Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh cirio encendido! Tu carta ha sido recibida. Su contenido infundió una gran alegría espiritual, pues se hallaba lleno de sentimientos espirituales y expresaba la atracción de tu corazón, la devoción al Reino de Dios y el amor por Sus divinas enseñanzas.

Ciertamente, manifiestas un elevado empeño, tienes un propósito puro y santificado, no deseas sino el beneplácito de Dios, no buscas otra cosa que no sea la obtención de ilimitadas dádivas y estás ocupado en la promulgación de las enseñanzas divinas y en la elucidación de abstrusos problemas metafísicos. Es mi esperanza que, con el favor de Bahá’u’lláh, tú y tu respetada esposa aumentéis diariamente vuestra firmeza y constancia, para que en ese exaltado país lleguéis a ser dos estandartes enarbolados y dos luces resplandecientes.

Serían muy aceptables viajes amplios en el mes de octubre, hacia el Norte, Sur, Este y Oeste, en compañía de ese cirio del amor de Dios que es la Sra. Maxwell. Espero que ella se recupere completamente; esta amada sierva de Dios es como una llama de fuego, y día y noche no piensa en otra cosa que no sea el servicio a Dios. Por ahora viajad por los estados del Norte, y en el invierno dirigíos con premura hacia los estados del Sur. Vuestro servicio debe consistir en disertaciones elocuentes ofrecidas en reuniones en las cuales podáis promulgar las enseñanzas divinas. En lo posible, emprended en algún momento un viaje a las islas Hawai.

Los acontecimientos que han ocurrido fueron todos consignados hace cincuenta años en las Tablas de Bahá’u’lláh, las cuales han sido impresas, publicadas y divulgadas por todo el mundo. Las enseñanzas de Bahá’u’lláh son la luz de esta época y el espíritu de este siglo. Exponed cada una de ellas en todas las reuniones.

La primera es la investigación de la verdad.

La segunda, la unicidad del género humano.

La tercera, la paz universal.

La cuarta, la concordancia entre la ciencia y la revelación divina.

La quinta, el abandono de los prejuicios raciales, religiosos, mundanos y políticos, prejuicios que destruyen los fundamentos de la humanidad.

La sexta es la rectitud y la justicia.

La séptima, el mejoramiento de la conducta y la educación celestial.

La octava, la igualdad de los dos sexos.

La novena, la difusión del conocimiento y la educación.

La décima, las cuestiones económicas.

Y así sucesivamente. Esfuérzate para que las almas alcancen la luz de la guía y se aferren a la orla de Bahá’u’lláh.

La carta que incluiste fue leída con detenimiento. Cuando el alma del hombre es refinada y purificada, se establecen vínculos espirituales, y de estos lazos se producen sensaciones percibidas por el corazón. El corazón humano se parece a un espejo. Cuando está pulido, los corazones humanos están en sintonía y se reflejan unos en otros, y de este modo se generan emociones espirituales. Es como el mundo de los sueños, donde el hombre está desprendido de las cosas tangibles y experimenta aquellas que son del espíritu. ¡Qué asombrosas leyes intervienen y qué notables descubrimientos se realizan! Y puede ser que incluso se produzcan comunicaciones detalladas. [...]

Finalmente, espero que en Chicago los amigos lleguen a estar unidos e iluminen esa ciudad, pues allí apareció la aurora de la Causa, y en ello reside su prioridad sobre otras ciudades. Por tanto, debe ser tenida en especial consideración; para que quizá, Dios mediante, se libre de todas las aflicciones espirituales, alcance perfecta salud y llegue a ser un centro de la Alianza y del Testamento.