El Llamamiento del Señor de las Huestes
Náṣiri'd-Dín Sháh
¡Oh Rey de la Tierra! Presta oído al llamamiento de este Vasallo: En verdad, Yo soy un Siervo que ha creído en Dios y en Sus signos, y Me he sacrificado en Su camino. De ello dan testimonio los males que ahora Me asedian, males como los que jamás ha sufrido hombre alguno. Mi Señor, el Omnisciente, atestigua la verdad de Mis palabras. No he emplazado al pueblo ante nadie salvo Dios, tu Señor y Señor de los mundos, y he sufrido por Su amor aflicciones tales como las que jamás ha visto el ojo de la creación. De ello dan fe aquellos a quienes los velos de la fantasía humana no han impedido volverse a la Visión Más Sublime, y, además de ellos, Aquel que tiene el conocimiento de todas las cosas en la Tabla resguardada.
Cuandoquiera que las nubes de la tribulación han hecho llover los dardos de la aflicción en el sendero de Dios, el Señor de todos los nombres, Me he apresurado a recibirlos, tal como lo atestigua toda alma justa y perspicaz. ¡Cuán numerosas las noches en que las bestias del campo descansaban en sus guaridas, y las aves del aire yacían en sus nidos, en tanto que este Joven se consumía encadenado y con grilletes, sin nadie que Le ayudase o socorriese!
Trae a la memoria la misericordia de Dios para contigo: cómo, cuando estabas encarcelado con otras almas, Te libró y Te ayudó con las huestes de lo visible y de lo invisible, hasta que el Rey Te envió a Iráq, después de que le hicimos ver que Tú no eras de los sembradores de sedición. Los que siguen sus deseos corruptos y dejan de lado el temor a Dios están en verdad en un grave error. Nos, en verdad, no tenemos ningún vínculo con quienes propagan el desorden en la tierra, derraman la sangre de los hombres y disipan injustamente los bienes ajenos, e imploramos a Dios que no Nos asocie con ellos, ni en este mundo ni en el mundo venidero, a menos que se arrepientan ante Él. Ciertamente, Él es el más misericordioso de los misericordiosos.
Quien se vuelva hacia Dios debe distinguirse de los demás por todos sus actos, y seguir lo que le ha sido ordenado en el Libro. Así se ha decretado en una lúcida Tabla. Sin embargo, quienes arrojan tras de sí los mandamientos de Dios y siguen los impulsos de sus propios deseos están, en verdad, en un grave error.
¡Oh Rey! Te conmino por tu Señor, el Todomisericordioso, a que mires a tus siervos con el ojo de tu favor, y que los trates con justicia, para que Dios te trate a ti con misericordia. Potente es tu Señor para obrar como Le place. El mundo, con toda su humillación y su gloria, dejará de ser, y el reino permanecerá con Dios, el Excelso, el Omnisciente.
Di: Él ha encendido la lámpara de la expresión, y la alimenta con el aceite de la sabiduría y la comprensión. Demasiado sublime es tu Señor, el Todomisericordioso, para que algo en el universo se resista a Su Fe. Él revela lo que Le place mediante el poder de Su potestad soberana, y lo protege con un ejército de Sus ángeles predilectos. Él es supremo entre Sus siervos y ejerce incuestionable dominio sobre Su creación. En verdad, Él es el Omnisciente, el Omnisapiente.
¡Oh Rey! Yo era un hombre como los demás, dormido en Mi lecho, cuando he aquí que las brisas del Todoglorioso soplaron sobre Mí y Me enseñaron el conocimiento de todo lo que ha sido. Esto no procede de Mí, sino de Aquel que es Todopoderoso y Omnisciente. Él Me ordenó que levantase la voz entre la tierra y el cielo, y por ello Me acaeció lo que ha hecho correr las lágrimas de todo hombre de entendimiento. El saber común entre los hombres no lo he estudiado; ni tampoco he estado en sus escuelas. Pregunta en la ciudad en que residía para que estés seguro de que no soy de los que hablan en falso. Esta no es sino una hoja que han agitado los vientos de la voluntad de tu Señor, el Todopoderoso, el Más Alabado. ¿Acaso puede estar quieta cuando soplan vientos tempestuosos? No, ¡por Aquel que es el Señor de todos los Nombres y Atributos! La mueven como desean. Lo evanescente es como la nada ante Quien siempre permanece. Su irresistible llamamiento ha llegado hasta Mí y Me ha hecho proclamar Su alabanza entre todas las gentes. Yo estaba en verdad como muerto cuando se pronunció Su orden. La mano de la voluntad de tu Señor, el Compasivo, el Misericordioso, Me transformó. ¿Acaso puede alguien expresar por propia iniciativa lo que hará que las gentes de toda condición protesten contra él? No, por Quien enseñó a la Pluma los misterios eternos: nadie sino aquel que haya sido fortalecido por la gracia del Todopoderoso, el Omnipotente.
La Pluma del Altísimo Se dirigió a Mí diciendo: No temas. Relátale a Su Majestad el Sháh lo que Te aconteció. Verdaderamente, su corazón está entre los dedos de Tu Señor, el Dios de Misericordia, para que tal vez el sol de la justicia y la merced resplandezca sobre el horizonte de su corazón. De este modo ha sido enviado el decreto por Aquel que es el Omnisapiente.
Mira a este Joven, oh Rey, con los ojos de la justicia; luego, juzga con la verdad acerca de lo que Le ha acontecido. En verdad, Dios ha hecho que seas Su sombra en medio de los hombres y el signo de Su poder para cuantos habitan en la tierra. Juzga entre Nos y aquellos que Nos han agraviado sin prueba y sin un Libro esclarecedor. Los que te rodean te aman por su propio bien, en tanto que este Joven te ama por ti mismo, y no ha albergado otro deseo que acercarte a la sede de la gracia, y volverte hacia la diestra de la justicia. Tu Señor es testigo de lo que declaro.
¡Oh Rey! Si inclinases tu oído hacia el chirrido de la Pluma de Gloria y el arrullo de la Paloma de la Eternidad que, en las ramas del árbol del Loto más allá del cual no hay paso, pronuncia alabanzas a Dios, Hacedor de todos los nombres y Creador de la tierra y del cielo, alcanzarías una posición en la cual no verías nada en el mundo del ser salvo el resplandor del Adorado, y considerarías tu soberanía como la más despreciable de tus posesiones y la cederías a quien la desease, y dirigirías el rostro hacia el Horizonte que relumbra con la luz de Su semblante. Tampoco estarías jamás dispuesto a llevar el peso del poder salvo con el fin de ayudar a tu Señor, el Excelso, el Altísimo. Entonces te bendeciría el Concurso de lo Alto. ¡Cuán excelente es esta sublime posición, si tan solo ascendieras hasta ella mediante el poder de una soberanía que se reconoce que deriva del Nombre de Dios!
Entre el pueblo se encuentran quienes aducen que este Joven no ha tenido otro propósito que el de perpetuar Su nombre, en tanto que otros afirman que Se ha procurado las vanidades del mundo, y ello pese a que jamás, en todos Mis días, he encontrado un lugar seguro, ni siquiera como punto de apoyo. En todo momento he estado sumido en un océano de tribulaciones, cuya profundidad nadie puede sondear excepto Dios. Verdaderamente, Él es consciente de lo que digo. ¡Cuántos han sido los días en que Mis seres queridos se han visto profundamente conmovidos a causa de Mis aflicciones, y cuántas las noches durante las que Mis familiares, temiendo por Mi vida, han llorado y se han lamentado amargamente! Y eso nadie puede negarlo sino quienes carecen de veracidad. ¿Es concebible que Quien espera perder la vida en cualquier momento persiga vanidades mundanas? ¡Cuán extrañas las imaginaciones de quienes hablan movidos por sus propios caprichos y vagan distraídos por los yermos del yo y de la pasión! Dentro de poco se les llamará a rendir cuentas de sus palabras, y en ese día no encontrarán quien los ampare ni los socorra.
