Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh Señor mío! A Ti me dirijo, en las tinieblas de esta noche oscura, confiándome a Ti con la lengua de mi corazón, estremecido de alegría por las suaves fragancias que soplan desde Tu dominio, el Todoglorioso, llamándote y diciendo:

¡Oh Señor mío, no encuentro palabras para glorificarte; no veo manera de que el ave de mi mente se remonte hasta Tu Reino de Santidad; pues Tú, en Tu misma esencia, estás santificado por encima de esos atributos y, en Tu propio ser, estás más allá del alcance de esas alabanzas que Te son ofrecidas por las gentes que Tú has creado. En la santidad de Tu propio ser has estado por encima de la comprensión de los doctos en medio del Concurso de lo alto, y por siempre permanecerás envuelto en la santidad de Tu propia realidad, sin ser alcanzado por el conocimiento de aquellos habitantes de Tu exaltado Reino que glorifican Tu Nombre.

¡Oh Dios, mi Dios! Cómo puedo glorificarte o describirte, inaccesible como eres; inmensamente elevado y santificado eres Tú, por encima de toda descripción y alabanza.

¡Oh Dios, mi Dios! Ten misericordia, entonces, de mi desamparo, de mi pobreza, de mi miseria, de mi humillación. Dame de beber del generoso cáliz de Tu gracia y Tu perdón, anímame con las suaves fragancias de Tu amor, regocija mi pecho con la luz de Tu conocimiento, purifica mi alma con los misterios de Tu unicidad, vivifícame con la suave brisa que proviene de los jardines de Tu misericordia, hasta que me aparte de todo cuanto no seas Tú, me sujete del borde de Tu vestidura de grandeza, relegue al olvido todo fuera de Ti, sea acompañado por los delicados aromas que se esparcen durante estos días Tuyos, alcance la fidelidad en Tu Umbral de Santidad, me disponga a servir a Tu Causa, a ser humilde ante Tus amados y a ser la nada misma en la presencia de Tus predilectos.

Verdaderamente, Tú eres el Auxiliador, el Sustentador, el Exaltado, el Más Generoso.

¡Oh Dios, mi Dios! Te pido por el amanecer de la luz de Tu belleza que ha iluminado toda la tierra, por la mirada de Tu divina compasión que considera todas las cosas, por el ondulante mar de Tus dádivas en el cual están inmersas todas las cosas, por las saturadas nubes de Tu generosidad que hacen caer en abundancia sus dones sobre la esencia de todas las cosas creadas, y por los esplendores de Tu misericordia, la cual ya existía antes de que el mundo fuese, que ayudes a Tus escogidos a ser fieles, y que asistas a Tus amados para que sirvan en Tu exaltado Umbral, y les hagas alcanzar la victoria mediante los batallones de Tu poder que subyuga todas las cosas, y los refuerces con un gran ejército combatiente procedente del Concurso de lo alto.

¡Oh mi Señor! Son almas débiles ante Tu puerta; son indigentes ante Tu umbral, anhelantes de Tu gracia, en extrema necesidad de Tu socorro, con el rostro vuelto hacia el reino de Tu unicidad, ansiosos de la munificencia de Tus dádivas. ¡Oh mi Señor! Inunda sus mentes con Tu santa luz; purifica sus corazones con la gracia de Tu ayuda; regocija sus pechos con la fragancia de las alegrías que emanan de Tu Compañía de lo alto; haz brillar sus ojos al ver los signos y señales de Tu poder; haz que sean los emblemas de la pureza, los estandartes de la santidad, ondulando muy por encima de todas las criaturas en las cumbres de la tierra; haz que sus palabras conmuevan los corazones que son semejantes a roca maciza. Que se levanten para servirte, se consagren al Reino de Tu divinidad, dirijan sus rostros hacia el dominio de Tu Autosubsistencia, difundan Tus signos por doquier, sean iluminados por Tus torrentes de luz y descubran Tus misterios ocultos. Que guíen a Tus siervos hacia las aguas tranquilas y a la fuente de Tu misericordia, que mana y borbotea en el íntimo corazón del Cielo de Tu unicidad. Que icen las velas del desprendimiento en el Arca de la Salvación y naveguen por los mares de Tu conocimiento; que desplieguen las alas de Tu unidad y, con su ayuda, se remonten hacia el Reino de Tu singularidad, para llegar a ser siervos a quienes el Supremo Concurso ha de aclamar, cuyas alabanzas los moradores de Tu todoglorioso dominio han de proferir; que escuchen a los heraldos del mundo invisible pregonar la Máxima Buena Nueva; que ellos, en su anhelo por encontrarte, Te invoquen y oren a Ti entonando maravillosas plegarias en el amanecer de la luz, oh mi Señor que dispones todas las cosas, vertiendo sus lágrimas al alba y al atardecer, y ansiando guarecerse a la sombra de Tu misericordia sin fin…

