Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh almas bienaventuradas! La carta que habéis escrito a Raḥmatu’lláh ha sido cuidadosamente leída. Muchas y diversas han sido las gozosas nuevas que da a conocer, es decir, que a través del poder de la fe y la constancia en la Alianza se han convocado numerosas reuniones y los amados están afanosos y activos en todas partes.

El ardiente deseo de ‘Abdu’l-Bahá ha sido siempre que el suelo de ese venerado lugar, el cual en los tempranos días de la Causa fue refrescado y reverdecido con las lluvias primaverales de la gracia, florezca y se desarrolle a un punto tal como para colmar a todo corazón de alegría.

Loado sea el Señor, porque la Causa de Dios ha sido proclamada y promovida por todo el Oriente y Occidente, de un modo tal que ninguna mente hubiera concebido jamás que las suaves fragancias del Señor perfumarían tan rápidamente todas las regiones. Ello, en verdad, se debe sólo a las consumadas dádivas de la siempre Bendita Belleza, Cuya gracia y Cuyo triunfante poder se reciben en abundancia una y otra vez.

Uno de los maravillosos acontecimientos que han sucedido últimamente es que el edificio del Mashriqu’l-Adhkár está siendo erigido en el corazón mismo del continente norteamericano, y que numerosas almas de las regiones vecinas están contribuyendo para la construcción de este santo Templo. Entre ellas se encuentra una dama sumamente estimada de la ciudad de Manchester que se ha sentido impulsada a ofrecer su cuota.

Al no poseer bienes ni riqueza material, con sus propias manos se cortó los delicados, los largos y preciosos cabellos que con tanta gracia le adornaban la cabeza y los puso en venta, a fin de que su precio sirviera para promover la causa del Mashriqu’l-Adhkár.

Considerad que aunque a los ojos de las mujeres nada es más precioso que los abundantes y ondulados bucles, con todo, aquella muy honorable dama ha mostrado tan excepcional y hermoso espíritu de abnegación.

Y aunque ello no era lo que se pedía, ni ‘Abdu’l-Bahá hubiera consentido semejante acción, con todo, como tal hecho manifiesta tan elevado y noble espíritu de devoción, Él se sintió profundamente emocionado. ¡Siendo tan precioso el cabello a la vista de las mujeres de Occidente, aun más precioso que la vida misma, con todo, ella lo ofreció en sacrificio por la causa del Mashriqu’l-Adhkár!

Se dice que cierta vez, en los días del Apóstol de Dios, Él expresó Su deseo de que un ejército avanzara en una cierta dirección, y se permitió a los fieles recaudar contribuciones para la guerra santa. Entre muchos, había un hombre que donó mil camellos, cada uno cargado con trigo; otro que entregó la mitad de sus bienes, y un tercero que ofreció todo lo que tenía. Pero una mujer entrada en años, cuya única posesión era un puñado de dátiles, llegó hasta el Apóstol y puso a sus pies su humilde contribución. Acto seguido, el Profeta de Dios –que mi vida sea ofrendada como un sacrificio por Él– ordenó que este puñado de dátiles fuese colocado por encima de todas las contribuciones que se habían reunido, aseverando así el mérito y superioridad de éste sobre todo lo demás. Esto fue hecho porque aquella anciana no tenía otra posesión terrenal más que ésta.

Y de la misma manera, esta estimada dama no tenía nada más para contribuir fuera de sus preciosos cabellos y los sacrificó gloriosamente por la causa del Mashriqu’l-Adhkár.

¡Meditad y reflexionad acerca de cuán fuerte y potente ha llegado a ser la Causa de Dios! Una mujer de Occidente ha ofrendado su cabello para la gloria del Mashriqu’l-Adhkár.

Es más, esto no es sino una lección para aquellos que entienden.

En conclusión, estoy gratamente complacido con los amados de Najaf-Ábád ya que, desde los primeros albores de la Causa hasta este día, todos y cada uno de ellos han mostrado, en todas las condiciones, un gran espíritu de abnegación.

Durante toda su vida, Zaynu’l-Muqarrabín ha orado con toda la sinceridad de su alma inmaculada en favor de los creyentes de Najaf-Ábád, y ha implorado para ellos la gracia de Dios y Su divina confirmación.

Alabado sea el Señor porque han sido respondidas las oraciones de esta alma benévola, ya que sus efectos se hallan manifiestos por doquier.