Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
143
¡Oh tú que te has acercado al espíritu de Cristo en el Reino de Dios! Ciertamente, el cuerpo está compuesto de elementos físicos, y todo compuesto debe necesariamente descomponerse. Sin embargo, el espíritu es una esencia simple, fina y delicada, incorpórea, sempiterna y es de Dios. Por esta razón, quien busque a Cristo en Su cuerpo físico habrá buscado en vano y será excluido de Él como por un velo. Mas quien anhele encontrarle en el espíritu crecerá día a día en alegría, deseo y amor ardiente, en la proximidad a Él y en verle manifiesto y evidente. En este nuevo y maravilloso día te incumbe ir en busca del espíritu de Cristo.
Ciertamente, el cielo al cual ascendió el Mesías no era este cielo infinito, sino que Su cielo era más bien el Reino de Su benéfico Señor. Tal como Él mismo ha dicho: “Descendí del cielo”, y además: “El Hijo del Hombre está en el cielo”. De ahí que está claro que Su cielo está más allá de todos los puntos cardinales; envuelve toda la existencia y se alza para aquellos que adoran a Dios. Ruega e implora a tu Señor que te eleve a ese cielo y te dé de comer de Su alimento, en esta época de majestad y poder.
Has de saber que las gentes, hasta este día, no han desentrañado los secretos ocultos del Libro. Imaginan que Cristo estaba excluido de Su cielo en los días en que caminaba sobre la tierra, que cayó de las alturas de Su sublimidad y que luego ascendió a las extensiones superiores del cielo físico, un cielo que no existe en absoluto, pues tan sólo es espacio. Y esperan que Él descienda de allí nuevamente, cabalgando sobre una nube, e imaginan que existen nubes en ese espacio infinito y que Él cabalgará sobre ellas, y que por ese medio ha de descender. Mientras que la verdad es que una nube no es más que vapor que sube de la tierra y no baja del cielo. Más bien, la nube a que se refiere el Evangelio es el cuerpo humano, llamado así porque el cuerpo es para el hombre como un velo que, cual nube, le impide ver el Sol de la Verdad que brilla en el horizonte de Cristo.
Suplico a Dios que abra ante tus ojos las puertas de los descubrimientos y las percepciones, para que llegues a estar informado de Sus misterios en este día, el más manifiesto de los días.
Estoy muy ansioso de conocerte, pero el momento no es propicio. Dios mediante, te haremos saber de un mejor momento en que, gozoso, puedas venir.
Buscar en este libro
Escribe una palabra para buscar en este libro.