Entre el pueblo también hay quienes afirman que Él no ha creído en Dios, cuando cada miembro de Mi cuerpo da testimonio de que no hay otro Dios sino Él; que aquellos a Quienes Él ha levantado con la verdad y ha enviado con Su guía son las Manifestaciones de Sus muy excelentes nombres, los Reveladores de Sus exaltadísimos atributos y los Depositarios de Su Revelación en el reino de la creación; que mediante ellos se ha perfeccionado la Prueba de Dios para todo fuera de Él, se ha enarbolado el estandarte de la Unidad divina y se ha puesto de manifiesto el signo de la santidad; y que a través de ellos toda alma ha encontrado un camino hacia el Señor del Trono de lo alto. Atestiguamos que no hay otro Dios sino Él, que desde siempre ha estado solo y sin nadie más fuera de Él y que eternamente será lo que siempre ha sido. Demasiado elevado es el Todomisericordioso para que los corazones de quienes Lo han reconocido comprendan Su verdadera naturaleza, o para que las mentes humanas tengan esperanza de desentrañar Su esencia. Ciertamente, Él está por encima de la comprensión de quienquiera que no sea Él mismo, y más allá del entendimiento de todos fuera de Él. Desde toda la eternidad Él ha sido independiente de la creación entera.
Recuerda los días en que el Sol de Baṭḥá resplandeció sobre el horizonte de la Voluntad de tu Señor, el Excelso, el Altísimo, y rememora cómo se apartaron de Él los teólogos de la época y se Le opusieron los doctos, para que por ventura entiendas lo que, en este día, permanece oculto tras los velos de gloria. Tan penosa se hizo Su situación por todos lados que ordenó a Sus compañeros que se dispersaran. Así se hizo descender el decreto desde el cielo de la gloria divina. Recuerda, además, cómo, cuando uno de esos mismos compañeros se presentó ante el Rey de Etiopía y le recitó un Sura del Corán, éste declaró a su séquito: «En verdad, esto ha sido revelado por Aquel que es el Omnisciente y Omnisapiente. Quienquiera que reconozca la verdad, y crea en las enseñanzas de Jesús, en modo alguno puede negar lo que se ha recitado. Verdaderamente, damos testimonio de su verdad, igual que damos testimonio de la verdad de lo que poseemos procedente de los Libros de Dios, Quien ayuda en el peligro, Quien subsiste por Sí mismo».
¡Juro por Dios, oh Rey! Si inclinases el oído a las melodías de ese Ruiseñor que canta con variados gorjeos en la rama mística por orden de tu Señor, el Todomisericordioso, desecharías tu soberanía y volverías el rostro hacia esta Escena de gloria trascendente, esta posición por encima de cuyo horizonte reluce el Libro de la Aurora, y agotarías todo lo que posees en tu ansia de obtener las cosas de Dios. Te encontrarías entonces elevado a la cúspide de la exaltación y la gloria, y alzado a la cima de la majestad y la independencia. Así ha sido consignado el decreto en el Libro Madre por la Pluma del Todomisericordioso. ¿De qué sirven las cosas que hoy día son tuyas y que mañana otros poseerán? Escoge lo que Dios ha escogido para Sus elegidos, y Dios te conferirá en Su Reino una poderosa soberanía. Imploramos a Dios que te ayude a escuchar esa Palabra cuyo fulgor ha envuelto al mundo entero, y te proteja de quienes se han alejado de la corte de Su presencia.
¡Gloria sea a Ti, oh Señor Mi Dios! ¡Cuán numerosas las cabezas que fueron alzadas en lanzas en Tu camino, y cuántos los pechos que se convirtieron en blanco de las flechas en aras de Tu complacencia! ¡Cuántos los corazones que han sido lacerados por la exaltación de Tu Palabra y la promoción de Tu Causa, y cuántos los ojos que han llorado amargamente por amor a Ti! Te imploro, oh Tú que eres el Rey de reyes y el Compadecedor de los oprimidos, por Tu Más Grande Nombre al que has convertido en el Punto de amanecer de Tus muy excelentes nombres y la Aurora de Tus muy exaltados atributos, que elimines los velos que se han interpuesto entre Tú y Tus criaturas y les han impedido volverse hacia el horizonte de Tu Revelación. Haz, entonces, oh Mi Dios, por Tu muy exaltada Palabra, que se aparten de la siniestra del olvido y el engaño y se vuelvan a la diestra del conocimiento y la certidumbre, para que sepan lo que has dispuesto para ellos mediante Tu generosidad y gracia, y dirijan sus rostros hacia Aquel que es la Manifestación de Tu Causa y el Revelador de Tus signos.
¡Oh Mi Dios! Tú eres el Munífico, Cuya gracia es infinita. No mantengas a Tus siervos alejados del ingente Océano que has convertido en el depósito de las perlas de Tu conocimiento y Tu sabiduría, y no los eches de Tu puerta, que has abierto de par en par ante todos los que están en Tu cielo y todos los que están en Tu tierra. ¡Oh Señor! No los abandones a sí mismos, pues no comprenden y rehúyen lo que les beneficia más que todo cuanto Tú has creado sobre Tu tierra. Oh Mi Dios, dirige hacia ellos las miradas del ojo de Tu favor y munificencia, y libéralos del yo y la pasión, para que se aproximen a Tu exaltadísimo Horizonte, prueben la dulzura de Tu recuerdo y se deleiten con el pan que has enviado desde el cielo de Tu Voluntad y el firmamento de Tu gracia. Desde siempre Tu munificencia ha abarcado la creación entera y Tu misericordia ha sobrepasado todas las cosas. No hay otro Dios sino Tú, Quien siempre perdona, el Más Compasivo.
¡Glorificado seas Tú, oh Señor Mi Dios! Tú bien sabes que Mi corazón se ha derretido en Tu Causa, y que la sangre Me hierve en las venas con el fuego de Tu amor de tal manera que cada gota proclama con su lengua interior: «Permite que sea derramada sobre la tierra por amor a Ti, oh mi Señor, el Altísimo, para que de ella brote lo que Tú has dispuesto en Tus Tablas y has ocultado a los ojos de todos, salvo de aquellos siervos que han probado la corriente cristalina del conocimiento de las manos de Tu gracia y bebido de las tranquilas aguas de la comprensión de la copa de Tu merced».
Tú sabes, oh Mi Dios, que en todos Mis asuntos solo he deseado obedecer Tu mandato, que en cada una de Mis palabras solo he querido ensalzar Tu alabanza, y que en todo cuanto ha procedido de Mi Pluma solo Me he propuesto obtener Tu complacencia y revelar lo que Tú Me has ordenado mediante Tu soberanía.
Tú Me ves, oh Mi Dios, desconcertado en Tu tierra. Siempre que hago mención de lo que Tú Me has ordenado, Tus criaturas Me ponen reparos; con todo, si desatendiese lo que Tú Me has mandado observar, merecería el azote de Tu ira y Me encontraría muy alejado de las praderas de Tu cercanía. ¡No, por Tu gloria! He vuelto Mi rostro hacia Tu agrado, y Me he apartado de las cosas por las que se han interesado Tus siervos. He acogido todo lo que tiene relación contigo, y he abandonado todo cuanto pueda alejarme de los retiros de Tu cercanía y de las alturas de Tu gloria. ¡Juro por Tu poder! Con Tu amor en Mi corazón nada habrá de alarmarme, y en el sendero de Tu complacencia no Me harán desfallecer todas las aflicciones del mundo. Todo ello, sin embargo, procede de Tu fuerza y Tu poder, de Tu munificencia y Tu gracia, y no de Mi propio merecimiento.
Esta es, oh Mi Dios, una Epístola que Me he propuesto enviar al Rey. Tú sabes que nada he esperado de él excepto que muestre justicia a Tus siervos y extienda sus favores al pueblo de Tu reino. Para Mí solo he deseado lo que Tú deseaste, y mediante Tu auxilio no anhelo nada sino lo que Tú anhelas. ¡Perezca el alma que busque en Ti otra cosa que no seas Tú mismo! ¡Juro por Tu gloria! Tu complacencia es Mi más caro deseo y Tu propósito, Mi suprema esperanza. Ten misericordia, oh Mi Dios, de esta pobre criatura que Se ha aferrado a la orla de Tus riquezas, y de esta alma suplicante que Te llama diciendo: «¡Tú eres, verdaderamente, el Señor del poder y la gloria!» Ayuda, oh Mi Dios, a Su Majestad el Sháh a guardar Tus leyes entre Tus siervos y a manifestar Tu justicia entre Tus criaturas, a fin de que trate a este pueblo tal como trata a los demás. Tú eres, en verdad, el Dios de poder, de gloria y de sabiduría.
