Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh exaltada rama del divino Árbol del Loto! [...] Cuando seas desdeñado y rechazado por los obradores de iniquidad, no te sientas abatido; y, ante el poder y la altivez de los presuntuosos, no te desazones ni te acongojes, pues tal es la forma de actuar de las almas desatentas desde tiempo inmemorial. “¡Qué miseria la de los hombres! ¡Ningún Mensajero viene a ellos sin que se mofen de Él!”

De hecho, los ataques y obstaculización de los ignorantes sólo hacen que sea ensalzada la Palabra de Dios y esparcen Sus signos y señales por doquier. De no ser por la oposición de los desdeñosos, la obstinación de los calumniadores, la vociferación proveniente de los púlpitos, el clamor y lamento de grandes y pequeños por igual, las acusaciones de descreimiento hechas por los ignorantes, el tumulto armado por los necios, ¿cómo habría llegado alguna vez a Oriente y a Occidente la noticia del advenimiento del Punto Primordial y del luminoso amanecer del Sol de Bahá? ¿De qué otro modo habría sido sacudido el planeta de polo a polo? ¿De qué otra forma habría llegado a ser Persia el punto focal de los luminosos esplendores, y Asia Menor, el corazón que irradia la belleza del Señor? ¿De qué otra manera se habría extendido hacia el Sur la llama de la Manifestación? ¿Cómo podrían haberse oído los clamores de Dios en el extremo Norte? ¿Cómo, si no, se habría escuchado Su llamamiento en los continentes de América y del África negra? ¿De qué otro modo habría penetrado en esos oídos el canto del gallo del Cielo? ¿De qué otra forma habrían encontrado este azúcar las dulces cacatúas de la India, o haber emitido los ruiseñores, desde la región de Irak, su melodioso canto? ¿Qué otra cosa habría hecho danzar al Oriente y al Occidente y de qué otro modo podría este Punto Consagrado haber llegado a ser el trono de la Belleza de Dios? ¿De qué otra manera habría de ver el Sinaí este ardiente resplandor y cómo habría de engalanar esa montaña la llama del Advenimiento? ¿De qué otro modo habría de convertirse la Tierra Santa en el escabel de la belleza de Dios y el santo valle de Towa llegar a ser el lugar de excelencia y de gracia, el sagrado punto donde Moisés se quitó las sandalias? ¿Cómo habrían de ser transportados los hálitos del cielo a través del Valle de la Santidad? ¿Cómo habrían de ser sentidas alguna vez las perfumadas corrientes de aire que soplan desde los jardines de Abhá por quienes habitan en la Verde Isla? ¿De qué otro modo se habrían cumplido jamás las promesas de los Profetas, las gozosas nuevas de los santos Videntes de antaño, las conmovedoras promesas hechas a este Sagrado Lugar por las Manifestaciones de Dios?

¿De qué otro modo se habría plantado aquí el Árbol de Anísá, habría ondeado el estandarte del Testamento, habría sido llevada a estos labios la embriagadora copa de la Alianza? Todas estas bendiciones y dádivas, los medios mismos para proclamar la Fe, han tenido lugar debido al escarnio del ignorante, la oposición del necio, la porfía del torpe y la violencia del agresor. Si no hubiese sido por estas cosas, hasta el día de hoy las nuevas del advenimiento del Báb no habrían llegado siquiera a los países cercanos. Por consiguiente, nunca deberíamos afligirnos por la ceguera de los inconscientes, los ataques de los necios, la hostilidad de los viles y abyectos, por la negligencia de los sacerdotes y los cargos de infidelidad formulados contra nosotros por los carentes de entendimiento. Tal ha sido también su modo de obrar en épocas pasadas, y no sería así si fueran de aquellos que conocen; pero están sumidos en la ignorancia y no alcanzan a comprender lo que se les dice.