Ayúdales, oh mi Señor, en todas las condiciones, sostenles en todo momento con Tus ángeles de santidad, que son tus huestes invisibles, Tus batallones celestiales que provocan la derrota de los ejércitos concentrados de este mundo inferior.

En verdad, Tú eres el Poderoso, el Potente, el Fuerte, Quien todo lo abarca, Quien domina todo lo que existe.

¡Oh santo Señor! ¡Oh Señor de bondad! Deambulamos alrededor de Tu morada, ansiando ver Tu belleza y amando todos Tus modos de obrar. Somos desventurados, humildes y de poca importancia. Somos indigentes: muéstranos misericordia, concédenos munificencia; no mires nuestras flaquezas, esconde nuestros pecados sin fin. Seamos lo que seamos, con todo somos Tuyos, y lo que decimos y lo que oímos son alabanzas a Ti, y es Tu rostro el que buscamos, Tu camino el que seguimos. Tú eres el Señor de bondad; nosotros somos pecadores, extraviados y alejados de nuestro hogar. Por tanto, ¡oh Nube de Misericordia, concédenos algunas gotas de lluvia! ¡Oh Rosedal Florido de la gracia, exhala Tu fragante brisa! ¡Oh Mar de todas las dádivas, regálanos una gran ola! ¡Oh Sol de Munificencia, envíanos un haz de luz! Concédenos piedad, concédenos gracia. Por Tu belleza, no traemos más provisión que nuestros pecados, sin buenas acciones de las que hablar, tan sólo esperanzas. A menos que nos cubra Tu velo protector, y nos escude y envuelva Tu manto, ¿qué poder tienen estas almas desvalidas para levantarse y servirte? ¿Qué bienes tienen estos seres miserables para hacer un gallardo despliegue? Tú que eres el Poderoso, el Omnipotente, ayúdanos, favorécenos; aunque estemos marchitos, vivifícanos con las lluvias de Tus nubes de gracia; aunque humildes, ilumínanos con los brillantes rayos del sol de Tu unicidad. Sumerge a estos peces sedientos en el océano de Tu misericordia, guía a esta extraviada caravana hacia el refugio de Tu singularidad; conduce a la fuente de la guía a quienes se han extraviado y, a aquellos que han errado el camino, concédeles amparo dentro de los recintos de Tu poder. Aproxima las generosas y fluyentes aguas celestiales a los labios resecos, resucita a estos muertos a la vida sempiterna. Concede al ciego ojos que vean. Haz que el sordo oiga, que el mudo hable. Anima al abatido, vuelve atento al negligente, advierte al orgulloso, despierta a quienes duermen.

Tú eres el Fuerte, Tú eres el Donador, Tú eres el Amoroso. Ciertamente, Tú eres el Benéfico, el Más Exaltado.