Con la venia y el permiso del Rey de la Época, este Siervo viajó desde la Sede de la Soberanía hasta Iráq, país donde permaneció durante doce años. A lo largo de todo ese período no se presentó a la corte de tu presencia ningún informe sobre Nuestra condición, ni se hizo llegar representación alguna a potencias extranjeras. Poniendo toda Nuestra confianza en Dios, residimos en ese país hasta que llegó a Iráq cierto funcionario, quien, a su llegada, se encargó de atormentar a este pobre grupo de exiliados. Día tras día, por instigación de algunos supuestos eruditos y de otras personas, creaba problemas para estos siervos, aunque jamás habían cometido acto alguno que fuera perjudicial para el Estado y sus gentes, o contrario a las normas y costumbres de los ciudadanos del reino.
Temiendo que el proceder de estos transgresores fuera a producir algún resultado que discrepara con tu insigne juicio, este Siervo despachó una breve relación del asunto a Mírzá Sa‘íd Khán, del Ministerio de Asuntos Exteriores, para que se sirviera elevarlo a la presencia real y para que fuera obedecido todo cuanto desearas decretar al respecto. Transcurrió un largo tiempo sin que se promulgara decreto alguno. Finalmente, las cosas llegaron a tal punto que acechaba el riesgo de una inminente contienda y derramamiento de sangre. Por tanto, necesariamente y para la protección de los siervos de Dios, algunos de ellos apelaron al Gobernador de Iráq.
Si observaras estos acontecimientos con el ojo de la equidad, se haría claro y evidente en el luminoso espejo de tu corazón que lo ocurrido venía dictado por las circunstancias, y que no cabía otra alternativa. Su Majestad misma es testigo de que en cualquier ciudad donde hayan residido algunas de estas personas, la hostilidad de ciertos funcionarios ha atizado la llama del conflicto y la disputa. Sin embargo, desde Su llegada a Iráq, esta Alma evanescente ha prohibido a todos entrar en disputas y conflictos. Son testigos de este Siervo Sus propios actos, pues todos saben perfectamente y reconocerán que, pese a que en Iráq residía un mayor número de estas personas que en cualquier otro país, nadie sobrepasó sus límites ni atentó contra su prójimo. Fijando su mirada en Dios, y poniendo su confianza en Él, todos han vivido en paz durante cerca de quince años y, ante cualquier cosa que les haya ocurrido, han mostrado paciencia y se han resignado a Dios.
Tras la llegada de este Siervo a esta ciudad de Adrianópolis, algunos de los habitantes de Iráq y de otras partes preguntaron por el significado del término «prestar ayuda a Dios» que se ha mencionado en las Santas Escrituras. Se enviaron varias respuestas, una de las cuales aparece en estas páginas, para que se demuestre claramente ante ti que este Siervo no tiene en vista otro fin que promover el mejoramiento y el bienestar del mundo. Y si algunos de los favores divinos que, aunque inmerecidamente, Dios ha querido concederme no fueran evidentes y manifiestos, por lo menos está claro y es ostensible que, en Su insuperable misericordia e infinita gracia, no ha privado a Mi corazón del ornamento del raciocinio. El pasaje que hacía alusión al significado de «prestar ayuda a Dios» reza así:
¡Él es Dios, exaltada sea Su gloria!
Es claro y evidente que el único Dios verdadero –glorificada sea Su mención– está por encima del mundo y de cuanto en él hay. Con «prestar ayuda a Dios», pues, no se quiere decir que algún alma combata o dispute con otra. Ese Soberano Señor que hace cuanto es Su voluntad ha encomendado el reino de la creación, sus territorios y mares a manos de los reyes, pues ellos son, cada uno según su nivel, las manifestaciones de Su divino poder. Si entran a la sombra del Verdadero, se les considerará de Dios, y si no, tu Señor, ciertamente, conoce y observa todas las cosas.
Lo que Dios –glorificado sea Su Nombre– ha deseado para Sí son los corazones de Sus siervos, que constituyen los erarios de Su amor y Su recuerdo y los depósitos de Su conocimiento y sabiduría. El deseo del Rey Eterno ha sido siempre purificar los corazones de Sus siervos de las cosas del mundo y de cuanto le pertenece, para que se conviertan en recipientes dignos de los esplendores radiantes de Aquel que es el Rey de todos los nombres y atributos. Por consiguiente, a ningún extraño debe dársele acceso a la ciudad del corazón, para que el Amigo incomparable pueda entrar en Su morada. Con ello se quiere decir el fulgor de Sus nombres y atributos, mas no Su sublime Esencia, por cuanto ese Rey sin igual ha estado y estará eternamente por encima del ascenso y el descenso.
Por tanto, de ahí se desprende que prestar ayuda a Dios, en este día, no consiste ni jamás consistirá en contender ni disputar con alma alguna; antes bien, lo que es preferible a los ojos de Dios es que las ciudades de los corazones de los hombres, que están gobernadas por las huestes del yo y la pasión, queden sometidas por la espada de la expresión, de la sabiduría y de la comprensión. Así, quien procure ayudar a Dios debe ante todo conquistar, con la espada de la comprensión y la expresión íntimas, la ciudad de su propio corazón y resguardarlo del recuerdo de todo lo que no sea Dios, y solo entonces intentar someter las ciudades de los corazones de los demás.
Tal es el verdadero significado de prestar ayuda a Dios. La sedición nunca ha sido del agrado de Dios, ni han sido aceptables a Su vista los actos cometidos en el pasado por algunos necios. Sabed que ser muerto en el camino de Su complacencia es mejor para vosotros que matar. Los amados del Señor deben, en este día, comportarse de tal modo en medio de Sus siervos que mediante sus propios actos y acciones guíen a todos los hombres al paraíso del Todoglorioso.
¡Por Aquel que brilla en la Aurora de la Santidad! Los amigos de Dios jamás han puesto ni pondrán sus esperanzas en el mundo y sus bienes efímeros. El único Dios verdadero siempre ha considerado los corazones de los hombres como Suyos, de Su exclusiva propiedad —y ello también como expresión de Su misericordia sin par— para que quizá las almas mortales sean limpiadas y purificadas de cuanto pertenece al mundo del polvo y sean admitidas en los dominios de la eternidad. Pues por lo demás, ese Rey ideal es, en Sí mismo y por Sí mismo, suficiente para Sí mismo e independiente de todas las cosas. Ni el amor de Sus criaturas Le aprovecha, ni puede dañarle su malevolencia. Todos han provenido de moradas de polvo, y al polvo regresarán, en tanto que el único Dios verdadero, Él solo, está establecido en Su Trono, un Trono que sobrepasa los límites del tiempo y del espacio, que está más allá de toda mención o expresión, indicio, descripción y definición, y que está por encima de toda noción de humillación y gloria. Y nadie sabe esto salvo Él y quienes tienen el conocimiento del Libro. No hay otro Dios sino Él, el Todopoderoso, el Munífico.
Sin embargo, corresponde a la benevolencia del Soberano examinar todos los asuntos con el ojo de la justicia y la misericordia, y no contentarse con los infundios de ciertos individuos. Imploramos a Dios que, benévolamente, ayude al Rey a cumplir lo que a Dios Le place, y, ciertamente, lo que Él desea debería ser el deseo de todos los mundos.
Más adelante, convocaron a este Siervo a Constantinopla, adonde llegamos acompañados de un pobre grupo de exiliados. Posteriormente, en ningún momento procuramos reunirnos con nadie, puesto que no teníamos petición que formular y ningún objetivo en perspectiva, salvo demostrarles a todos que este Siervo no tenía intención de hacer ningún daño, ni jamás había tenido relación con los sembradores de sedición. ¡Por Aquel que ha hecho que las lenguas de todos los seres pronuncien Su alabanza! Al tiempo que ciertas consideraciones dificultaban recurrir a instancia alguna, hubo que dar esos pasos para proteger a algunas almas. Verdaderamente, Mi Señor sabe lo que hay en Mí, y da fe de la verdad de cuanto digo.