Por tanto, te corresponde, como vástago del Santo Árbol de Dios que ha brotado de ese poderoso Tronco, y también nos corresponde a nosotros, que, mediante la sostenedora gracia de la Antigua Belleza –sea mi vida una ofrenda por Su Sacratísimo Santuario– ardamos con esta llama proveniente del cielo para encender el fuego del amor de Dios de polo a polo. Que nos sirva de ejemplo el grande y sagrado Árbol del exaltado Báb –que mi vida Le sea ofrendada–. Al igual que Él, descubramos nuestros pechos a los dardos de la angustia, como Él hagamos que nuestros corazones sean el blanco de las lanzas decretadas por Dios. Consumámonos como cirios; que se nos quemen las alas como a las polillas; como las alondras del campo, dejemos escapar nuestro canto lastimero; como los ruiseñores, estallemos en lamentaciones.

Como nubes, derramemos nuestras lágrimas y, como los destellos del relámpago, riámonos de nuestras correrías por Oriente y Occidente. De día y de noche pensemos tan sólo en esparcir las suaves fragancias de Dios. No nos quedemos para siempre con nuestras fantasías e ilusiones, con nuestros análisis, interpretaciones y la circulación de complicadas dudas. Descartemos todos los pensamientos egoístas; cerremos los ojos a todo lo que existe en la tierra y no demos a conocer nuestros sufrimientos ni nos quejemos por los agravios. Más bien, olvidémonos de nosotros mismos y, apurando el vino de la gracia celestial, proclamemos nuestro regocijo y perdámonos en la belleza del Todoglorioso.

¡Oh Afnán del divino Árbol del Loto! Debemos esforzarnos, cada uno de nosotros, por llegar a ser como ramas fecundas y producir un fruto cada vez más dulce y saludable, para que la rama demuestre ser una continuación de la raíz y la parte esté en armonía con el todo. Es mi esperanza que por la munificencia del Más Grande Nombre y la bondad del Punto Primordial –que mi alma sea ofrendada por ambos– nos convirtamos en medios para exaltar la Palabra de Dios por todo el mundo; que siempre prestemos servicio a la Fuente de nuestra Causa y extendamos sobre todos el dosel del verdadero y santo celo del Señor. Que allende los campos de la gracia hagamos soplar los céfiros que traigan al hombre los fragantes aromas provenientes de los jardines de Dios, que podamos hacer de este mundo el Paraíso de Abhá y transformemos este lugar inferior en el Reino del Cielo.

Es verdad que a cada uno de los siervos de Dios, y en particular a aquellos que están inflamados con la Fe, les ha sido asignada esta tarea de servidumbre hacia Dios Todopoderoso; sin embargo, el deber impuesto a nosotros es mayor que aquel que pesa sobre los demás. A Él Le pedimos gracia, favor y fortaleza.

Toda alabanza y gratitud sean para la Bendita Belleza, por llamar a la acción a los ejércitos de Su Reino de Abhá y enviarnos Su ayuda ininterrumpida, segura como el retorno de las estrellas. En toda región de la tierra Él ha sostenido a este aislado y solitario siervo; en todo momento, Él me ha dado a conocer los signos y muestras de Su amor. Ha dejado estupefactos a todos los que se aferran a Sus vanas ilusiones y los ha vuelto infames a la vista de grandes y pequeños. Ha hecho que aquellos que van tras sus caprichos y fantasías se conviertan en objeto del reproche general, y ha expuesto a los arrogantes a la vista de todos; ha hecho que aquellos amigos que demostraron ser débiles de fe sirvan de advertencia a todo observador, y ha hecho que se amen a sí mismos y se hundan en el engreimiento los jefes de aquellos que vacilan. Entretanto, con la fuerza de Su poder, ha hecho que esta ave de alas rotas se alce ante todos cuantos habitan en la tierra. Él ha dispersado las apretadas filas de los rebeldes y ha dado la victoria a las huestes de la salvación, y ha insuflado el hálito de la vida sempiterna en los corazones de quienes permanecen firmes en la Alianza y en el Testamento.

Transmite los saludos de Abhá a cada uno de los Afnán que han brotado del Árbol Santo. La gloria sea contigo y con todos los Afnán que permanecen fieles y leales a la Alianza