¡Oh tú, cuyo corazón rebosa con el amor del Señor! Me dirijo a ti, desde este consagrado lugar, para alegrar tu pecho con mi epístola para ti, pues ésta es una carta tal que hace alzar el vuelo hacia las cumbres de la bienaventuranza al corazón de quien cree en la unicidad de Dios.
Agradece a Dios por haberte permitido entrar en Su Reino de poder. Dentro de poco descenderán sobre ti las dádivas de tu Señor, sucediéndose unas a otras, y Él hará de ti un signo para todo buscador de la verdad.
Aférrate firmemente a la Alianza de tu Señor y, a medida que transcurran los días, aumenta Tus reservas de amor para con Sus amados. Inclínate con ternura ante los servidores del Todomisericordioso, para que ices la vela del amor sobre el arca de la paz que surca los mares de la vida. Que nada te apene y no te enfades con nadie. Te corresponde estar contento con la Voluntad de Dios y ser un verdadero amigo, amoroso y leal, para todos los pueblos de la tierra, sin excepción alguna. Ésta es la cualidad de los sinceros, el carácter de los santos, el emblema de aquellos que creen en la unidad de Dios y el atuendo del pueblo de Bahá.
Agradece y glorifica al Señor, pues Él te ha permitido ofrecerle el Derecho de Dios. Esto es, ciertamente, un favor especial para ti de Su parte; alábale, entonces, por este mandamiento que está establecido en las Escrituras de tu Señor, Aquel que es el Anciano de Días.
Él, en verdad, es el Amoroso, el Afectuoso, el Eterno Dador.
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