¡Oh amigos verdaderos! Vuestra carta fue recibida y trajo gran alegría. Alabado sea Dios porque habéis preparado un agasajo y establecido la fiesta que debe celebrarse cada diecinueve días. Toda reunión que se realice con el más grande amor, en la cual los asistentes vuelvan el rostro hacia el Reino de Dios, donde se hable de las Enseñanzas de Dios y cuyo motivo sea hacer progresar a los presentes: esa reunión es del Señor y esa mesa festiva ha descendido del cielo.
Es mi esperanza que se celebre esta fiesta uno de cada diecinueve días, puesto que os hace acercaros más unos a otros; es la fuente misma de la unidad y bondad.
Observáis hasta qué punto se halla el mundo en continuo tumulto y conflicto y a qué extremo han llegado ahora sus naciones. Ojalá que los amantes de Dios logren enarbolar el pabellón de la unidad humana, para que el tabernáculo unicolor del Reino del Cielo proyecte su sombra protectora sobre toda la tierra; desaparezcan los malentendidos entre los pueblos del mundo; todas las naciones se mezclen entre sí, y unas con otras actúen como el amante con su amado.
Es vuestro deber ser bondadosísimos con todo ser humano y desearle el bien; trabajar por la edificación de la sociedad; inspirar en los muertos el hálito de vida; actuar en conformidad con las instrucciones de Bahá’u’lláh y transitar por Su camino: hasta que convirtáis el mundo del hombre en el mundo de Dios.
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