Un rey justo es la sombra de Dios en la tierra. Todos deberían buscar amparo a la sombra de su justicia y descansar bajo la protección de su favor. Este no es un asunto específico, o de alcance limitado, que pueda restringirse a una u otra persona, por cuanto la sombra habla de Quien la proyecta. Dios, glorificado sea Su recuerdo, Se ha llamado a Sí mismo el Señor de los mundos, pues ha sustentado y sigue sustentando a cada uno. Glorificada sea, entonces, Su gracia, que ha precedido a todas las cosas creadas, y Su misericordia, que ha sobrepasado los mundos.
Es claro y evidente que, ya sea esta Causa bien o mal vista por la gente, aquellos que están asociados con su nombre la han aceptado y abrazado como verdadera, y lo han abandonado todo en su ansia de participar de las cosas de Dios. El que muestren tal renuncia en el camino del amor del Todomisericordioso es en sí testigo fiel y testimonio elocuente de la verdad de sus convicciones. ¿Se ha presenciado alguna vez que una persona que esté en su sano juicio sacrifique la vida sin causa ni razón? Y si se sugiriera que esta gente ha perdido el juicio, ello es asimismo altamente improbable, por cuanto esa conducta no se ha limitado meramente a una o dos almas; antes bien, multitud de personas de todas las clases han bebido su porción de las aguas vivientes del conocimiento divino y, extasiadas, se han apresurado con alma y corazón en ir al campo del sacrificio en el camino del Bienamado.
Si estas almas, que han renunciado a todo menos a Dios por amor a Él y han ofrendado su vida y sus bienes en Su camino, han de considerarse falsas, entonces, en tu opinión ¿por qué prueba o testimonio puede establecerse la verdad de lo que afirman los demás? El difunto Ḥájí Siyyid Muḥammad –que Dios exalte su posición y lo sumerja en el océano de Su perdón y misericordia– era uno de los teólogos más eruditos de la época, y uno de los hombres más devotos y piadosos de su tiempo. Tan alta era la estima en que se le tenía que su alabanza estaba en boca de todos, y su rectitud y piedad eran reconocidas universalmente. No obstante, cuando estallaron las hostilidades con Rusia, aquel que había pronunciado el decreto de guerra santa, y que con una enseña blasonada había abandonado su tierra natal para manifestarse en apoyo de su fe, abandonó todo el bien que había perseguido y regresó al lugar de donde había venido, tras las incomodidades de un breve combate. ¡Ojalá se levantara el velo y se pusiera de manifiesto lo que hasta ahora ha permanecido oculto a los ojos de los hombres!
Durante más de veinte años estas gentes han estado sometidas día y noche a la furia de la ira del Soberano, y han sido dispersadas cada una a un lugar diferente por los tempestuosos huracanes de su desagrado. ¡Cuántos hijos han quedado sin padre, y cuántos padres han perdido a sus hijos! ¡Cuántas madres no se han atrevido, por miedo y temor, a guardar luto por sus vástagos sacrificados! ¡Cuán numerosos quienes al atardecer estaban en posesión de la máxima riqueza y opulencia y que, al llegar la mañana, habían caído en la mayor humillación y pobreza! No hay tierra cuyo suelo no se haya teñido con su sangre, ni punto del cielo al que no hayan ascendido sus suspiros. A lo largo de los años los dardos de la aflicción han llovido incesantemente desde las nubes del decreto de Dios, mas, pese a todas estas calamidades y tribulaciones, la llama del amor divino ha ardido tanto en sus corazones que, aunque sus cuerpos quedaran destrozados, no abandonarían su amor por Aquel que es el Bienamado de los mundos sino que acogerían de alma y corazón cuanto les sobreviniese en el camino de Dios.
¡Oh Rey! Las brisas de la gracia del Todomisericordioso han transformado a estos siervos y los han atraído a Su Santa Corte. «El testimonio de un verdadero amante está en su manga». No obstante, algunos de los eruditos de apariencia han inquietado el luminoso corazón del Rey de la Época en relación con esas almas que giran en torno al Tabernáculo del Todomisericordioso y que procuran alcanzar el Santuario del verdadero conocimiento. ¡Ojalá que el preclaro deseo de Su Majestad decretara que este Siervo fuera llevado a comparecer ante los teólogos de la época y aducir pruebas y testimonios en presencia de Su Majestad el Sháh! Este Siervo está preparado, y abriga la esperanza en Dios de que se convoque tal reunión para que la verdad del asunto quede clara y manifiesta ante Su Majestad el Sháh. Así pues, a ti te corresponde ordenar, y Yo estoy listo ante el trono de tu soberanía. Decide, pues, a favor o en contra de Mí.
El Todomisericordioso dice en el Corán, Su permanente testimonio para todos los pueblos del mundo: «Desead pues la muerte, si sois veraces». ¡Observa cómo ha declarado que el anhelo de la muerte es la piedra de toque de la sinceridad! Y, en el espejo luminoso de tu juicio, sin duda es claro y evidente qué gente ha optado, en este día, por ofrendar la vida en el sendero del Bienamado de los mundos. De hecho, si los libros que apoyan las creencias de esta gente se escribieran con la sangre derramada en el camino de Dios –exaltada sea Su gloria– incontables volúmenes habrían aparecido ya a la vista de todos los hombres.
¿Cómo –quisiéramos preguntar– es posible impugnar a estas personas cuyos actos concuerdan con sus palabras, y dar crédito en su lugar a quienes han rehusado renunciar a un ápice de su autoridad terrenal en el camino de Aquel que es el Libre? Algunos teólogos que han declarado infiel a este Siervo no han tenido ningún encuentro conmigo. Nunca Me han visto, ni han llegado a conocer Mi propósito y, no obstante, han hablado como les ha apetecido y han actuado como han deseado. Mas toda pretensión exige una prueba, no solo meras palabras ni muestras externas de piedad.
En este sentido, se citará en el idioma persa el texto de varios pasajes del Libro Oculto de Fátima –las bendiciones de Dios sean con ella– que son pertinentes a este tema, para que ciertas cuestiones que hasta la fecha han quedado ocultas sean reveladas ante ti. Los destinatarios del citado Libro, que hoy día se conoce como las Palabras Ocultas, son aquellos que, aunque exteriormente reconocidos por su saber y piedad, interiormente son esclavos del yo y de la pasión.
Él dice: ¡Oh necios con reputación de sabios! ¿Por qué os disfrazáis de pastores, cuando por dentro os habéis convertido en lobos al acecho de Mi rebaño? Sois como la estrella que asoma antes del alba y que, si bien parece radiante y luminosa, desvía a los caminantes de Mi ciudad hacia los senderos de la perdición.
E igualmente dice: ¡Oh gentes de noble apariencia pero viles por dentro! Sois como agua clara pero amarga, de apariencia pura y cristalina, que cuando la prueba el Catador divino no acepta de ella ni una gota siquiera. Es cierto, el rayo del sol cae por igual sobre el polvo y el espejo, pero la diferencia en su reflejo es como la de la estrella y la tierra. Más aún, ¡incalculable es la diferencia!
Y también dice: ¡Oh esencia del deseo! Muchos días, al amanecer, he bajado a tu morada desde los dominios de Quien no ocupa lugar, y te he hallado en el lecho de la holganza ocupado con otros en lugar de conmigo. En seguida, cual relámpago del espíritu, regresé a los dominios de gloria celestial y, en Mis retiros de lo alto, no se lo mencioné a las huestes de la santidad.
Y, de nuevo, dice: ¡Oh esclavo del mundo! Muchos días, al amanecer, sopló sobre ti la brisa de Mi tierna bondad y te encontró dormido en el lecho de la negligencia. Lamentando así tu condición, regresó al lugar de donde venía.
Por tanto, en el ejercicio de la justicia real no basta con prestar oído tan solo al demandante. Dios dice en el Corán, infalible Balanza que distingue la verdad de la falsedad: «¡Oh vosotros que creéis! Si un malvado os viene con noticias, aclaradlo al momento, no sea que perjudiquéis a otros por ignorancia y después os arrepintáis de lo cometido». Además, las santas Tradiciones contienen la siguiente amonestación: «No creáis al chismoso». Algunos teólogos, que no Nos han visto jamás, han malinterpretado la naturaleza de Nuestra Causa. Sin embargo, quienes se han encontrado con Nos testifican que este Siervo no ha hablado sino de acuerdo con lo que Dios ha ordenado en el Libro, y que ha llamado la atención al siguiente versículo bendito, exaltada sea Su Palabra: «¿Acaso no nos desautorizáis meramente porque creemos en Dios, y en lo que Él nos ha enviado, y en lo que ha enviado en el pasado?»
