Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

236

¡Oh mi Dios, Tú que conduces al buscador hacia el camino recto, que rescatas al alma ciega y extraviada de los páramos de la perdición; Tú que confieres a los sinceros grandes dádivas y favores, que proteges a los temerosos dentro de Tu inexpugnable refugio, que respondes desde Tu altísimo horizonte al lamento de aquellos que Te elevan sus súplicas! ¡Alabado seas, oh mi Señor! Tú has rescatado a los distraídos de la muerte de la incredulidad, y a los que se acercan a Ti los has llevado hasta la meta del viaje; a los que tienen certeza de entre Tus siervos los has alegrado concediéndoles sus más preciados deseos, y, desde Tu Reino de Belleza, has abierto ante la faz de los que Te anhelan las puertas de la reunión, y los has salvado del fuego de la pérdida y la privación, de modo que han corrido hacia Ti, han alcanzado Tu presencia, han llegado a Tu puerta acogedora y han recibido una porción abundante de dádivas.

¡Oh mi Señor! Estaban sedientos; Tú acercaste a sus labios resecos las aguas de la reunión. ¡Oh Señor de Ternura! ¡Oh Donador! Tú calmaste su dolor con el bálsamo de Tu munificencia y Tu gracia, y curaste sus dolencias con la medicina suprema de Tu compasión. ¡Oh Señor! Haz firmes sus pasos en Tu recto sendero, agrándales el ojo de la aguja y haz que, ataviados con mantos reales, marchen gloriosos por siempre jamás.

En verdad, Tú eres el Generoso, el Eterno Dador, el Preciado, el Más Generoso. No hay otro Dios más que Tú, el Fuerte, el Poderoso, el Exaltado, el Victorioso.

¡Oh mis amados espirituales! Alabado sea Dios, porque habéis descorrido los velos y reconocido al Bienamado compasivo y os habéis alejado presurosos de esta morada al dominio sin lugar. Habéis armado vuestras tiendas en el mundo de Dios y, para glorificar a Aquel que Subsiste por Sí mismo, habéis hecho oír vuestras dulces voces y habéis entonado cánticos que conmueven el corazón. ¡Bien hecho! ¡Mil veces bien hecho! Pues habéis visto la Luz que se ha manifestado, y en vuestro renacido ser habéis exclamado: “¡Bendito sea el Señor, el mejor de todos los creadores!”. Erais tan sólo criaturas en la matriz, luego fuisteis lactantes, y de un precioso pecho obtuvisteis la leche del conocimiento, luego llegasteis a vuestro pleno crecimiento y ganasteis la salvación. Ahora es el tiempo del servicio y de la servidumbre al Señor. Libraos de todo pensamiento que os distraiga, entregad el Mensaje con lengua elocuente, adornad vuestras asambleas con la alabanza al Amado, hasta que la munificencia descienda en arrolladores torrentes y vista al mundo con nuevo verdor y flores. Esta munificencia torrentosa son precisamente los consejos, recomendaciones, instrucciones y mandamientos de Dios Todopoderoso.

¡Oh mis amados! El mundo está envuelto en la densa oscuridad de una rebelión general y es barrido por un torbellino de odio. Son los fuegos de la malevolencia los que lanzan sus llamas hasta las nubes del cielo, es un torrente saturado de sangre el que rueda por las llanuras y desciende por las laderas de los montes, y nadie en toda la tierra puede hallar paz alguna. Por consiguiente, los amigos de Dios deben engendrar esa ternura que proviene del Cielo, y conferir amor en el espíritu a todo el género humano. Deben proceder con toda alma de acuerdo con los divinos consejos y recomendaciones; deben mostrar a todos bondad y buena fe; deben desear el bien a todos. Deben sacrificarse a sí mismos por sus amigos y desear buena suerte a sus enemigos. Deben consolar a los que tienen malas inclinaciones y tratar a sus opresores con bondadoso afecto. Deben ser como agua refrescante para el sediento y un remedio eficaz para el enfermo, un bálsamo curativo para el doliente y un solaz para todo corazón abrumado. Deben ser una luz de guía para quienes se han extraviado, un seguro conductor para los perdidos. Deben ser ojos videntes para el ciego, oídos sensibles para el sordo, vida eterna para el muerto y felicidad perpetua para el descorazonado.

Que voluntariamente se sometan a todo rey justo y que sean buenos ciudadanos para todo gobernante generoso. Que obedezcan al gobierno y no se mezclen en asuntos políticos, sino que se dediquen al perfeccionamiento del carácter y del comportamiento, y fijen su mirada en la Luz del mundo.