¡Oh amados de Dios que ayudáis a este Siervo evanescente! Cuando el Sol de la Verdad derramó su ilimitada munificencia desde el Punto de Amanecer de todos los anhelos, y este mundo del ser se encendió de polo a polo con esa sagrada lumbre, lanzó sus rayos con tal intensidad que borró para siempre la estigia oscuridad, y entonces esta tierra de polvo llegó a ser la envidia de las esferas celestes, y este humilde lugar adquirió la condición y el esplendor del dominio supremo. La apacible brisa de la santidad sopló sobre él, esparciendo suaves aromas por doquier; los vientos primaverales del cielo lo acariciaron, y provenientes de la Fuente de todos los dones se difundieron sobre él fructíferos aires portadores de ilimitada gracia. Entonces surgió la luminosa aurora y llegaron nuevas de gran alegría. Había llegado la primavera divina, levantando sus tiendas en este mundo contingente, a lo que toda la creación saltaba y danzaba. La tierra mustia produjo capullos inmortales, el polvo muerto despertó a la vida eterna. Entonces aparecieron las flores de la erudición mística y, revelando el conocimiento de Dios, una nueva lozanía surgió del suelo. El mundo contingente desplegó los generosos dones de Dios, el mundo visible reflejó las glorias de los dominios que estaban ocultos a la vista. Fue proclamada la llamada de Dios, fue dispuesta la mesa de la Alianza Eterna, pasó de mano en mano el cáliz del Testamento, fue enviada la invitación universal. Entonces algunos de entre el pueblo se inflamaron con el vino del cielo; y otros se quedaron sin su parte de esta muy grande dádiva. La vista y la visión interior de algunos fueron iluminadas por la luz de la gracia, y hubo quienes, oyendo los himnos de unidad, retozaron de alegría. Hubo aves que comenzaron a cantar en los jardines de santidad, y hubo ruiseñores que, en las enramadas de la rosaleda del cielo, elevaron su quejumbroso pregón. Entonces se ataviaron y adornaron tanto el Reino de lo alto como la tierra, y este mundo llegó a ser la envidia del encumbrado cielo. Mas, ¡ay! ¡ay!, los desatentos han persistido en su negligente sueño y los necios han desdeñado la más sagrada de las dádivas. Los ciegos permanecen envueltos en sus velos, los sordos no participan de lo que ha sucedido, los muertos no tienen esperanza de alcanzarlo, pues como Él dice: “Ellos pierden toda esperanza de la vida por venir, así como los infieles pierden toda esperanza de que resuciten los que están en sus tumbas”.

En cuanto a vosotros, ¡oh amados de Dios!, desatad vuestras lenguas y ofrecedle gracias a Él; alabad y glorificad la belleza del Adorado, pues habéis bebido de éste, el más puro de los cálices, y estáis animados y encendidos con este vino. Habéis descubierto las suaves fragancias de la santidad, habéis percibido el almizcle de la fidelidad en la vestidura de José. Os habéis alimentado con la miel de la lealtad procedente de Aquel que es el único Amado, habéis disfrutado de manjares inmortales en la munífica mesa de banquetes del Señor. Esta abundancia es un favor especial conferido por el Dios que ama; éstas son bendiciones y selectos dones que provienen de Su gracia. En el Evangelio, Él dice: “Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos” . Significa que a muchos les es ofrecida la gran dádiva de la guía, pero escasas son las almas seleccionadas para recibirla. “Tal es la munificencia de Dios: a quien desea Él se la concede, y de inmensa munificencia es Dios” .

¡Oh amados de Dios! Provenientes de los pueblos del mundo soplan vientos discordantes en contra del Cirio de la Alianza. El Ruiseñor de la fidelidad es asediado por renegados, que son como cuervos del odio. La Paloma de la rememoración de Dios es hostigada por necios pájaros nocturnos y la Gacela que mora en los prados del amor de Dios es perseguida por bestias feroces. Mortal es el peligro, atormentador el dolor.

Los amados de Dios deben permanecer inamovibles como las montañas, firmes como murallas inexpugnables. Imperturbables deben mantenerse aun frente a las más terribles adversidades, sin afligirse ante el peor de los desastres. Que se aferren a la orla de Dios Todopoderoso y depositen su fe en la Belleza del Altísimo; que confíen en la infalible ayuda que proviene del Antiguo Reino y cuenten con el cuidado y protección del generoso Señor. Que en todo momento se refresquen y restauren con el rocío de la gracia celestial y, con el aliento del Espíritu Santo, se reaviven y renueven sin parar. Que se levanten para servir a su Señor y hagan todo lo que esté en su poder para esparcir por doquier Sus hálitos de santidad. Que sean una poderosa fortaleza en defensa de su Fe, una ciudadela inexpugnable para las huestes de la Antigua Belleza. Que guarden fielmente el edificio de la Causa de Dios por todos sus flancos; que se conviertan en las estrellas brillantes de Sus cielos luminosos. Pues las hordas de la oscuridad arremeten contra su Causa desde todas las direcciones y los pueblos de la tierra están decididos a extinguir esta Luz manifiesta. Y ya que todos los linajes del mundo están lanzando su ataque, ¿cómo podemos permitir que se distraiga nuestra atención, aunque sea por un momento? Conoced con certeza todas estas cosas, permaneced vigilantes y guardad la Causa de Dios.

