Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh amados luminosos y siervas del Misericordioso! Cuando se había extendido sobre la tierra la sombría noche de la ignorancia, la negligencia hacia el mundo divino y el estar apartado de Dios como por un velo, despuntó una mañana luminosa y una luz naciente encendió el cielo del levante. Entonces apareció el Sol de la Verdad y sobre el Oriente y el Occidente fueron derramados los esplendores del Reino. Aquellos que tenían ojos para ver se regocijaron con las buenas nuevas y exclamaron: “¡Bienaventurados somos, bienaventurados somos!” y presenciaron la realidad interior de todas las cosas y descubrieron los misterios del Reino. Librados, entonces, de sus fantasías y sus dudas, vieron la luz de la verdad y tanto se extasiaron al apurar el cáliz del amor de Dios, que se olvidaron completamente del mundo y de sí mismos. Danzando de alegría, se dirigieron presurosos al lugar de su propio martirio y perdieron la cabeza y el corazón allí donde los hombres mueren por amor.

Pero aquellos cuyos ojos no ven, asombrados ante este tumulto, gritaban: “¿Dónde está la luz?”, y además: “¡No vemos ninguna luz! ¡No vemos ningún sol naciente! Aquí no hay verdad. Esto es sólo fantasía y nada más”. Como murciélagos huyeron hacia la oscuridad subterránea y allí, para su modo de pensar, encontraron cierto grado de seguridad y de paz.

Sin embargo, esto es sólo el comienzo del amanecer, y el calor del ascendente Astro de la Verdad no está aún en la plenitud de su fuerza. Una vez que el sol se haya elevado a su apogeo, sus fuegos arderán de tal modo que conmoverán hasta lo que repta bajo la tierra; y aunque no les es posible contemplar la luz, serán puestos en frenético movimiento por efecto del calor.

Por tanto, oh amados de Dios, dad gracias porque, en el día del amanecer, habéis vuelto el rostro hacia la Luz del Mundo y habéis visto sus esplendores. Habéis recibido una parte de la luz de la verdad, habéis disfrutado de una porción de aquellas bendiciones que perduran por siempre; y, por consiguiente, en agradecimiento por esta merced, no descanséis ni un solo momento ni permanezcáis silenciosos; transmitid a los oídos de los hombres las buenas nuevas del Reino, difundid por doquier la Palabra de Dios.

Actuad de acuerdo con los consejos del Señor; es decir, empeñaos de tal manera y con tales cualidades como para dotar de alma viviente el cuerpo de este mundo y conducir a su edad adulta a este pequeño niño que es la humanidad. Mientras os sea posible, encended un cirio de amor en cada reunión y regocijad y animad con ternura a todo corazón. Cuidad de los extraños como si fuera de los vuestros; demostrad a las almas de otros la misma bondad que dispensáis a vuestros fieles amigos. Si alguien llega a golpearos, tratad de ganar su amistad; si alguien os apuñala el corazón, sed un ungüento curativo para sus llagas; si alguien os insulta o se ríe de vosotros, recibidle con amor. Si alguno os inculpa, alabadle; si os ofrece un veneno mortal, dadle a cambio la más selecta miel; y si amenaza vuestra vida, concededle un remedio que le sane para siempre. Si él es el dolor mismo, sed su medicina; si es espinas, sed sus rosas y hierbas fragantes. Acaso tales modales y palabras de parte vuestra hagan que este oscuro mundo se ilumine al fin y hagan que esta polvorienta tierra se vuelva celestial, y este diabólico lugar de encarcelamiento se convierta en un palacio real del Señor, de modo que la guerra y la lucha queden atrás y ya no existan más, y el amor y la confianza levanten sus tiendas en las cumbres del mundo. Tal es la esencia de las recomendaciones de Dios; tales son, en suma, las enseñanzas para la Dispensación de Bahá.