Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
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La alabanza sea para Aquel que ha hendido la oscuridad, ha eliminado la noche, ha apartado las envolturas y rasgado los velos, Cuya luz entonces resplandeció, Cuyos signos y señales fueron esparcidos por doquier y Cuyos misterios fueron puestos al descubierto. Luego se abrieron Sus nubes y colmaron la tierra con Sus mercedes y Sus dádivas, y refrescaron todas las cosas con la lluvia, e hicieron que brotara el nuevo verdor del conocimiento y los jacintos de la certeza, y que temblaran y se estremecieran de júbilo, hasta que el mundo entero fue perfumado por la fragancia de Su santidad.
Salutaciones y alabanzas, bendiciones y gloria sean para aquellas realidades divinas, aquellas sagradas anémonas que han emanado de esta suprema dádiva, de esta inundante gracia que ha rugido como un estruendoso mar de dones y mercedes, que lanza sus olas al alto cielo.
¡Oh Dios, mi Dios! Alabado seas por haber encendido el fuego del amor divino en el Árbol Santo que se encuentra en la cima del monte más elevado; ese Árbol que «no es del Oriente ni del Occidente», ese fuego que ardió hasta que su llama se remontó hacia el Concurso de lo alto, y de él esas realidades captaron la luz de la guía y exclamaron: «Verdaderamente, hemos percibido un fuego en la ladera del Monte Sinaí».
¡Oh Dios, mi Dios! Aviva este fuego día tras día, hasta que su estruendo ponga en movimiento a toda la tierra. ¡Oh mi Señor! Enciende la llama de Tu amor en todos los corazones, infunde en las almas el espíritu de Tu conocimiento, alegra los pechos con los versículos de Tu unicidad. Llama a la vida a los que habitan en sus tumbas, amonesta a los orgullosos, haz feliz al mundo entero, haz descender Tus aguas cristalinas y, en la asamblea de esplendores manifiestos, haz pasar esa copa que ha sido «templada en la fuente del alcanfor».
Verdaderamente, Tú eres el Donador, el Perdonador, el Eterno Conferidor. Verdaderamente, Tú eres el Misericordioso, el Compasivo.
¡Oh amados de Dios! La copa de vino del Cielo está rebosante, el banquete de la Alianza de Dios está iluminado con luces festivas, despunta la aurora de todas las dádivas, soplan los suaves vientos de la gracia, y del mundo invisible llegan buenas nuevas de mercedes y dones. En prados rutilantes de flores la primavera divina ha armado sus pabellones, y los espirituales aspiran las perfumadas fragancias procedentes de la Saba del espíritu, transportadas por el viento del levante. Ora entona sus odas el ruiseñor místico, ora se abren los capullos del significado interior transformándose en flores delicadas y hermosas. Las alondras del campo se han convertido en los músicos del festival y, alzando sus maravillosas voces, exclaman y cantan con las melodías de la Compañía de lo alto: “¡Bienaventurados sois! ¡Buenas Nuevas! ¡Buenas Nuevas!” E instan a los comensales de la fiesta del Paraíso de Abhá a beber en abundancia, y con elocuencia los arengan desde el Árbol celestial y pronuncian su sagrado pregón. Todo esto para que las almas languidecidas que huellan el desierto de los desatentos y los mustios perdidos en las arenas de la despreocupación vuelvan a la vida palpitante y acudan a los festejos y ágapes de Dios nuestro Señor.
¡La alabanza sea para Él! El renombre de Su Causa ha llegado a Oriente y a Occidente, y la fama del poder de la Belleza de Abhá ha vivificado el Norte y el Sur. Ese clamor proveniente del continente americano es un coro de santidad, ese grito que, de cerca y de lejos, se eleva hasta el Concurso de lo alto es “¡Ya Bahá’u’l-Abhá!”. Ahora el Oriente está iluminado de gloria y el Occidente huele a rosas, y toda la tierra está fragante de ámbar gris, y están cargados de almizcle los vientos que soplan sobre el Sagrado Santuario. Dentro de poco veréis que resplandecen aun los países más oscuros y que los continentes de Europa y de África se han convertido en jardines floridos y en bosques de árboles en flor.
Mas como el amanecer de este Sol tuvo lugar en Persia y como desde ese Oriente el sol iluminó Occidente, es nuestra muy cara esperanza que las llamas del fuego del amor resplandezcan aún más vehementemente en ese país y que allí el esplendor de esta Santa Fe se haga cada vez más intenso. Que el tumulto de la Causa de Dios sacuda a ese país hasta los cimentos y que la fuerza espiritual de Su Palabra se manifieste haciendo de Irán el núcleo y el foco del bienestar y la paz. Que la rectitud, la conciliación, el amor y la confianza lleven inmortalidad desde Irán a todos los habitantes de la tierra. Que enarbole en las más altas cumbres la enseña del orden público, de la más pura espiritualidad, de la paz universal.
¡Oh amados de Dios! En esta dispensación bahá’í, la Causa de Dios es espíritu puro. Su Causa no pertenece al mundo material. No viene para la lucha, ni para la guerra, ni para actos de transgresión u oprobio; no está para disputas con otras religiones, ni para conflictos con naciones. Su único ejército es el amor de Dios; su única alegría es el transparente vino de Su conocimiento; su única batalla, la exposición de la Verdad; su única cruzada es contra el insistente yo, las malas instigaciones del corazón humano. Su victoria es someterse y ceder, y su gloria sempiterna es ser abnegada. En resumen, es espíritu sobre espíritu:
No le hagáis daño, si no es necesario, ni a la serpiente que se arrastra por la tierra; cuánto menos lesionéis a un ser humano. Y si es posible, no alarméis a una hormiga siquiera ni menos aún perjudiquéis a un hermano.
