Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh fénix de aquella llama inmortal que está encendida en el Árbol Sagrado! Bahá’u’lláh –que mi vida, mi alma y mi espíritu sean ofrendados en sacrificio por Sus humildes siervos–, durante Sus últimos días en la tierra, ha hecho la muy categórica promesa de que, mediante las efusiones de la gracia de Dios y el apoyo y ayuda otorgados desde Su Reino de lo alto, surgirán almas y aparecerán seres santos que, como estrellas, adornarán el firmamento de la divina guía; iluminarán el amanecer de la bondad y munificencia; manifestarán los signos de la unidad de Dios; brillarán con la luz de la santidad y la pureza; recibirán en su plena medida la inspiración divina; portarán en alto la sagrada antorcha de la fe; se mantendrán firmes como la roca e inamovibles como la montaña, y crecerán hasta llegar a ser lumbreras en los cielos de Su Revelación, grandes canales de Su gracia, instrumentos para el otorgamiento del munífico cuidado de Dios, anunciadores que manifestarán el nombre del único Dios verdadero y constructores de los supremos cimientos del mundo.

Ellos laborarán incesantemente, de día y de noche; no harán caso de aflicciones ni de infortunios; no se permitirán tregua en sus esfuerzos, no buscarán descanso, desestimarán toda holgura y comodidad y, desprendidos e impolutos, consagrarán cada fugaz momento de sus vidas a la difusión de la fragancia divina y a la exaltación de la santa Palabra de Dios. Sus rostros irradiarán regocijo celestial y sus corazones estarán llenos de felicidad. Sus almas estarán inspiradas y sus cimientos serán firmes. Se dispersarán por el mundo y viajarán por todas las regiones. Alzarán la voz en todas las asambleas y adornarán y vivificarán todas las reuniones. Hablarán en todas las lenguas e interpretarán todos los significados ocultos. Revelarán los misterios del Reino y manifestarán los signos de Dios a todos. Arderán luminosos como un cirio en el corazón de toda asamblea y, como una estrella, fulgurarán en todo horizonte. Las suaves brisas provenientes del jardín de sus corazones perfumarán y vivificarán las almas de los hombres, y las revelaciones de sus mentes, al igual que la lluvia, infundirán nuevo vigor a los pueblos y naciones del mundo.

Estoy esperando, esperando ansiosamente que aparezcan esos seres santos; y, sin embargo, ¿cuánto más demorarán en llegar? Mi oración y mi ardiente súplica, al anochecer y al amanecer, es que estas estrellas radiantes derramen pronto su luminosidad sobre el mundo, que sus sagrados semblantes sean descubiertos a los ojos mortales, que las huestes de asistencia divina alcancen su victoria y que las olas de la gracia, levantándose desde Sus océanos de lo alto, se derramen sobre toda la humanidad. Orad vosotros también y suplicadle que, mediante la munífica ayuda de la Antigua Belleza, esas almas sean reveladas a los ojos del mundo.

La gloria de Dios sea contigo y con aquel cuyo rostro está iluminado con esa luz sempiterna que brilla en Su Reino de Gloria.