¡Oh leales siervos de la Antigua Belleza! En todo ciclo y dispensación, la fiesta ha sido aprobada y amada, y ha sido considerado un acto loable disponer la mesa para los amados de Dios. Tal es particularmente el caso, hoy en día, en esta incomparable dispensación, en esta muy generosa edad, cuando esta fiesta es sobremanera aclamada, pues verdaderamente se cuenta entre las reuniones que se celebran para adorar y glorificar a Dios. En ella se entonan los sagrados versículos, las odas y las loas, y el corazón se vivifica y se despega del yo.
El propósito primordial es encender estas emociones del espíritu, pero al mismo tiempo resulta natural que los presentes participen de los alimentos, para que el mundo del cuerpo pueda reflejar el mundo del espíritu y la carne adquiera las cualidades del alma; y así como se hallan aquí en profusión los deleites espirituales, también se hallan los deleites materiales.
Dichosos sois por observar esta norma, con todos sus significados místicos, manteniendo así alertas y atentos a los amigos de Dios, y trayéndoles paz interior y alegría.
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