Que todo vuestro empeño sea para esto: llegar a ser la fuente de vida, inmortalidad, paz, consuelo y gozo para toda alma humana, ya os sea conocida o extraña, ya sea opuesta a vosotros o esté de vuestra parte. No consideréis la pureza o la impureza de su forma de ser; considerad la misericordia del Señor, que todo lo abarca, la luz de Cuya gracia ha envuelto la tierra entera y a todos los que habitan en ella, y en la plenitud de Cuya munificencia están inmersos tanto los sabios como los ignorantes. Extraño y amigo por igual están sentados a la mesa de Su favor. Al igual que el creyente, el negador que se aparta de Dios ahueca sus manos y bebe del mar de Sus dádivas al mismo tiempo.
Incumbe a los amados del Señor ser los signos y muestras de Su misericordia universal y las personificaciones de Su sobresaliente gracia. Que, como el sol, arrojen sus rayos sobre jardines y basurales por igual, y que dejen caer su lluvia, como las nubes de la primavera, sobre flores y espinas. Que busquen sólo amor y fidelidad, que no sigan los caminos de la crueldad, que su conversación se limite a los secretos de la amistad y la paz. Tales son los atributos de los rectos, tal es la marca distintiva de aquellos que sirven en Su Umbral.
La Belleza de Abhá sufrió la más aflictiva de las calamidades. Soportó incontables angustias y adversidades. No disfrutó de un solo momento de descanso, ni un solo instante respiró con tranquilidad. Vagó, sin hogar, por arenas de desiertos y laderas de montañas; estuvo encerrado en una fortaleza y en la celda de una prisión. Mas, para Él, Su pobre estera de paja era un trono eterno de gloria, y Sus pesadas cadenas, el collar de un soberano. De día y de noche vivía bajo una zumbante espada y estaba listo, de un momento a otro, para morir en la cruz. Soportó todo ello para purificar el mundo y adornarlo con las tiernas mercedes de Dios, el Señor; para tranquilizarlo; para poner en fuga el conflicto y la agresión; para transformar la lanza y la hoja afilada en amorosa camaradería y convertir la malevolencia y la guerra en seguridad, consideración y amor; para que los campos de batalla del odio y la ira se conviertan en jardines de delicia, y los lugares donde otrora se batían los ejércitos empapados en sangre sean fragantes parques de esparcimiento; que la contienda se considere un oprobio, y el recurso de las armas, como si fuera una repulsiva enfermedad, sea evitado por todos los pueblos; que la paz universal arme sus tiendas en las más altas montañas y que por siempre se haga perecer la guerra en este planeta.
Por consiguiente, los amados de Dios deben, diligentemente, vigilar, alimentar y cuidar este árbol de la esperanza con las aguas de su empeño. Que en cualquier país donde residan, ofrezcan amistad y compañía de todo corazón a aquellos que están cerca o muy lejos de ellos. Que con cualidades como las del cielo promuevan las instituciones y la religión de Dios. Que nunca se descorazonen, nunca se desalienten, nunca se aflijan. Cuanta más oposición se encuentren, tanto más han de mostrar su propia buena fe; cuantos más tormentos y calamidades tengan que afrontar, más generosamente han de hacer circular la munífica copa. Tal es el espíritu que llegará a ser la vida del mundo, tal es, en su esencia, la luz que se difunde, y quienquiera que haga otra cosa que no sea esto no es digno de servir ante el Santo Umbral del Señor.
¡Oh amados de Dios! El Sol de la Verdad resplandece en el cielo invisible; conoced el valor de estos días. Levantad la cabeza y llegad a ser como espigados cipreses que crecen junto a estas rápidas corrientes. Deleitaos en la belleza del narciso de Najd, pues al caer la noche dejará de ser. [...]
¡Oh amados de Dios! La alabanza sea para Él porque la radiante enseña de la Alianza flamea cada día más alto, mientras que la bandera de la perfidia ha sido puesta cabeza abajo y pende a media asta. Los atacadores ignorantes han sido sacudidos hasta los huesos; son ahora como sepulcros en ruinas y, al igual que criaturas ciegas que habitan debajo de la tierra, se arrastran y reptan junto a un rincón de la tumba y, desde ese agujero, de tiempo en tiempo, chillan y aúllan como las bestias salvajes. ¡Gloria sea a Dios! ¿Cómo puede la oscuridad tener esperanzas de vencer a la luz, las cuerdas de un mago sujetar con firmeza a una «serpiente claramente visible para todos»? “Luego, de pronto, se engulló sus falsas maravillas”. ¡Ay de ellos! Se han engañado con una fábula y, por entregarse a sus apetitos, se han destruido a sí mismos. Han renunciado a la gloria sempiterna a cambio del orgullo humano y han sacrificado la grandeza de ambos mundos por las demandas del insistente yo. Esto es de lo que os hemos prevenido. Dentro de poco veréis a los necios en manifiesta pérdida.
¡Oh mi Señor y mi Esperanza! Ayuda a Tus amados a ser firmes en Tu poderosa Alianza, a permanecer fieles a Tu Causa manifiesta y a cumplir los mandamientos que Tú les has prescrito en Tu Libro de Esplendores, para que lleguen a ser enseñas de guía y lámparas del Concurso de lo alto, manantiales de Tu infinita sabiduría, y estrellas que guían rectamente, brillando desde el firmamento celestial.
Verdaderamente, Tú eres el Invencible, el Todopoderoso, el Omnipotente.
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