediante un sólido enfoque para la consolidación, puede producir resultados duraderos. Y que no olviden las lecciones del pasado, que no dejan duda alguna de que un grupo relativamente pequeño de sostenedores activos de la Causa, no importa cuán ingeniosos sean ni cuán consagrados estén, no puede ocuparse de las necesidades de comunidades de cientos de hombres, mujeres y niños, y mucho menos si son miles de ellos. Las implicaciones son suficientemente claras. Si en una agrupación los que llevan sobre sus hombros la responsabilidad de la expansión y consolidación se cuentan por decenas y los que participan en las actividades de la vida de la comunidad por centenas, ambas cifras deberán aumentar significativamente de forma que al final del Plan sean cien o doscientas personas las que estén facilitando la participación de unos mil o dos mil.
Resulta alentador ver que ya en unas 300 de las 1.600 agrupaciones en todo el mundo, en las cuales hay en funcionamiento programas intensivos de crecimiento, los creyentes hayan entrado en el nuevo campo de aprendizaje que se les ha abierto ahora, y que, en no pocas de ellas, estén ampliando sus fronteras. Claramente, en todas estas agrupaciones, fortalecer los procesos educativos que ha puesto en marcha el instituto de capacitación —clases regulares para los miembros más jóvenes de la sociedad, grupos para los prejóvenes, y círculos de estudio para jóvenes y adultos—, cada uno con sus propios requerimientos, reviste una importancia fundamental. Gran parte de lo que entraña este trabajo se analizó en el mensaje de Riḍván. Los amigos de esas agrupaciones, sin excepción, habiendo atestiguado de primera mano los efectos transformadores del proceso de instituto, se están afanando por alcanzar un entendimiento más cabal de la dinámica que encierra este proceso: el espíritu de camaradería que genera, el enfoque participativo que adopta, la profundidad de comprensión que fomenta, los actos de servicio que recomienda y, por encima de todo, su dependencia en la Palabra de Dios. Se están haciendo todos los esfuerzos posibles por asegurar que el proceso refleje la complementariedad del «ser» y el «hacer» que los cursos del instituto hacen explícita; la posición central que conceden al conocimiento y su aplicación; el énfasis que ponen en evitar las falsas dicotomías; la importancia que otorgan a la memorización de la Palabra Creativa y el cuidado que ponen en elevar la conciencia sin despertar al insistente yo.
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