28 de diciembre 2010

El servicio en las instituciones bahá’ís

Al exponerles en estas líneas los avances que estamos ansiosos de ver en las labores administrativas de la Fe durante el próximo Plan de Cinco Años, recordamos las repetidas advertencias del Guardián en este sentido. «Tengamos cuidado no sea que, en nuestra gran preocupación por la perfección del sistema administrativo de la Causa», afirmó, «perdamos de vista el divino Propósito para el cual fue creado». La estructura administrativa bahá’í, reiteró una y otra vez, «debe considerarse un medio, y no un fin en sí mismo». Dejó en claro que la intención de la misma es «responder a un doble fin». Por un lado, «debería apuntar a una expansión continua y gradual» de la Causa «en términos que sean a la vez amplios, íntegros y universales». Por otro lado, «debería garantizar la consolidación interna del trabajo ya realizado». Y también explicó: «Debería proporcionar el impulso mediante el cual las fuerzas dinámicas latentes en la Fe puedan desplegarse, cristalizar y conformar la vida y conducta de los seres humanos, y también servir como medio para el intercambio de razonamientos y la coordinación de actividades entre los diversos elementos que constituyen la comunidad bahá’í».

Esperamos fervorosamente que en sus esfuerzos durante el próximo Plan por promover el desarrollo sólido y armonioso de la administración bahá’í en todos sus niveles, desde el local hasta el nacional, harán todo lo posible por ayudar a los amigos a desempeñar sus funciones en el contexto del proceso orgánico de crecimiento que está cobrando impulso en todo el planeta. Volver realidad esta esperanza dependerá, en gran medida, del grado en que aquellos que han sido llamados a prestar tal servicio —bien sea que hayan sido elegidos miembros de una Asamblea Espiritual o asignados a una de sus agencias, o que se les haya designado como coordinadores del instituto o nombrados delegados suyos— reconozcan el gran privilegio que les ha sido otorgado y entiendan los límites que este privilegio les demarca.

Servir en las instituciones y agencias de la Fe es realmente un privilegio formidable, pero no es uno al que aspire el individuo; se trata de un deber y una responsabilidad a los cuales él o ella pueden ser llamados en cualquier momento. Se entiende, por supuesto, que quienes se involucren en la administración bahá’í no errarán al estimar que se les ha conferido un honor singular al formar parte, de una forma u otra, de una estructura que ha sido concebida para servir de canal a través del cual fluya el espíritu de la Causa. No obstante, no deben creer que tal servicio les faculta para operar al margen del proceso de aprendizaje que está cobrando fuerza por doquier, y que están exentos de sus requerimientos inherentes. Tampoco se debe suponer que la membresía en los órganos administrativos brinda la oportunidad de promover el entendimiento individual de lo consignado en el Texto Sagrado y la manera en que deben aplicarse las enseñanzas, llevando así a la comunidad en la dirección que dicten las preferencias individuales. Refiriéndose a los miembros de las Asambleas Espirituales, el Guardián escribió que «deben dejar de lado totalmente sus propias preferencias y desagrados, sus intereses e inclinaciones personales y concentrar la mente en aquellas medidas que conduzcan a la prosperidad y felicidad de la comunidad bahá’í y promuevan el bien común». Las instituciones bahá’ís sí tienen autoridad para guiar a los amigos y ejercer influencia moral, espiritual e intelectual en las vidas de los individuos y comunidades. Sin embargo, tales funciones deberán desempeñarse con el entendimiento de que la identidad institucional bahá’í está impregnada de un etos de servicio amoroso. Concebir de este modo la autoridad y la influencia conlleva un sacrificio por parte de aquellos a los que se les ha confiado la administración de los asuntos de la Fe. Acaso no nos dice ‘Abdu’l-Bahá que «cuando se pone en la fragua un lingote de hierro, sus propiedades ferrosas de negrura, frialdad y solidez, que simbolizan los atributos del mundo humano, se retiran y desaparecen, en tanto que se hacen claramente visibles en él las distintivas propiedades ígneas de candencia, calor y fluidez, que simbolizan las virtudes del Reino». Así lo aseveró ‘Abdu’l-Bahá: «en este aspecto, es decir, el servicio a la humanidad, debéis sacrificar la propia vida y, al entregaros, sentiros alegres».