¡Oh Rey de la época! Los ojos de estos refugiados están vueltos hacia la misericordia del Más Misericordioso y fijos en ella. No cabe duda alguna de que estas tribulaciones vendrán seguidas de la profusión de una misericordia suprema, y que a estas terribles adversidades les sucederá una rebosante prosperidad. Sin embargo, quisiéramos confiar en que Su Majestad el Sháh examinará por sí mismo estos asuntos y traerá esperanza a los corazones. Lo que hemos presentado a tu consideración redunda ciertamente en tu mayor bien. Y Dios, en verdad, Me basta como testigo.
¡Glorificado eres, oh Señor Mi Dios! Atestiguo que el corazón del Rey se encuentra ciertamente entre los dedos de Tu poder. Si es Tu deseo, inclínalo, oh Mi Dios, hacia la caridad y la misericordia. Tú eres, ciertamente, el Todopoderoso, el Muy Excelso, el Más Munífico. No hay otro Dios fuera de Ti, el Todoglorioso, Aquel Cuya ayuda todos ansían.
Acerca de los requisitos de los doctos, dice Él: «Incumbe a la generalidad de las personas seguir el ejemplo de quienquiera de entre los doctos que cuide de sí mismo, defienda su fe, combata sus deseos y obedezca el mandato de su Señor...». Si el Rey de la Época reflexionara sobre este pronunciamiento que ha brotado de la lengua de Aquel que es el Amanecer de la Revelación del Todomisericordioso, percibiría que quienes han sido adornados con los atributos enumerados en esta santa Tradición son más escasos que la piedra filosofal; por tanto, no todo hombre que alegue conocimiento merece que se le crea.
Asimismo, en cuanto a los teólogos de los últimos Días, Él dice: «Los doctos religiosos de esa época serán los teólogos más perversos bajo la sombra del cielo. De ellos ha procedido la malicia, y a ellos regresará». Y asimismo dice: «Cuando se ponga de manifiesto el Estandarte de la Verdad, las gentes de Oriente y de Occidente lo maldecirán». Si alguien cuestiona estas Tradiciones, este Siervo se ocupará de probar su validez, puesto que los detalles de su transmisión han sido omitidos aquí por motivos de brevedad.
Aquellos doctos que en verdad han bebido del cáliz de la renuncia nunca han interferido con este Siervo. Así, por ejemplo, Shaykh Murtaḍá –que Dios exalte su posición y haga que repose bajo el dosel de Su gracia– mostró amabilidad durante Nuestra estancia en Iráq y nunca habló de esta Causa de otro modo que no fuera como Dios ha permitido. Imploramos a Dios que ayude benévolamente a todos a cumplir Su voluntad y deseo.
Sin embargo, ahora todos han perdido de vista cualquier otra consideración, y están empeñados en perseguir a este pueblo. Así, si se preguntara a algunas personas que, por la gracia de su Señor, reposan a la sombra de tu real misericordia y disfrutan de incontables favores «¿qué servicio habéis prestado a cambio de esos favores regios?, ¿acaso mediante una sabia política habéis anexado algún territorio más al reino?, ¿os habéis dedicado a algo que garantice el bienestar de la población, la prosperidad del reino y la gloria perdurable del estado?», no tendrían otra respuesta que señalar, justa o falsamente, a un grupo de personas como bábíes ante tu real presencia y a continuación entregarse a la matanza y al saqueo. En Tabríz, por ejemplo, y en la ciudad egipcia de Manṣúríyyih, se pidió un rescate por varios miembros de esta comunidad y se sustrajeron grandes sumas de dinero, pese a lo cual jamás se ha hecho referencia a estos asuntos ante ti.
La razón por la que han sucedido todas estas cosas es que sus perseguidores, al encontrar desprotegidos a esos desdichados, han dejado de atender asuntos más importantes para dedicarse en su lugar a hostigar a este pueblo afligido. Numerosas confesiones y credos diversos coexisten pacíficamente a la sombra de tu soberanía. Deja que este pueblo se cuente también entre ellos. Es más, quienes sirven al Rey deberían estar animados por miras tan elevadas e intenciones tan sublimes como para esforzarse de continuo por reunir a todas las religiones al abrigo de su sombra, y reinar sobre ellas con perfecta justicia.
Imponer las leyes de Dios no es sino justicia, y constituye la fuente del contento universal. Es más, las leyes divinas siempre han sido y seguirán siendo la causa y el instrumento de la preservación de la humanidad, tal como lo atestiguan Sus exaltadas palabras: «¡En el castigo encontraréis la vida, oh gentes dotadas de perspicacia!» Sin embargo, mal se avendría con tu justicia que por la transgresión de una sola alma todo un grupo se viera sometido al azote de tu ira. El único Dios verdadero –glorificado sea Su Nombre– ha dicho: «Nadie ha de soportar la carga de otro». Es claro y evidente que en toda comunidad ha habido y siempre habrá doctos e ignorantes, sabios y desatentos, libertinos y piadosos. El que un alma sabia y reflexiva cometa un acto odioso es sumamente improbable, por cuanto tal persona o bien va en procura de este mundo o bien lo ha abandonado; si fuera de quienes lo han abandonado, sin duda no tendría consideración por otra cosa salvo Dios y, además, el temor a Dios le impediría cometer actos ilícitos o reprobables; y si fuera de quienes van en procura de este mundo, sin duda evitaría cometer actos que enemistasen y alarmasen a la gente, y actuaría de modo que se ganara su confianza y aceptación. Por tanto, es evidente que los actos reprensibles siempre han emanado y siempre emanarán de almas necias e ignorantes. Imploramos a Dios que guarde a Sus siervos de volverse hacia nadie salvo Él, y los atraiga a Su presencia. En verdad, Su poder supera todas las cosas.
¡Alabanzas a Ti, oh Señor Mi Dios! ¡Tú oyes la voz de Mi lamento, y ves Mi condición, Mi desgracia y aflicción! Tú sabes todo lo que hay en Mí. Si el llamamiento que he formulado es totalmente por Tu amor, acerca entonces los corazones de Tus criaturas al cielo de Tu conocimiento, y acerca también el corazón del Soberano a la derecha del trono de Tu nombre, el Todomisericordioso. Provéele entonces, oh Mi Dios, de una porción de ese generoso sustento que ha descendido del cielo de Tu generosidad y de las nubes de Tu misericordia, para que abandone todo cuanto posee y se vuelva hacia la corte de Tu favor. Socórrelo, oh Mi Dios, para que ayude a Tu Causa y enaltezca Tu Palabra entre Tus criaturas. Fortalécelo, entonces, con las huestes de lo visible y de lo invisible, para que subyugue a todas las ciudades en Tu Nombre y, mediante Tu soberanía y poder, domine a todos los que moran en la tierra, ¡oh Tú, en Cuyas manos está el reino de la creación! Tú, en verdad, eres el Ordenador Supremo tanto en el principio como en el fin. No hay otro Dios salvo Tú, el Más Poderoso, el Todoglorioso, el Omnisapiente.
Tan burdamente han tergiversado Nuestra Causa ante tu real presencia que si uno solo de los miembros de esta comunidad comete un acto impropio, lo presentan como algo instigado por sus creencias. ¡Por Aquel fuera de Quien no hay otro Dios! Este Siervo Se ha negado a autorizar la comisión de actos reprobables, cuanto más la de aquellos que se han prohibido explícitamente en el Libro de Dios.
Dios ha prohibido el consumo del vino, y esta prohibición ha sido revelada y consignada en Su Libro. Pese a ello, y al hecho de que los doctos eruditos de la época –que Dios acreciente su número– han prohibido a la gente tan abominable acto, todavía hay algunos que lo cometen. Con todo, el castigo que semejante acto acarrea concierne tan solo a sus desatentos autores, en tanto que esas nobles manifestaciones de suprema santidad permanecen por encima y exentas de toda culpa. En efecto, la creación entera, tanto visible como invisible, da testimonio de su santidad.
