¡Oh tú, que estás prendada de los hálitos de Dios! He leído tu carta, la cual proclama tu amor a Dios y tu irresistible atracción a su Belleza, y su maravilloso contenido me trajo alegría al corazón.
El propósito de lo que te escribí en mi carta anterior fue esto: al exaltar la Palabra de Dios hay que encontrarse con pruebas y calamidades, y, al amarle, en todo momento hay penalidades, tormentos, aflicciones.
Incumbe a la persona primero valorar estas ordalías, aceptarlas voluntariamente y recibirlas ansiosamente; sólo entonces debiera proceder a enseñar la Fe y a ensalzar la Palabra de Dios.
En un estado tal, sea lo que fuere que le suceda en su amor a Dios –hostigamiento, reproches, vilipendio, imprecaciones, golpes, encarcelamiento, muerte–, él nunca se sentirá abatido, y su pasión por la Divina Belleza se hará más fuerte. Eso es a lo que me refería.
¡De otro modo, desgraciada y mísera el alma que busca la comodidad, la riqueza y las delicias terrenales, mientras olvida recordar a Dios! Pues las calamidades con que se tropieza en el camino de Dios no son, para ‘Abdu’l-Bahá, sino favor y gracia, y en una de Sus tablas la gloriosísima Belleza ha declarado: “Nunca he pasado junto a un árbol sin que Mi corazón se le dirigiera diciendo: ‘¡Ojalá fueses derribado en Mi nombre y crucificado Mi cuerpo sobre ti!’” Éstas fueron las palabras del Más Grande Nombre. Éste es Su sendero. Éste es el camino hacia Su Dominio de Poder.
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