La más apremiante de las tareas es hoy día la purificación del carácter, la reforma de los modales y el mejoramiento de la conducta. Incumbe a los amados de Dios demostrar entre Sus criaturas tales cualidades y tales actos, que las fragantes brisas de su santidad perfumen el mundo entero y hagan resucitar a los muertos, pues la razón por la cual Dios Se ha manifestado a Sí mismo y han resplandecido estas luces ilimitadas de lo Invisible no es sino educar las almas de los hombres y refinar el carácter de todos los que habitan la tierra, para que los seres benditos que se han librado de la lobreguez del mundo animal desplieguen aquellas cualidades que constituyen el ornamento de la realidad del hombre. El propósito es que las criaturas que son terrenales se conviertan en celestiales, que aquellos que caminan en la oscuridad entren en la luz, que quienes están excluidos ingresen en el círculo interior del Reino y que los que son como la nada lleguen a ser los íntimos de la Gloria sempiterna. Que los desposeídos obtengan su porción del ilimitado mar y los ignorantes beban a plenitud de la fuente de vida del conocimiento; que aquellos que están sedientos de sangre abandonen su salvajismo y los que están armados de garras se vuelvan mansos y tolerantes, y quienes aman la guerra busquen la verdadera reconciliación; que las bestias de afiladas garras disfruten de los beneficios de la paz perdurable; que los impuros sepan que existe el dominio de la pureza y los corruptos encuentren el camino que conduce a los ríos de la santidad.

A menos que estas dádivas divinas sean reveladas desde el propio ser interior de la humanidad, la munificencia de la Manifestación resultará estéril y no tendrán efecto alguno los deslumbrantes rayos del Sol de la Verdad.

Por tanto, oh amados del Señor, esforzaos con el corazón y el alma por recibir una parte de Sus santos atributos y tomar vuestra porción de las mercedes de Su santidad, para que lleguéis a ser las señales de la unidad, los estandartes de la singularidad y tratéis de descubrir el significado de la unicidad; para que, en este jardín de Dios, elevéis la voz y cantéis los venturosos himnos del espíritu. Llegad a ser como los pájaros que Le ofrendan su gratitud, y en los florecientes vergeles de la vida entonad tales melodías que hagan deslumbrarse las mentes de aquellos que saben. Izad una enseña sobre las más altas cumbres del mundo, una bandera del favor de Dios que ondee y flamee a los vientos de Su gracia; plantad en el campo de la vida, en medio de las rosas de este mundo visible, un árbol que produzca frutos frescos y fragantes.

Juro por el verdadero Maestro que, si actuáis de acuerdo con las advertencias de Dios que han sido reveladas en Sus luminosas Tablas, este oscuro polvo reflejará el Reino del cielo, y este mundo inferior, el dominio del Todoglorioso.

¡Oh amados del Señor! Alabado sea Él, pues os envuelven por todos lados las invisibles y anegantes mercedes del Sol de la Verdad, y en todas direcciones están entreabiertas las puertas de Su misericordia. Ahora es el momento de aprovechar estas dádivas y obtener beneficio de ellas. Conoced la valía de este momento; no dejéis que se os escape esta oportunidad. Permaneced absolutamente libres de lo que atañe a este oscuro mundo y daos a conocer por los atributos de aquellas esencias que residen en el Reino. Entonces veréis cuán intensa es la gloria del Sol celestial y cuán deslumbrantes son las señales de la munificencia que proviene del dominio invisible.