¡Oh sierva de Dios! [...] Las madres deben recibir las Enseñanzas divinas y consejo eficaz, y se les debe alentar y hacer deseosas de enseñar a sus hijos, ya que la madre es la primera educadora del niño. Es ella quien debe, desde el comienzo mismo, amamantar al recién nacido en el pecho de la Fe de Dios y de la Ley de Dios, para que el amor divino entre en él junto con la leche de la madre y le acompañe hasta su último suspiro.
Si la madre no enseña a sus hijos ni les encamina hacia un modo apropiado de vida, la instrucción que reciban posteriormente no ejercerá efecto en forma plena. Incumbe a las Asambleas Espirituales proporcionar a las madres un programa bien trazado para la educación de los niños, que muestre cómo, desde la infancia, hay que preocuparse del niño y enseñarle. Deben darse estas instrucciones a todas las madres para que sirvan de guía, a fin de que cada una instruya y críe a sus hijos de acuerdo con las Enseñanzas.
Así, estas tiernas plantas del jardín del amor de Dios crecerán y florecerán al calor del Sol de la Verdad, por efecto de los suaves vientos primaverales del Cielo y la mano guiadora de la madre. Así, en el Paraíso de Abhá, cada una llegará a ser un árbol cargado de arracimados frutos y en esta nueva y maravillosa estación cada una, debido a las dádivas de la primavera, llegará a estar poseída de toda belleza y absoluta gracia.
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