28 de diciembre 2010

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Muy queridos amigos: como bien saben, nos produce una gran satisfacción atestiguar la manera tan hábil en que ustedes y sus auxiliares, que sirven a la vanguardia del campo de la enseñanza, están cumpliendo su deber de alimentar el fuego del amor de Dios en cada alma y corazón, de promover el aprendizaje y de ayudar a todos en sus esfuerzos por desarrollar un carácter recto y digno de alabanza. Cuando la comunidad bahá’í norteamericana emprendió su primer Plan de Siete Años para cumplir las responsabilidades que le habían sido encomendadas en las Tablas del Plan Divino, el Guardián dirigió a los amigos de aquella tierra una carta de considerable extensión y gran potencia, fechada el 25 de diciembre de 1938 y publicada posteriormente bajo el título de El advenimiento de la justicia divina. Ahondando en la naturaleza de las tareas por realizar, la carta hacía alusión a lo que el Guardián había descrito como los requisitos espirituales para el éxito de todas las empresas bahá’ís. Indicaba que tres de ellos «destacan [...] como preeminentes y vitales»: conducirse con rectitud de conducta, llevar una vida casta y santa y liberarse de los prejuicios. Dadas las condiciones del mundo actual, sería conveniente que reflexionaran acerca de las implicaciones de estas observaciones para el esfuerzo global que está desplegando la comunidad bahá’í con el fin de infundir, en una agrupación tras otra, el espíritu de la Revelación de Bahá’u’lláh.

En alusión a la rectitud de conducta, Shoghi Effendi se refirió a la «justicia, equidad, veracidad, honradez, imparcialidad, confiabilidad e integridad» que deberán «distinguir cada fase de la vida de la comunidad bahá’í». Aunque aplicable a todos sus miembros, recalcó que este requisito estaba dirigido principalmente a sus «representantes elegidos, ya sean locales, regionales o nacionales», cuyo sentido de la rectitud moral debe hallarse en franco contraste con «las influencias desmoralizantes que una vida política plagada de corrupción ha hecho tan notoriamente patentes». El Guardián hizo un llamamiento a un «sentido perdurable de justicia inquebrantable» en un «mundo extrañamente desordenado», y cita extensamente los Escritos de Bahá’u’lláh y ‘Abdu’l-Bahá, fijando las miras de los amigos en los ideales más elevados de honestidad y honradez. Llamó a los creyentes a que demostraran rectitud de conducta en cada aspecto de sus vidas, en sus relaciones comerciales, en sus vidas familiares, en todo tipo de empleo, en cada servicio que prestaran a la Causa y a su pueblo, y a que cumplieran lo que su adhesión inflexible a las leyes y principios de la Fe les exige. Que durante los años transcurridos desde entonces, la vida política ha continuado deteriorándose por doquier a un ritmo alarmante, conforme la concepción misma del arte de gobernar ha sido desprovista de significado, conforme, en nombre del progreso, las políticas se han puesto al servicio de los intereses económicos de unos pocos y conforme se ha permitido que la hipocresía socave el funcionamiento de las estructuras sociales y económicas, es algo evidente. Si efectivamente en aquel entonces defender los elevados ideales de la Fe requería grandes esfuerzos por parte de los amigos, cuánto mayor deberá ser ahora semejante esfuerzo en un mundo que recompensa la deshonestidad, que alienta la corrupción y que trata la verdad como un producto negociable. Es profunda la confusión que pone en peligro los cimientos de la sociedad, e inquebrantable debe ser la determinación de todos los que participan en las actividades bahá’ís, no sea que el mínimo vestigio de interés propio nuble su discernimiento. Que los coordinadores de cada instituto de capacitación, los miembros de cada Comité de Enseñanza de Área, cada miembro del Cuerpo Auxiliar y cada uno de sus ayudantes y todo miembro de cada agencia local, regional o nacional bahá’í, hayan sido estos elegidos o nombrados, aprecien la magnitud de la súplica del Guardián de que ponderen en sus corazones las implicaciones de la rectitud moral que él describió con tanta claridad. Que sus acciones siempre le sirvan a una humanidad atribulada y abatida de recordatorio de su alto destino y su inherente nobleza.