Es más, estos siervos consideran al único Dios verdadero como Aquel que «hace Su voluntad» y «ordena lo que desea». En consecuencia, no ven imposible la aparición continua de las Manifestaciones de Su Unidad en el mundo contingente. Si alguien sostuviese lo contrario, ¿cómo se diferenciaría de quienes creen que la mano de Dios está «encadenada»? Y si se considera que el único Dios verdadero –glorificada sea Su mención– es en efecto libre para elegir, entonces cualquier Causa que ese Antiguo Rey tenga a bien revelar del manantial de Su Mandato deberá ser abrazada por todos. No hay refugio para nadie ni lugar seguro al cual acudir salvo Dios; y no hay protección para alma alguna ni abrigo que buscar excepto en Él.
El requisito esencial para quien presente una demanda es respaldar sus aseveraciones con pruebas y testimonios claros. Aparte de ello, el rechazo de la gente, ya sea erudita o ignorante, nunca ha tenido ni tendrá importancia alguna. Los Profetas de Dios, esas Perlas del océano de la Unidad Divina y Depositarios de la Revelación Divina, han sido siempre objeto del repudio y rechazo de los hombres. Tal como dice Él: «Cada nación ha maquinado maliciosamente contra su Mensajero para someterlo con violencia, y ha disputado con palabras vanas para invalidar la verdad». Y también: «No llega a ellos ningún Mensajero sin que Lo conviertan en objeto de sus burlas».
Considera la Dispensación de Aquel que es el Sello de los Profetas y el Rey de los Escogidos, ¡que las almas de toda la humanidad sean ofrendadas por Su amor! Después de que el Sol de la Verdad apareciera en el horizonte de Ḥijáz, ¡cuán grandes fueron las crueldades que los exponentes del error infligieron a esa incomparable Manifestación del Todoglorioso! Tan grande era su negligencia que consideraban cualquier herida causada a ese Ser sagrado como una de las mejores acciones y un medio de llegar a Dios, el Altísimo. Pues en los primeros años de Su misión los teólogos de esa época, tanto cristianos como judíos, se apartaron de ese Sol del cielo de la gloria, y en consecuencia todas las gentes, grandes y humildes por igual, se aprestaron a extinguir la luz de ese Astro del horizonte de los significados íntimos. Los nombres de todos esos teólogos han sido mencionados en los libros de antaño; entre ellos figuran Wahb ibn-i-Ráhib, Ka‘b ibn-i-Ashraf, ‘Abdu'lláh-i-Ubayy y otros similares a ellos.
Finalmente, las cosas llegaron a tal punto que esos hombres consultaron entre sí y conspiraron para derramar Su sangre pura, tal como dice Dios, ¡glorificada sea Su mención!: «Y recuerda cuando los incrédulos intrigaron contra Ti, al objeto de apresarte o darte muerte o expulsarte; y así intrigaron, y Dios intrigó, y Dios, en verdad, es el mejor de los intrigantes». Asimismo Él dice: «Pero si su oposición Te resulta penosa, busca, si puedes, una abertura en la tierra o tiende una escalera al cielo y tráeles una señal; sin embargo, si Dios lo desease, podría reunirlos en la verdadera guía; no seas, pues, de los ignorantes». ¡Por Dios! El corazón de Sus predilectos se consume por el significado de estos dos benditos versículos. Esos hechos establecidos e indisputables han sido olvidados, y nadie se ha detenido a reflexionar, ni en el pasado ni en el presente, sobre las cosas que han impulsado a los hombres a apartarse de los Reveladores de la luz de Dios a la hora de su manifestación.
Asimismo, antes de la aparición del Sello de los Profetas, considera a Jesús, Hijo de María. Cuando esa Manifestación del Todomisericordioso Se reveló, todos los teólogos acusaron de impío y rebelde a aquella Quintaesencia de la fe. Al final, con la sanción de Anás, el teólogo más docto de la época, y de Caifás, el gran sacerdote, Su bendita persona hubo de sufrir lo que la pluma se avergüenza de mencionar y es incapaz de describir. El gran mundo con toda su inmensidad no podía ya contenerlo, hasta que Dios Lo elevó al cielo.
Si hubiera que darse aquí una relación detallada de todos los Profetas, tememos que ello llevaría al cansancio. Los doctos de la Tora afirman en concreto que ningún Profeta independiente ha de venir con una nueva Ley después de Moisés. Sostienen que se manifestará un Vástago de la Casa de David, Quien promulgará la Ley de la Tora y ayudará a establecer y hacer cumplir sus mandamientos por todo Oriente y Occidente.
Los seguidores del Evangelio sostienen, igualmente, que es imposible que resplandezca de nuevo el Portador de una nueva Revelación en la aurora de la Voluntad de Dios después de Jesús, Hijo de María; ¡que la paz sea con Él! En apoyo de este argumento aducen el siguiente versículo del Evangelio: «El cielo y la tierra pasarán, mas las palabras del Hijo del Hombre nunca pasarán». Sostienen que ni las enseñanzas ni los mandamientos de Jesús –la paz sea con Él– podrán alterarse jamás.
En cierto pasaje del Evangelio, Él dice: «Voy y vuelvo de nuevo». Asimismo, en el Evangelio de Juan, predijo el advenimiento de un Consolador quien habría de venir después de Él. Además, en el Evangelio de Lucas se mencionan varios signos y portentos. Sin embargo, algunos teólogos de esa Fe han interpretado estas expresiones de acuerdo con sus propias fantasías, y así no han llegado a comprender su verdadero significado.
Ojalá Me permitieras, oh Sháh, enviarte lo que alegraría los ojos, y tranquilizaría las almas, y convencería a toda persona justa de que Él posee el conocimiento del Libro. Ciertas personas, incapaces de responder a las objeciones puestas por sus oponentes, afirman que la Tora y el Evangelio han sido corrompidos, cuando en realidad las referencias a tal corrupción conciernen solo a casos muy específicos. De no ser por el repudio de los necios y la connivencia de los teólogos, habría pronunciado un discurso que habría conmovido los corazones y los habría transportado a un dominio en el murmullo de cuyas brisas se oye: «¡No hay otro Dios sino Él!» Ahora, sin embargo, puesto que todavía no ha llegado el momento, la lengua de Mi expresión ha sido acallada y el vino de la exposición está sellado hasta la hora en que a Dios Le complazca destaparlo mediante la fuerza de Su poder. En verdad, Él es el Todopoderoso, el Más Potente.
¡Alabado seas, oh Señor Mi Dios! Te pido por Tu Nombre, mediante el cual has sometido a todos los que están en los cielos y todos los que están en la tierra, que protejas la lámpara de Tu Causa dentro del globo de Tu omnipotencia y Tu generoso favor, para que no quede expuesta a las ráfagas del rechazo de aquellos que permanecen desatentos a los misterios de Tu nombre, el Libre. Aumenta, pues, con el aceite de Tu sabiduría, el brillo de su luz. Ciertamente, Tú tienes poder sobre todos los moradores de Tu tierra y de Tu cielo.
Te imploro, oh Mi Señor, por esa exaltadísima Palabra que ha provocado terror en los corazones de todos los que están en los cielos y en la tierra, salvo aquellos que se han asido tenazmente de Tu Firme Asidero, que no Me abandones entre Tus criaturas. Elévame, entonces, hacia Ti, haz que Me cobije a la sombra de Tu misericordia y dame a beber del vino puro de Tu providencia, para que habite dentro del tabernáculo de Tu majestad y bajo el dosel de Tu favor. Potente eres Tú para hacer lo que Te place. En verdad, Tú eres Quien ayuda en el peligro, Quien subsiste por Sí mismo.
¡Oh Rey! Las lámparas de la equidad han sido extinguidas, y el fuego de la tiranía ha ardido de tal modo por todos lados que Mis gentes han sido llevadas cautivas desde Zawrá' hasta Mosul, conocida cómo Ḥadbá'. No es este el primer atropello sufrido en el camino de Dios. Incumbe a toda alma considerar y rememorar lo que le aconteció a la familia del Profeta cuando el pueblo los hizo cautivos y los trajo a Damasco, conocida por Fayḥá'. Entre ellos se encontraba el príncipe de los que adoran a Dios, el sostén de quienes se han acercado a Él y el santuario de quienes anhelan Su presencia; ¡que la vida de todo lo demás sea sacrificada por él!
