28 de diciembre 2010
*
Aparte de los requisitos espirituales de una vida bahá’í santificada, hay hábitos de pensamiento que repercuten en el desenvolvimiento del Plan global, cuyo desarrollo ha de alentarse en el nivel de la cultura. Hay también tendencias que han de superarse gradualmente. Muchas de estas tendencias se refuerzan mediante los enfoques prevalecientes en la sociedad en general, los cuales, no del todo sin razón, penetran la actividad bahá’í. La magnitud del desafío que encaran los amigos en este sentido no pasa desapercibida. A ellos se les llama a que participen cada vez más en la vida de la sociedad, beneficiándose de sus programas educativos, sobresaliendo en sus oficios y profesiones, aprendiendo a utilizar bien sus herramientas y dedicándose a procurar el avance de sus artes y ciencias. Simultáneamente, nunca deben perder de vista el objetivo de la Fe, que es efectuar una transformación en la sociedad, remodelando sus instituciones y procesos a una escala sin precedentes. Para ello, deben permanecer agudamente conscientes de las deficiencias de los actuales modos de pensar y de actuar; eso sí, sin albergar el más mínimo grado de superioridad, sin asumir un aire reservado o distante, y sin adoptar una actitud innecesariamente crítica de la sociedad. Hay algunos puntos específicos que quisiéramos mencionar en relación con este asunto.
Resulta alentador observar cómo los amigos están asumiendo el estudio de los mensajes de la Casa Universal de Justicia relacionados con el Plan con tanta diligencia. El nivel de discusión que se genera cuando se esfuerzan por poner en práctica la guía recibida y por aprender de la experiencia es extraordinario. No podemos dejar de observar, sin embargo, que los logros tienden a ser más duraderos en aquellas regiones en que los amigos se esfuerzan por entender la totalidad de la visión que transmiten los mensajes, mientras que con frecuencia surgen dificultades cuando las frases y oraciones se sacan de contexto y se consideran como pasajes aislados. Las instituciones y agencias de la Fe deben ayudarles a los creyentes a analizar pero no reducir, a meditar sobre el significado pero sin hacer hincapié en las palabras, a identificar diferentes campos de acción pero sin fragmentar. Sabemos que esta no es tarea fácil. La sociedad habla cada vez más empleando consignas. Esperamos que los hábitos que están adquiriendo los amigos en los círculos de estudio para trabajar con pensamientos nutridos y complejos y lograr la comprensión se extiendan a varias esferas de actividad.
Guarda estrecha relación con la costumbre de reducir un tema completo a una o dos frases llamativas la tendencia a percibir dicotomías cuando, de hecho, no existe alguna. Resulta esencial que las ideas que forman parte de un todo cohesionado no se sitúen en contraposición una con otra. En una carta escrita en su nombre, Shoghi Effendi advirtió: «Debemos considerar las enseñanzas como un gran todo en equilibrio, y no tratar de encontrar dos aseveraciones fuertes y oponerlas una a la otra cuando éstas tienen significados diferentes; en algún lugar intermedio hay vínculos que unen a las dos». Cuán alentador es observar que muchos de los malentendidos del pasado han desaparecido a medida que ha aumentado la comprensión de las disposiciones del Plan. La expansión y la consolidación, la acción individual y las campañas colectivas, el perfeccionamiento del carácter interior y la consagración al servicio desinteresado: la relación armoniosa entre todas estas facetas de la vida bahá’í se reconoce fácilmente hoy. Nos complace igualmente saber que los amigos están alerta, no sea que nuevas dicotomías falsas se infiltren en su pensamiento. Son muy conscientes de que los diversos elementos de un programa de crecimiento son complementarios. La comunidad está evitando la tendencia a ver las actividades y las agencias que las apoyan compitiendo unas con otras, tendencia muy común en la sociedad en general.
Finalmente, el aumento de la capacidad de pensar en términos de procesos señala un avance significativo de la cultura, que hemos seguido con un interés especial. Que desde el principio a los creyentes se les ha pedido que permanezcan conscientes de los grandes procesos que definen su trabajo es algo que se desprende de una lectura cuidadosa de aun las comunicaciones más antiguas del Guardián relacionadas con los primeros planes nacionales de la Fe. Sin embargo, en un mundo que se enfoca cada vez más en el fomento de eventos o, en el mejor de los casos, de proyectos, con una mentalidad que obtiene satisfacción de la expectativa o la emoción que éstos generan, mantener el nivel de dedicación necesario para la acción a largo plazo exige un esfuerzo considerable. La expansión y consolidación de la comunidad bahá’í comprende varios procesos interconectados, cada uno de los cuales contribuye con su parte al movimiento de la humanidad hacia la visión de Bahá’u’lláh de un nuevo Orden Mundial. Las líneas de acción asociadas con un proceso dado permiten organizar eventos ocasionales y, periódicamente, las actividades se materializan en un proyecto con un comienzo claro y un punto final. Sin embargo, los eventos que se imponen en el despliegue natural de un proceso truncan su evolución ordenada. Cuando los proyectos que se emprendan en una agrupación no se subordinen a las necesidades explícitas de los procesos que en ella se despliegan rendirán escasos frutos.
