Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
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La existencia es de dos clases: una es la existencia de Dios, la cual está más allá de la comprensión del hombre. Él, el invisible, el excelso y el incomprensible, no es precedido por ninguna causa, sino que es el Originador de la causa de las causas. Él, el Antiguo, no ha tenido comienzo y es independiente de todo. La segunda clase de existencia es la existencia humana. Es una existencia común, comprensible a la mente humana, no es antigua, es dependiente y tiene una causa. La sustancia mortal no llega a ser eterna, ni viceversa; el género humano no se transforma en Creador, ni viceversa. La transformación de la sustancia innata es imposible.
En el mundo de la existencia –ese mundo que es comprensible– hay etapas de mortalidad: la primera etapa es el mundo mineral; la siguiente es el mundo vegetal. En este último mundo el mineral existe, pero con un rasgo distintivo, el cual es la característica vegetal. Asimismo, en el mundo animal están presentes las características mineral y vegetal, y por añadidura se encuentran las características del mundo animal, las cuales son las facultades de la audición y de la visión. En el mundo humano se encuentran las características de los mundos mineral, animal y vegetal, y por añadidura, la del género humano, a saber, la característica intelectual, la cual descubre las realidades de las cosas y comprende los principios universales.
En el plano del mundo contingente, el hombre es, por tanto, el ser más perfecto. Con hombre se quiere decir el individuo perfecto, semejante a un espejo en el cual se manifiestan y reflejan las divinas perfecciones. Pero el sol no desciende desde su altura de santidad para introducirse en el espejo, sino que, cuando éste se purifica y se vuelve hacia el Sol de la Verdad, son reflejadas y se manifiestan en ese espejo las perfecciones de este Sol, que consisten en la luz y el calor. Estas almas son las Divinas Manifestaciones de Dios.
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