No guardan menos relación con el éxito de la iniciativa bahá’í las observaciones directas del Guardián acerca de la importancia de una vida casta y santa, «con sus implicaciones de modestia, pureza, templanza, decencia y mente sana». Su lenguaje era inequívoco al llamar a los amigos a llevar una vida que no esté mancillada «por las indecencias, los vicios, las normas falsas que un código moral inherentemente deficiente tolera, perpetúa y fomenta». No es menester presentarles pruebas de la influencia que este código deficiente ejerce actualmente sobre la humanidad en general; aun los lugares más remotos del planeta son cautivos de sus tentaciones. Sin embargo, nos sentimos obligados a mencionar algunos puntos relacionados concretamente con la cuestión de la pureza. Las fuerzas que influyen en los corazones y las mentes de los jóvenes, a quienes el Guardián dirigió su llamamiento con mayor fervor, son realmente perniciosas. Las exhortaciones a mantenerse puros y castos les ayudarán a resistir estas fuerzas de manera sólo limitada. Lo que hay que tener en cuenta, en este sentido, es hasta qué punto las elecciones que hacen los padres en sus propias vidas afectan las mentes de los jóvenes, cuando estas elecciones toleran, sin importar qué tan involuntaria y qué tan inocentemente, las pasiones del mundo: la admiración del poder, la adoración del prestigio social, el amor por los lujos, el apego a los pasatiempos triviales, la glorificación de la violencia y la obsesión con la satisfacción de los propios deseos. Hay que entender que el aislamiento y la desesperación que padecen tantas personas son consecuencia de un ambiente regido por un materialismo que todo lo penetra. Y los amigos deben comprender las ramificaciones de la afirmación de Bahá’u’lláh de que «el orden actual» debe ser «enrollado y uno nuevo [...] desplegado en su lugar». Las personas jóvenes son, por doquier, los sostenedores más entusiastas del Plan y los paladines más ardientes de la Causa a día de hoy, y tenemos la certeza de que su número aumentará año tras año. Que cada uno de ellos llegue a conocer las bendiciones de una vida adornada con la pureza y aprenda a utilizar los poderes que fluyen a través de los canales puros.

A continuación, el Guardián abordó la cuestión de los prejuicios, afirmando categóricamente que las «divisiones o quiebras» en las filas de la Fe son ajenas «a su propia finalidad, principios e ideales». Dejó en claro que los amigos deben mostrar una «completa liberación de los prejuicios en su trato con las gentes de diferentes razas, clases, creencias o color». Luego analizó en detalle el asunto específico del prejuicio racial, «cuya corrosión», indicó, había «penetrado la fibra» y «atacado toda la estructura social de la sociedad norteamericana» y que, afirmó entonces, «debe ser considerado como el problema más vital y desafiante que la comunidad bahá’í enfrenta en la actual etapa de su evolución». Independientemente de las fortalezas y las debilidades de las medidas tomadas por la nación norteamericana y por la comunidad bahá’í que se desenvuelve en el seno de la misma para abordar este desafío particular, la realidad es que los prejuicios de toda índole —de raza, de clase, de origen étnico, de género, de creencia religiosa— siguen manteniendo un control férreo sobre la humanidad. Si bien es cierto que en el ámbito del discurso público se han dado pasos importantes para refutar las falsedades que dan lugar a todo tipo de prejuicio, este aún impregna las estructuras de la sociedad y se inculca sistemáticamente en la conciencia individual. Debe resultar evidente para todos que el proceso que ha puesto en marcha la serie actual de Planes globales, con los enfoques que emplea y los métodos que utiliza, busca crear la capacidad necesaria en cada grupo humano —sin consideración alguna por la clase ni la procedencia religiosa, sin tener en cuenta el grupo étnico o la raza y sin distingos de género o de condición social— para que se levante y contribuya al progreso de la civilización. Oramos para que, a medida que este proceso se despliega paulatinamente, se vuelva realidad su potencial para inutilizar cualquier instrumento que la humanidad haya creado durante el largo período de su infancia por medio del cual un grupo pueda oprimir a otro.

Naturalmente, el proceso educativo asociado con el instituto de capacitación está ayudando a promover las condiciones espirituales a las que se refirió el Guardián en El advenimiento de la justicia divina, así como las muchas otras, mencionadas en los escritos, que deben distinguir la vida de la comunidad bahá’í: el espíritu de unidad que deberá animar a los amigos, los lazos de amor que deberán unirlos, la firmeza en la Alianza que deberá sostenerlos, y la seguridad y confianza que deberán depositar en el poder de la ayuda divina, por mencionar sólo algunos. Que atributos tan esenciales se desarrollen en el contexto de la creación de capacidad para el servicio, en un ambiente que cultiva la acción sistemática, merece una mención especial. Al fomentar este ambiente, los miembros del Cuerpo Auxiliar y sus ayudantes deben reconocer la importancia de dos preceptos fundamentales entrelazados: el primero, que la elevada norma de conducta que inculca la Revelación de Bahá’u’lláh no admite transigencia alguna; de ninguna manera puede ésta menoscabarse y todos deben fijar su mirada en sus alturas sublimes. El segundo, reconocer que como seres humanos estamos lejos de ser perfectos y que lo que se espera de todos es un esfuerzo diario sincero. El sentido de superioridad moral deberá ser evitarse.