Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh amante del género humano! Se ha recibido tu carta, y ella habla, gracias a Dios, de tu salud y bienestar. Por tu respuesta a una carta anterior, se ve que se han establecido sentimientos de afecto entre tú y los amigos.

Uno debe ver en todo ser humano sólo aquello que sea digno de alabanza. Cuando se procede así, se puede ser amigo de toda la raza humana. Sin embargo, si miramos a la gente desde el punto de vista de sus faltas, entonces, ser amigo de ellos resulta una tarea tremenda.

Sucedió cierto día en el tiempo de Cristo –que la vida del mundo sea sacrificada por Él– que pasaba Él delante del cadáver de un perro, unos despojos nauseabundos, repugnantes, con sus miembros en putrefacción. Uno de los presentes dijo: “¡Qué insoportable hediondez!” Otro dijo: “¡Qué nauseabundo! ¡Qué asqueroso!”. En resumen, cada uno de ellos agregó algo a la lista.

Pero luego Cristo mismo habló, diciéndoles: “¡Mirad los dientes de ese perro! ¡Qué blancos lucen!”.

La mirada del Mesías, encubridora de los pecados, ni por un momento habló de lo repulsivo de esa carroña. El único elemento no abominable del cadáver de aquel perro muerto eran los dientes y Jesús se fijó en su brillo.

Así que al dirigir la mirada hacia otras personas, nos incumbe ver en qué destacan, no en qué fallan.

Alabado sea Dios, pues tu meta es promover el bienestar del género humano y ayudar a las almas a superar sus faltas. Esta buena intención producirá loables resultados.