Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh distinguido personaje, buscador de la verdad! Se ha leído con amor tu carta fechada el 4 de abril de 1921.

La existencia del Ser Divino ha sido claramente demostrada mediante pruebas lógicas, pero la realidad de la Deidad excede la comprensión de la mente. Cuando consideres cuidadosamente este tema verás que un plano inferior jamás puede comprender a uno superior. El reino mineral, por ejemplo, que es inferior, está imposibilitado para comprender el reino vegetal; pues al mineral le sería absolutamente imposible una comprensión semejante. De igual modo, por mucho que pueda desarrollarse el reino vegetal, no logrará concebir el reino animal, y a su nivel tal comprensión sería impensable, ya que el animal ocupa un plano superior al del vegetal: este árbol no puede concebir los sentidos del oído y de la visión. Y el reino animal, por mucho que evolucione, nunca llegará a ser consciente de la realidad del intelecto, el cual descubre la esencia íntima de todas las cosas y comprende aquellas realidades que no son visibles; ya que el plano humano, comparado con el del animal, es muy elevado. Y aunque todos estos seres coexisten en el mundo contingente, en cada caso su diferencia de posición les impide el entendimiento del todo; pues ningún grado inferior puede comprender a uno superior, siendo tal comprensión un imposible.

Sin embargo, el plano superior tiene conocimiento del inferior. El animal, por ejemplo, comprende al mineral y al vegetal; el ser humano comprende los planos animal, vegetal y mineral. Pero al mineral no le es posible entender los dominios del hombre. Y pese a que estas entidades coexisten en el mundo fenoménico, con todo, ningún grado inferior puede jamás comprender a uno superior.

Entonces, ¿cómo sería posible para una realidad contingente, es decir, el hombre, concebir la naturaleza de aquella Esencia preexistente, el Ser Divino? La diferencia de posición que hay entre el hombre y la Realidad Divina es miles y miles de veces mayor que la diferencia existente entre el vegetal y el animal. Y lo que evoque un ser humano en su mente no es sino la imagen quimérica de su propia condición humana; no abarca la realidad de Dios sino, por el contrario, es abarcada por ésta. Es decir, el hombre comprende sus propias concepciones ilusorias, pero la Realidad de la Divinidad no será jamás comprendida: Ella, por Sí sola, abarca todas las cosas creadas, y todas las cosas creadas están en Su dominio. Esa Divinidad que el hombre imagina en sí mismo existe tan sólo en su mente, no en la realidad. No obstante, el hombre existe tanto en su mente como en la realidad; así, el hombre es más grande que esa realidad quimérica que es capaz de imaginar.

Los límites más remotos de este pájaro de arcilla son éstos: puede aletear y avanzar una corta distancia hacia el vasto infinito, mas nunca podrá remontarse hasta el Sol en el alto cielo. Sin embargo, debemos exponer pruebas racionales o inspiradas acerca de la existencia del Ser Divino, es decir, pruebas que sean a la medida del entendimiento del hombre.

Es obvio que todas las cosas creadas están entrelazadas unas con otras por un vínculo completo y perfecto, como lo están, por ejemplo, los miembros del cuerpo humano. Observa cómo todos los miembros y partes componentes del cuerpo humano están entrelazados unos con otros. De igual modo, todos los miembros de este universo infinito están vinculados unos con otros. El pie y el paso, por ejemplo, están conectados con la audición y con la vista; el ojo debe mirar al frente antes de dar el paso. El oído debe oír antes de que el ojo observe cuidadosamente. Y si un miembro del cuerpo humano es deficiente, produce una deficiencia en los demás miembros. El cerebro está conectado con el corazón y el estómago, los pulmones están relacionados con todos los miembros. Lo mismo ocurre con los demás miembros del cuerpo.

Y cada uno de estos miembros tiene su propia función especial. La fuerza de la mente –bien que la consideremos preexistente o contingente– dirige y coordina todos los miembros del cuerpo humano, velando por que cada parte o miembro desempeñe debidamente su propia y especial función. Si, con todo, se produjera alguna interrupción en el poder de la mente, todos los miembros cesarían de ejercer sus funciones esenciales, aparecerían deficiencias en el cuerpo y en el funcionamiento de sus miembros, y el poder resultaría ser ineficaz.