Entender la naturaleza de los procesos interrelacionados que, en su totalidad, originan la expansión y consolidación de la Fe es de vital importancia para la ejecución exitosa del Plan. En sus esfuerzos por promover la comprensión de esta idea, se les anima a ustedes y a sus auxiliares a tener presente un concepto que yace en la base de la actual empresa global y, ciertamente, en el corazón mismo de cada etapa del Plan Divino, a saber, que el progreso se logra por medio del desarrollo de tres participantes: el individuo, las instituciones y la comunidad. A lo largo de la historia de la humanidad, las interacciones entre estos tres participantes han estado plagadas de dificultades a cada momento; el individuo ha reclamado libertad, la institución ha exigido sumisión y la comunidad ha reivindicado preferencia. Cada sociedad ha definido, de una u otra manera, las relaciones que vinculan a los tres, dando lugar a periodos de estabilidad entrelazados con convulsión. Hoy en día, en esta edad de transición, a medida que la humanidad lucha por alcanzar su madurez colectiva, semejantes relaciones —es más, la concepción misma del individuo, de las instituciones de la sociedad y de la comunidad— continúan siendo sacudidas por innumerables crisis. La crisis mundial de autoridad es prueba suficiente de ello. Tan graves han sido sus abusos y tan profundas las sospechas y los resentimientos que ahora despiertan que el mundo se está volviendo cada vez más ingobernable, una situación tanto más peligrosa por cuanto se han debilitado los lazos comunitarios.
Cada seguidor de Bahá’u’lláh es bien consciente de que el propósito de Su Revelación es el dar vida a una nueva creación. Tan pronto como «el Primer Llamado hubo brotado de Sus labios, la creación entera fue revolucionada, y todos los que están en los cielos y en la tierra fueron conmovidos hasta lo más profundo». El individuo, las instituciones y la comunidad —los tres protagonistas del Plan Divino— están siendo configurados por la influencia directa de Su Revelación, y está aflorando una nueva concepción de cada uno que resulta apropiada para una humanidad que ha llegado a su mayoría de edad. Las relaciones que las unen también están experimentando una transformación profunda, trayendo al reino de la existencia poderes constructores de civilización que sólo podrán ser liberados de conformidad con Su decreto. A un nivel fundamental, estas relaciones se caracterizan por la cooperación y la reciprocidad, que son manifestaciones de la interconexión que rige el universo. Así, el individuo, sin consideración por «el beneficio personal o ventaja egoísta», llega a verse a sí mismo como «uno de los siervos de Dios, el Todoposeedor», cuyo deseo único es cumplir Sus leyes. Así es que los amigos llegan a reconocer que «la riqueza de sentimientos, la abundancia de buena voluntad y esfuerzo» servirán de poco mientras no se encaucen por canales apropiados; que «la libertad sin trabas del creyente debería atemperarse con la consulta conjunta y el sacrificio», y que «el espíritu de iniciativa y de empresa debería reforzarse con una comprensión más honda de la necesidad suprema de acción concertada y de una dedicación más completa al bien común». Y es así como todos llegan a percibir con facilidad los ámbitos de actividad en los que el individuo puede ejercer la iniciativa de la mejor manera y aquellos que corresponden únicamente a las instituciones. Los amigos siguen las directrices de sus instituciones «de alma y corazón», como explica ‘Abdu’l-Bahá, «a fin de que los asuntos se ordenen debidamente y queden bien dispuestos». Naturalmente, no se trata de una obediencia ciega; es una obediencia que marca el surgimiento de una raza humana madura que comprende las implicaciones de un sistema de grandísimo alcance como es el nuevo Orden Mundial de Bahá’u’lláh.
Y los que, de entre las filas de estas almas tan encendidas, han sido llamados a servir en las instituciones de ese poderoso sistema entienden bien que «su función no es dictar, sino consultar, y consultar no sólo entre ellos, sino tanto como sea posible con los amigos a los que representan». «Nunca» serían «llevados a suponer que son los ornamentos centrales del cuerpo de la Causa, intrínsecamente superiores a otros en capacidad o mérito, y los únicos promotores de sus enseñanzas y principios». Estas personas abordan sus tareas «con humildad extrema» y se afanan, «con su amplitud de criterio, su alto sentido de la justicia y del deber, su franqueza, su modestia, su entera dedicación al bienestar e intereses de los amigos, de la Causa y de la humanidad, por granjearse no sólo la confianza y genuino apoyo y respeto de aquellos a quienes sirven, sino también su estima y afecto real». Dentro de un ambiente creado de este modo, las instituciones que han sido investidas de autoridad se ven a sí mismas como instrumentos para nutrir el potencial humano, asegurando su despliegue a través de canales provechosos y meritorios.
Así, compuesta por tales individuos y tales instituciones, la comunidad del Más Grande Nombre se convierte en esa arena espiritualmente cargada en la que se multiplican los poderes por medio de la acción unificada. Es acerca de esta comunidad que ‘Abdu’l-Bahá escribió: «Cuandoquiera que las almas lleguen a ser verdaderos creyentes, alcanzarán una relación espiritual de unos con otros y evidenciarán una ternura que no es de este mundo. Todos ellos se regocijarán con un sorbo del divino amor, y esa unión entre ellos, ese vínculo, perdurará también por siempre. Es decir, las almas que se releguen a sí mismas al olvido, se despojen de los defectos del género humano y rompan las cadenas de la servidumbre humana, serán sin duda alguna iluminadas con los esplendores celestiales de la unicidad y todas alcanzarán la verdadera unión en el mundo que no muere».
Conforme más y más almas receptivas abrazan la Causa de Dios y suman su suerte a la de los que ya están participando en la empresa global en marcha, el desarrollo y la actividad del individuo, las instituciones y la comunidad de seguro cobrarán un potente ímpetu hacia adelante. Que una humanidad desconcertada contemple, en las relaciones que los seguidores de Bahá’u’lláh están forjando entre estos tres protagonistas, una pauta de vida colectiva que la impulse hacia su alto destino. Esta es nuestra ferviente súplica en los Santuarios Sagrados.
[firmado: La Casa Universal de Justicia]
Buscar en este libro
Escribe una palabra para buscar en este libro.