Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
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¡Oh vosotros que habéis dirigido el rostro hacia la Exaltada Belleza! De noche, de día, al amanecer y al atardecer, cuando oscurece y con las primeras luces, recuerdo –y siempre he recordado– a los amados del Señor en los dominios de mi mente y de mi corazón. Ruégole a Él que otorgue Sus confirmaciones a esos amados, moradores de esa tierra pura y santa, y les conceda resultados exitosos en todas las cosas: que en su carácter, su comportamiento, sus palabras, su modo de vida, en todo lo que son y hacen, Él les haga lograr la distinción entre los hombres; que Él los incorpore a la comunidad mundial con sus corazones llenos de éxtasis y fervor, y anhelando amor, con conocimiento y certeza, con firmeza y unidad, con rostros hermosos y resplandecientes.
¡Oh amados del Señor! Este día es el día de la unión, el día de la reunión de toda la humanidad. “Dios ama a aquellos que, como si fueran una sólida muralla, combaten por Su Causa en filas cerradas”. Observad que dice “en filas cerradas”, lo cual significa apiñados y apretados, entrelazados unos con otros, cada cual apoyando a sus compañeros. En el sagrado versículo, combatir no significa, en ésta la mayor de todas las dispensaciones, salir con lanza y espada, con alabarda y afilada saeta, sino, más bien, armado con intención pura, con motivos justos, con consejos provechosos y eficaces, con atributos piadosos, con obras gratas al Todopoderoso, con las cualidades del cielo. Significa educación para toda la humanidad, guía para todos los hombres, la difusión por doquier de los suaves aromas del espíritu, la promulgación de las pruebas de Dios, la exposición de argumentos concluyentes y divinos, la realización de obras caritativas.
Siempre que las almas santas, haciendo uso de los poderes del cielo, procedan con esas cualidades del espíritu a marchar al unísono, fila tras fila, cada una de esas almas será igual que un millar, y las agitadas olas de ese ingente océano serán como los batallones del Concurso de lo alto. Qué bendición ha de ser cuando lleguen a juntarse todos, como otrora torrentes, ríos, arroyos, mansas corrientes y simples gotas, que al reunirse en un solo lugar forman un enorme mar. Y hasta tal punto ha de imperar la unidad, inherente a todos, que las tradiciones, las reglas, las costumbres y distinciones de la ilusoria vida de estos pueblos serán borradas y se desvanecerán como gotas aisladas, una vez que se encrespe, se agite y ondule el gran mar de la unidad.
Juro por la Antigua Belleza que en tal momento una gracia abrumadora lo envolverá todo de tal manera, y el mar de la grandeza rebasará tanto sus orillas, que la más estrecha zanja de agua se volverá ancha como un mar sin límites, y cada simple gota será como las profundidades sin riberas.
¡Oh amados de Dios! Luchad y esforzaos por alcanzar esa elevada posición y por hacer que resplandezca en estos dominios de la tierra una luz tal que sus rayos vuelvan reflejados por un punto de amanecer del horizonte de la eternidad. Ésta es la base misma de la Causa de Dios. Ésta es la esencia misma de la Ley de Dios. Ésta es la sólida estructura erigida por las Manifestaciones de Dios. Éste es el motivo por el cual despuntó el luminar del mundo de Dios. Ésta es la razón por la cual el Señor Se establece en el trono de Su cuerpo humano.
¡Oh amados de Dios! Ved cómo el Exaltado —que las almas de todos aquellos que están en la tierra sean redención de Él—, en aras de este elevado propósito, hizo de Su bendito corazón el blanco de las lanzas de la aflicción, y cómo la verdadera intención de la Antigua Belleza —que por Él sean ofrendadas las almas del Concurso de lo alto— fue ganar esta misma meta celestial; el Exaltado descubrió Su santo pecho haciéndolo blanco de una miríada de balas disparadas por el pueblo de la malevolencia y el odio, y con la mayor mansedumbre sufrió la muerte de un mártir. Al polvo de este camino manó la sagrada sangre de miles y miles de almas santas, y muchas veces el bendito cuerpo de un leal amante de Dios fue colgado de la horca.