Se les preguntó: «¿Sois del grupo de los disidentes?» Él repuso: «No, por el Señor Todopoderoso. No somos sino siervos que han creído en Dios y en Sus versículos. Por medio de nosotros el rostro de la fe se ha iluminado de alegría. Por medio de nosotros ha resplandecido la señal del Todomisericordioso. Ante la mención de nuestros nombres el desierto de Baṭḥá se ha desbordado de agua y se ha despejado la tiniebla que separaba la tierra del cielo».
«¿Habéis prohibido», se les preguntó, «lo que Dios ha hecho lícito, o permitido lo que Él ha prohibido?» «Fuimos los primeros en seguir los mandamientos divinos», respondió. «Somos la raíz y el origen de Su Causa, el principio de todo bien y su final. Somos la señal del Anciano de Días y la fuente de Su recuerdo entre las naciones».
Se les preguntó: «¿Habéis abandonado el Corán?» «En nuestra Casa», respondió, «lo reveló el Todomisericordioso. Somos las brisas del Todoglorioso en medio de Su creación. Somos las corrientes que han dimanado del Grandísimo Océano, mediante las cuales Dios ha hecho revivir la tierra y a través de las cuales la hará revivir de nuevo después de que haya muerto. Mediante nosotros se han difundido Sus signos, se han revelado Sus pruebas y se han descubierto Sus señales. En nuestro poder se encuentra el conocimiento de Sus significados ocultos y de Sus misterios jamás revelados».
«¿Por qué crimen se os ha castigado?», se les preguntó. «Por nuestro amor a Dios», fue su respuesta, «y por nuestro desprendimiento de todo salvo Él».
No hemos citado sus palabras exactas ̶la paz sea con él ̶ sino más bien hemos esparcido unas gotas de ese océano de vida eterna atesorado dentro de ellas, para que quienes respondan a las mismas sean vivificados y tomen conciencia de lo que les ha acaecido a quienes son dignos de la confianza de Dios a manos de una generación perdida y díscola. Vemos en este día a las gentes que censuran a los opresores de épocas pasadas, en tanto que ellas mismas cometen agravios aun mayores, y no lo saben.
Pongo a Dios por testigo de que no ha sido Mi intención fomentar la sedición, sino purificar a Sus siervos de cuanto les haya impedido acercarse a Él, el Señor del Día del Juicio. Dormía en Mi lecho cuando he aquí que soplaron sobre Mí las brisas de Mi Señor, el Todomisericordioso, Me despertaron de Mi sueño y Me ordenaron que elevase la voz entre la tierra y el cielo. Esto no procede de Mí, sino de Dios. De ello dan fe los habitantes de Su Dominio y de Su Reino, y los moradores de las ciudades de Su gloria inmarchitable. ¡Por Aquel que es la Verdad! No temo tribulación alguna en Su camino, ni aflicción alguna en Mi amor por Él y en el sendero de Su complacencia. Verdaderamente, Dios ha hecho de la adversidad un rocío que humedece Sus verdes prados y una mecha para Su lámpara que ilumina la tierra y el cielo.
¿Acaso durarán para siempre las riquezas de una persona, o la protegerán contra Aquel que, en breve, la tomará de los cabellos? Mirando a los que duermen bajo las lápidas envueltas por el polvo, ¿podría alguien distinguir entre la calavera descompuesta del monarca y los huesos enmohecidos de un súbdito? ¡No, por Aquel Que es el Rey de reyes! ¿Podría alguien distinguir al señor del vasallo, o a aquellos que disfrutaban de riquezas y opulencia de quienes no poseían ni calzado ni esterilla? ¡Por Dios! Toda distinción se ha borrado, salvo para quienes defendieron el bien y quienes gobernaron con justicia.
¿Adónde han ido los eruditos, los teólogos y los potentados de antaño? ¿Qué ha sido de sus sagaces opiniones, su aguda visión, su perspicaz entendimiento y sus sabios pronunciamientos? ¿Dónde están sus cofres ocultos, sus ornamentos ostentosos, sus lechos dorados, sus alfombras y cojines esparcidos por doquier? ¡Desaparecida para siempre está su generación! Todos han perecido y, por el decreto de Dios, nada queda de ellos salvo polvo desperdigado. Agotada está la riqueza que amasaron, dispersas las provisiones que acapararon, disipados los tesoros que ocultaron. Nada puede verse ahora salvo sus lugares predilectos desiertos, sus moradas sin techo, los troncos de sus árboles arrancados de raíz y su esplendor desvanecido. Ningún hombre perspicaz dejará que la riqueza le desvíe la mirada de su objetivo último y ningún hombre de entendimiento permitirá que las posesiones le impidan volverse hacia Aquel que todo lo posee, el Altísimo.
¿Dónde está aquel que imperaba sobre todo lo que alumbra el sol, que vivía con derroche en la tierra y que iba tras los lujos del mundo y de todo cuanto ha sido creado en él? ¿Dónde está el comandante de la legión árabe y el alférez de la enseña dorada? ¿Dónde está el gobernante de Zawrá', y dónde, el tirano de Fayḥá'? ¿Dónde están aquellos ante cuya munificencia los erarios de la tierra palidecían de vergüenza, y ante cuya liberalidad y empuje el mismísimo océano se sentía pequeño? ¿Dónde está aquel que extendió el brazo en rebelión, y que volvió la mano contra el Todomisericordioso?
¿Dónde están los que fueron en pos de placeres terrenales y de los frutos de los deseos carnales? ¿Adónde han huido sus bellas y agraciadas mujeres? ¿Dónde están sus ramas bamboleantes, sus tallos entrelazados, sus grandiosas mansiones, sus pérgolas ajardinadas? ¿Y qué ha sido de las delicias de esos jardines, de sus exquisitos parajes y sus brisas apacibles, del murmullo de sus arroyos, el susurro de su aire, el arrullo de sus palomas y el sonido de sus hojas? ¿Dónde están ahora sus claras alboradas y sus radiantes figuras sonrientes? ¡Lástima de ellos! Todos han perecido y han ido a descansar bajo una bóveda de polvo. No se oye ni su nombre ni su mención; nadie sabe de sus asuntos, y no queda rastro de ellos.
¿Acaso van a cuestionar las gentes aquello de lo que ellos mismos son testigos? ¿Van a negar lo que saben que es verdadero? ¡No sé por qué desierto deambulan! ¿No ven acaso que han emprendido un viaje del que no han de volver? ¿Hasta cuándo han de vagar de la montaña al valle, de la hondonada a la colina? «¿No ha llegado la hora de que el corazón de los que creen sienta humildad ante la mención de Dios?» Bendito es quien ha dicho o que ahora diga: «¡Sí, por mi Señor! ¡Ha llegado el momento y ha sonado la hora!»; y a partir de ahí se desprenda de todo lo que ha habido y se entregue por entero a Aquel que es el Poseedor del universo y el Señor de toda la creación.
Y, sin embargo, ¿qué podríamos esperar? Pues no se cosecha más que lo sembrado, y no se recoge nada que no se haya depositado, a menos que sea por la gracia y munificencia del Señor. ¿Acaso la matriz del mundo ha concebido ya a alguien a quien los velos de la gloria no le impidan ascender al Reino de su Señor, el Todoglorioso, el Altísimo? ¿Está ya en nosotros el llevar a cabo acciones que disipen nuestras aflicciones y nos acerquen a Aquel que es la Causa de las causas? Suplicamos a Dios que nos trate de acuerdo con Su generosidad, y no según Su justicia, y permita que nos contemos entre quienes han vuelto el rostro hacia su Señor y se han desprendido de todo lo demás.
¡Oh Sháh! He visto en el camino de Dios lo que ningún ojo ha visto ni oído alguno ha percibido. Mis conocidos Me han repudiado y Mis caminos se han vuelto angostos. La fuente del bienestar se ha secado, y el cenador de la holgura se ha marchitado. ¡Cuántas tribulaciones han llovido, y pronto habrán de llover, sobre Mí! Avanzo con el rostro dirigido hacia Aquel que es el Todopoderoso, el Todogeneroso, mientras tras de Mí se desliza la serpiente. Las lágrimas que han llovido de Mis ojos han inundado Mi lecho.
