Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh llama del amor de Dios! Lo que has escrito ha traído gran alegría, pues tu carta es como un jardín desde el cual las rosas de significados interiores difunden por doquier las fragantes exhalaciones del amor de Dios. Del mismo modo, mis respuestas servirán de lluvia y rocío para conferir la mayor frescura y la más delicada belleza que puedan expresar las palabras a esas plantas espirituales que han florecido en el jardín de tu corazón.

Has escrito acerca de las aflictivas pruebas que te han acosado. Para el alma leal, una prueba no es sino la gracia y el favor de Dios; pues el valiente acomete con alegría la furiosa batalla en el campo de la angustia, cuando el cobarde, lloriqueando de miedo, tiembla y se estremece. Así también el estudiante apto, que con gran competencia ha llegado a dominar sus materias y las ha aprendido de memoria, en el día de la prueba exhibirá feliz sus destrezas frente a sus examinadores. Y así también el oro sólido brillará esplendorosamente y resplandecerá en el fuego del crisol.

Es evidente, entonces, que las pruebas y tribulaciones no son, para las almas santificadas, sino la munificencia y la gracia de Dios, mientras que para los débiles son una calamidad inesperada y repentina.

Estas pruebas, tal como has escrito, no hacen más que limpiar las manchas del yo del espejo del corazón, hasta que el Sol de la Verdad pueda verter sus rayos sobre él, pues no hay velo más obstructivo que el yo y, por muy tenue que sea ese velo, al final excluirá completamente a la persona, privándola de su parte de la gracia eterna.

¡Oh arrobada sierva del Señor! Cuando los creyentes, hombres y mujeres, pasan en mi pensamiento por delante de mis ojos, me siento abrigado por el fuego del amor de Dios, y ruego que el Todopoderoso socorra a esas almas santas con Sus huestes invisibles. Alabado sea el Señor, porque ahora se han cumplido claramente las profecías de todas Sus Manifestaciones en éste el más grande de todos los días, en esta santa y bendita época.

¡Oh arrobada sierva de Dios! La cercanía es ciertamente del alma, no del cuerpo; y la ayuda que se implora, y la ayuda que llega, no es material sino del espíritu; no obstante, es mi esperanza que alcances la cercanía en todo sentido. Las dádivas de Dios ciertamente rodean a un alma santificada como la luz del sol envuelve la luna y las estrellas: ten seguridad de ello.

Transmite a cada uno de los creyentes, hombres y mujeres por igual, de parte de ‘Abdu’l-Bahá, los fragantes hálitos de santidad. Inspírales a todos e ínstales a difundir las perfumadas fragancias del Señor.