Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh tú que tienes ojos para ver! Lo que has presenciado es la más pura verdad y pertenece al dominio de la visión.

El perfume está íntimamente mezclado y combinado con el capullo y, una vez que el capullo se ha abierto, se difunde su grata fragancia. La hierba no carece de fruto, aunque lo parezca, pues en este jardín de Dios cada planta ejerce su propia influencia y posee sus propios atributos, y cada una puede alegrar los sentidos con su fragancia, igualando aun a la festiva rosa de cien pétalos. Has de estar seguro de ello. Aun cuando las páginas de un libro no saben nada de las palabras y los significados trazados en ellas, con todo, debido a su relación con estas palabras, los amigos las hacen pasar de mano en mano reverentemente. Además, esta relación es la más pura munificencia.

Cuando el alma humana sale volando de este efímero montón de polvo y se eleva al mundo de Dios, entonces caen los velos y salen a la luz las realidades, y se vuelven claras todas las cosas antes desconocidas, y son comprendidas las verdades ocultas.

Considera cómo en el mundo de la matriz la criatura estaba sorda, ciega y muda; cómo estaba privada de toda percepción. Mas al abandonar ese mundo de oscuridad y pasar a este mundo de luz, su ojo comenzó a ver; su oído, a oír; su lengua, a hablar. De igual modo, una vez que ha partido presuroso de este mundo de mortalidad para dirigirse al Reino de Dios, entonces habrá nacido en el espíritu; luego se abrirá el ojo de su percepción, el oído de su alma escuchará y se le harán comprensibles y claras todas las verdades que anteriormente ignoraba.

Un viajero observador que transita por un camino ciertamente recordará sus hallazgos, a menos que le ocurra un accidente y se le borre la memoria.