Asimismo, observa este universo sin fin: inevitablemente, existe un poder universal que todo lo abarca, el cual dirige y regula todas las partes de esta creación infinita; si no fuera por este Director, este Coordinador, el universo sería imperfecto y deficiente. Sería como un demente; en cambio, ves que esta creación infinita lleva a cabo sus funciones en perfecto orden, y cada parte de ella desempeña su propia tarea con absoluta seguridad, sin que se descubra imperfección alguna en todo su funcionamiento. Así, es evidente que existe un Poder Universal, que dirige y regula este universo infinito. Toda mente racional entiende este hecho.

Además, aunque todas las cosas creadas crecen y se desarrollan, están sometidas a influencias externas. Por ejemplo, el sol brinda calor, la lluvia sustenta y el viento trae la vida a fin de que el hombre se desarrolle y crezca. Por tanto, está claro que el cuerpo humano está sujeto a influencias externas y que sin esas influencias el hombre no puede crecer. Y, asimismo, esas influencias externas, a su vez, están sometidas a otras influencias. Por ejemplo, el crecimiento y desarrollo del ser humano dependen de la existencia del agua, el agua depende de la existencia de la lluvia, la lluvia depende de la existencia de las nubes y las nubes dependen de la existencia del sol, el cual hace que el suelo y el mar produzcan vapor, cuya condensación forma las nubes. Así, cada una de estas entidades ejerce su influencia e igualmente es, a su vez, influenciada. Luego, ineludiblemente, el proceso conduce a Aquel que influencia a todo y que, sin embargo, no es influenciado por nada, cortando así la cadena. Sin embargo, la realidad íntima de ese Ser no es conocida, aunque sus efectos son claros y evidentes.

Además, todos los seres creados son limitados, y esta mismísima limitación de todos los seres prueba la realidad del Ilimitado; pues la existencia de un ser limitado denota la existencia del Ilimitado.

En resumen, existen muchas pruebas similares que demuestran la existencia de esa Realidad Universal. Y puesto que esa Realidad es preexistente, no es afectada por las condiciones que rigen los fenómenos; pues toda entidad está sometida a circunstancias, y el juego de los acontecimientos es contingente, no preexistente. Luego, has de saber que la divinidad que otras comuniones y pueblos han ideado pertenece al ámbito de su imaginación y no lo excede, en tanto que la realidad de la Deidad está más allá de toda concepción.

En cuanto a las Santas Manifestaciones de Dios, son los puntos focales donde aparecen en todo su esplendor los signos, las señales y las perfecciones de aquella sagrada y preexistente Realidad. Son una gracia eterna, una gloria celestial, y de Ellos depende la vida sempiterna de la humanidad. Para ilustrar lo dicho: el Sol de la Verdad habita en un cielo al cual ningún alma tiene acceso alguno y que ninguna mente puede alcanzar, y está Él mucho más allá de la comprensión de todas las criaturas. Sin embargo, las Santas Manifestaciones de Dios son como un espejo, bruñido y sin mácula, que recoge los haces de luz de aquel Sol y luego esparce la gloria sobre el resto de la creación. En esa superficie pulida se revela claramente el Sol en toda Su majestad. Así, si el Sol que se refleja proclama: “¡Soy el Sol!”, ello no es sino la verdad; y si exclama: “¡No soy el Sol!”, ello también es la verdad. Y aunque ese Astro, con toda Su gloria, Su belleza y Sus perfecciones sea claramente visible en ese espejo sin mácula, con todo, Él no ha descendido desde Su propia, sublime posición en los dominios de lo alto, no ha entrado en el espejo: más bien, continúa morando, eternamente, en las supremas alturas de Su propia santidad.

Además, todas las criaturas de la tierra requieren la munificencia del sol, pues su existencia misma depende de la luz y del calor solares. Si fueran privadas del sol, serían aniquiladas. Esto es lo que significa estar con Dios, como lo mencionan los Libros Sagrados: el hombre debe estar con su Señor.

Está claro, entonces, que la realidad esencial de Dios se revela en sus perfecciones; y el sol, en sus perfecciones reflejadas en un espejo, es una cosa visible, una entidad que claramente expresa la munificencia de Dios.

Es mi esperanza que adquieras vista perspicaz, oído atento, y que sean apartados los velos de tus ojos.