Aun así, no me apeno por Mí mismo. ¡Por Dios! Mi cabeza anhela la lanza en su amor por su Señor. Nunca he pasado junto a un árbol sin que Mi corazón le dijera: «¡Ojalá fueses talado en Mi nombre, y Mi cuerpo fuera crucificado sobre ti en el camino de Mi Señor!»; pues veo a la gente vagando, distraída e inconsciente en su ebrio estupor. Han alzado sus pasiones y han rebajado a su Dios. Es como si hiciesen burla de Su Causa y la consideraran un juego o pasatiempo, creyendo en todo momento que obran bien y que viven a salvo en la ciudadela de la seguridad. Sin embargo, las cosas no son como ingenuamente se imaginan: ¡mañana verán lo que hoy día suelen negar!
Dentro de poco, los exponentes de la riqueza y el poder Nos desterrarán de la tierra de Adrianópolis a la ciudad de ‘Akká. Según dicen, es la ciudad más desolada del mundo, la de aspecto más desagradable, la de clima más detestable y la de aguas más insalubres. Parece que fuera la metrópolis de las lechuzas, en cuyo interior nada puede oírse salvo el eco de su graznido. Allí han resuelto encarcelar a este Joven, cerrarnos de frente las puertas de la holgura y la comodidad, y privarnos de todo bien terrenal por el resto de nuestros días.
¡Por Dios! Aunque Me derribe el cansancio y Me consuma el hambre, y la roca desnuda sea Mi lecho, y las bestias del campo Mis compañeras, no me quejaré, sino que soportaré con paciencia como han soportado pacientemente los que están dotados de constancia y firmeza, mediante el poder de Dios, el Rey Eterno y Creador de las naciones, y a Dios daré gracias bajo todas las condiciones. Oramos para que, mediante Su munificencia –exaltado sea Él– libere los cuellos de los hombres de cadenas y grillos por medio de este encarcelamiento, y haga que se vuelvan con rostros sinceros hacia Su faz, la de Aquel que es el Potente, el Munífico. Dispuesto está Él a responder a quien Le llame, y cerca está de los que gozan de comunión con Él. Rogamos, además, que haga de esta lúgubre tribulación un escudo para el Templo de Su Causa, y lo proteja del asalto de espadas afiladas y dagas puntiagudas. La adversidad siempre ha dado origen a la exaltación de Su Causa y la glorificación de Su Nombre. Tal ha sido el método de Dios llevado a efecto en siglos y épocas pasadas. Lo que las gentes ahora no aciertan a comprender pronto lo descubrirán, en ese día en que sus corceles tropiecen, se replieguen sus adornos, se vuelvan romas sus espadas y sus pies flaqueen.
¡No sé hasta cuándo seguirán espoleando el corcel del yo y de la pasión, internándose en los yermos del error y la negligencia! ¿Acaso perdurarán la pompa del poderoso o la desdicha de los humillados? ¿Vivirá por siempre el que reposa en el trono más excelso de la gloria, el que ha alcanzado la cumbre de la fama y el poderío? ¡No, por Mi Señor, el Todomisericordioso! Todo cuanto hay en la tierra pasará, y solo quedará el rostro de Mi Señor, el Gloriosísimo, el Munífico.
¿Qué armadura no ha sido atravesada por la flecha de la destrucción, y qué frente regia no ha sido descoronada por la mano del Destino? ¿Qué fortaleza ha resistido el avance del Mensajero de la Muerte? ¿Qué trono no ha sido destrozado, qué palacio no ha sido reducido a escombros? Si tan solo la gente probase el Vino selecto de la misericordia de su Señor, el Todopoderoso, el Omnisciente, que les está reservado en el otro mundo, sin duda cesarían en su censura y únicamente procurarían ganarse la complacencia de este Joven. Por ahora, sin embargo, Me han ocultado tras un velo de oscuridad, cuyo material han tejido con las manos de la ociosa fantasía y la vana imaginación. Dentro de poco, la nívea mano de Dios hará una hendidura a través de la oscuridad de esta noche y abrirá un magnífico acceso a Su Ciudad. En ese Día entrará la gente en tropas, pronunciando lo que los amonestadores de antaño exclamaron: que al final se pondrá de manifiesto lo que apareció en el comienzo.
¿Es su deseo aguardar aquí cuando ya tienen un pie en el estribo? ¿Acaso esperan regresar, una vez que ya se hayan ido? ¡No, por Aquel que es el Señor de Señores! Excepto en el Día del Juicio, Día en que las gentes saldrán de sus tumbas y se les preguntará por su legado. Bienaventurado aquel a quien no le abrumen sus cargas en ese Día, Día en que las montañas dejarán de existir y todos se congregarán para ser interrogados en presencia de Dios, el Más Exaltado. ¡En verdad, severo es Él en el castigo!
Suplicamos a Dios que purifique los corazones de ciertos teólogos del rencor y de la enemistad, para que miren los asuntos con ojos que no estén nublados por el desprecio. Quiera Él encumbrarlos hasta una posición tan excelsa que ni las atracciones del mundo ni la fascinación del poder les hagan apartar la vista del Supremo Horizonte, y que ni los beneficios del mundo ni los deseos carnales les impidan alcanzar el Día en que las montañas quedarán reducidas a polvo. Aunque ahora se regocijan de la adversidad que Nos ha sobrevenido, pronto llegará el día en que se lamentarán y llorarán. ¡Por Mi Señor! Si Me dieran a elegir entre, por un lado, la riqueza y la opulencia, la holgura y la comodidad, el honor y la gloria de que disfrutan y, por el otro, las adversidades y pruebas que son Mías, sin vacilar escogería Mi condición actual y me negaría a cambiar un solo átomo de estas dificultades por todo lo que ha sido creado en el mundo del ser.
Si no fuera por las tribulaciones que Me han afligido en el camino de Dios, la vida no habría tenido dulzura para Mí, y de nada Me habría valido Mi existencia. Para aquellos que están dotados de discernimiento y cuyos ojos están fijos en la Sublime Visión, no es ningún secreto que durante la mayoría de los días de Mi vida he estado cual esclavo sentado bajo una espada pendiente de un hilo, sin saber si tarde o temprano caería sobre él. Y, a pesar de todo ello, damos gracias a Dios, el Señor de los mundos, y Lo alabamos en todo momento y en toda condición. Él, en verdad, es testigo de todas las cosas.
Imploramos a Dios que extienda ampliamente Su sombra para que los verdaderos creyentes acudan presurosos a ella, y Sus amantes sinceros busquen en ella abrigo. Quiera Él conferir flores de los prados de Su gracia y estrellas del horizonte de Su providencia a las almas. Pedimos a Dios, además, que ayude benignamente al Rey a hacer Su voluntad y deseo, y le confirme en aquello que le ha de acercar a la Aurora de los muy excelentes nombres de Dios, para que no permita la injusticia que está presenciando, mire a sus súbditos con ojo bondadoso y los proteja de la opresión. Asimismo, imploramos a Dios ―exaltado sea Él― que reúna a toda la humanidad en torno al Golfo del Grandísimo Océano, cada una de cuyas gotas proclama que Él es el Heraldo de la alegría del mundo y el Vivificador de todos sus pueblos. ¡Alabado sea Dios, Señor del Día del Juicio!
Y, finalmente, suplicamos a Dios ―ensalzada sea Su gloria― que te permita ayudar a Su Fe y volverte hacia Su justicia, a fin de que juzgues entre el pueblo tal como juzgarías entre los de tu propio linaje, y elijas para ellos lo que eliges para ti mismo. En verdad, Él es el Omnipotente, el Más Excelso, Quien ayuda en el peligro, Quien subsiste por Sí mismo.
☙
Así hemos construido el Templo con las manos de la fuerza y del poder, si tan solo lo supierais. Este es el Templo que os fue prometido en el Libro. Acercaos a él. Esto es lo que os aprovecha, si tan solo lo comprendieseis. ¡Sed justos, oh pueblos de la tierra! ¿Qué es preferible? ¿Este, o un templo construido de arcilla? Dirigid vuestros rostros hacia él. Así os lo ha ordenado Dios, Quien ayuda en el peligro, Quien subsiste por Sí mismo. Seguid Su mandato, y alabad a Dios, vuestro Señor, por lo que os ha conferido. Él, ciertamente, es la Verdad. No hay otro Dios sino Él. Él revela lo que Le place, mediante Sus palabras «Sé, y es».
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