La propia Belleza de Abhá –que el espíritu de toda la existencia sea ofrendado por Sus amados– soportó toda clase de terribles pruebas y voluntariamente aceptó intensas aflicciones. No hubo tormento al cual no fuera sometida Su sagrada figura, ni sufrimiento que no descendiera sobre Él. Cuántas noches, estando encadenado, Se mantuvo en vela debido al peso de Su collar de hierro; cuántos días el ardiente dolor de los cepos y grilletes no Le permitían un momento de tranquilidad. De Níyávarán a Teherán Le hicieron correr –a Aquel espíritu personificado, a Aquel que había estado acostumbrado a reposar en cojines de seda ornamentada– encadenado, descalzo, con la cabeza descubierta, y bajo tierra, en la profunda oscuridad de aquella estrecha mazmorra, Lo encerraron junto con homicidas, rebeldes y ladrones. Una y otra vez Le acosaron con un nuevo tormento, y todos estaban seguros de que sufriría la muerte de un mártir de un momento a otro. Después de algún tiempo Le desterraron de Su tierra natal y Le enviaron a países extraños y lejanos. En Iráq, durante muchos años, no pasó un momento sin que la flecha de una nueva angustia Le diera en Su santo corazón; con cada aliento caía una espada sobre Su sagrado cuerpo y no tenía ninguna esperanza de un momento de seguridad y reposo. De todos lados, sus enemigos lanzaban sus ataques con odio implacable; y solo y sin ayuda Él los resistía a todos. Después de todas estas tribulaciones, de estos castigos corporales, Le expulsaron de Iráq, situado en el continente de Asia, al continente de Europa, y en ese lugar de amargo exilio, de miserables penalidades, a los agravios que Le había causado el pueblo del Corán se agregaron ahora las virulentas persecuciones, los poderosos ataques, las maquinaciones, las calumnias, las continuas hostilidades, el odio y la malevolencia del pueblo del Bayán. Mi pluma es impotente para relatarlo todo; mas, seguramente, habéis sido informados de ello. Luego, después de pasar veinticuatro años en ésta, la Más Grande Prisión, concluyeron Sus días en agonía y dolorosa aflicción.
En suma, la Antigua Belleza, a lo largo de Su estancia en este mundo transitorio, siempre fue un cautivo encadenado, o vivió bajo una espada, o estuvo sometido a extremo sufrimiento y tormento, o encarcelado en la Más Grande Prisión. Debido a Su debilidad física, provocada por las aflicciones, Su bendito cuerpo se había consumido hasta ser un suspiro y, de tanto sufrir, era liviano como una telaraña. Y Su razón para llevar esta pesada carga y soportar toda esta angustia, que era como un océano que lanza sus olas al alto cielo, Su razón para colocarse las pesadas cadenas de hierro y llegar a ser la personificación misma de la mayor resignación y mansedumbre, era la de conducir a todas las almas de la tierra hacia la concordia, el compañerismo y la unicidad; la de dar a conocer en medio de todos los pueblos el signo de la singularidad de Dios, para que, finalmente, la unidad primordial depositada en el corazón de todas las cosas creadas produjera el fruto esperado, y derramara sus rayos por doquier el esplendor del dicho “No ves discordancia en la creación del Dios de la Misericordia”.
Ahora es el momento, oh amados del Señor, para el ardiente empeño. Luchad y esforzaos. Y ya que la Antigua Belleza fue expuesta en el campo del martirio día y noche, por nuestra parte trabajemos arduamente, y escuchemos y meditemos los consejos de Dios; desechemos nuestras vidas y renunciemos a nuestros breves y contados días. Apartemos nuestros ojos de las vanas fantasías de las formas divergentes de este mundo y sirvamos en cambio a este propósito sublime, a este gran designio. No derribemos, a causa de nuestras propias imaginaciones, este árbol que ha plantado la mano de la gracia celestial; no empañemos, con las oscuras nubes de nuestras ilusiones, de nuestros intereses egoístas, la gloria que abundantemente mana del Reino de Abhá. No seamos como barreras que obstaculizan el movimiento del ondeante océano de Dios Todopoderoso. No impidamos que soplen por doquier las puras y perfumadas brisas provenientes del jardín de la Gloriosísima Belleza. No detengamos, en este día de la reunión, la primaveral lluvia de bendiciones que descienden de lo alto. No consintamos que alguna vez se apaguen y desaparezcan los esplendores del Sol de la Verdad. Éstas son las recomendaciones de Dios, expuestas en Sus Libros Santos, Sus Escrituras y Sus Tablas, que exponen Sus consejos a los sinceros.
Con vosotros sean la gloria y la misericordia de Dios y Sus bendiciones.
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