¡Oh bienamada sierva de Dios! Aunque la pérdida de un hijo es, en verdad, algo desgarrador y está más allá del límite de lo que un ser humano puede soportar, alguien que sabe y comprende tiene la seguridad de que el hijo no ha sido perdido sino que, más bien, ha pasado de éste a otro mundo, y que le encontrará en el dominio divino. Esa reunión será para la eternidad, mientras que en este mundo la separación es inevitable y causa un ardiente dolor.
Loado sea Dios porque tienes fe y diriges el rostro hacia el Reino sempiterno, y crees en la existencia de un mundo celestial. Por tanto, no te acongojes, ni languidezcas, ni suspires, ni te quejes, ni llores; pues la agitación y el duelo afectan profundamente a su alma en el dominio divino.
Ese amado hijo tuyo se dirige a ti desde el mundo oculto: “Oh madre bondadosa, agradece a la divina Providencia porque he sido liberado de una jaula pequeña y oscura y, como las aves de las praderas, me he remontado hasta el mundo divino: un mundo espacioso, iluminado y siempre alegre y jubiloso. Por tanto, no te lamentes, oh madre, y no te apenes; yo no soy de los que se han perdido, ni he sido aniquilado, ni destruido. Me he despojado de la forma mortal y he izado mi enseña en este mundo espiritual. A continuación de esta separación está la compañía imperecedera. Tú me encontrarás en el cielo del Señor, inmerso en un océano de luz”.
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