¡Oh hijo del Reino! Tus gratísimas cartas, con su agradable estilo, siempre alegran nuestros corazones. Cuando el canto es del Reino, regocija el alma.
Da gracias a Dios, porque has viajado a ese país con el propósito de hacer oír Su Palabra y esparcir por doquier la santa fragancia de Su Reino, y porque estás sirviendo como un jardinero en los jardines del cielo. Dentro de poco tus esfuerzos serán coronados por el éxito.
¡Oh hijo del Reino! Todas las cosas son beneficiosas si están unidas al amor de Dios; y sin Su amor todas las cosas son dañinas y actúan como un velo entre el hombre y el Señor del Reino. Cuando está presente Su amor, toda amargura se vuelve dulce y toda dádiva produce un saludable placer. Por ejemplo, una melodía que es dulce al oído trae el verdadero espíritu de vida a un corazón enamorado de Dios; pero mancha de concupiscencia a un alma absorbida por los deseos sensuales. Y toda rama del conocimiento aunada con el amor de Dios es aprobada y es digna de alabanza; mas privada de Su amor, la ilustración es estéril y, en verdad, conduce a la demencia. Toda clase de conocimiento, toda ciencia, es como un árbol: si su fruto es el amor de Dios, entonces es un árbol bendito; mas si no lo es, ese árbol no es más que madera seca y tan sólo sirve para alimentar el fuego.
¡Oh leal siervo de Dios y sanador espiritual del hombre! Cuando atiendas a un paciente, dirige el rostro hacia el Señor del Reino celestial, pide al Espíritu Santo que venga en tu ayuda y luego cura la enfermedad.
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