Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh sierva de Dios! Toda mujer que llega a ser la sierva de Dios supera en gloria a las emperatrices del mundo, pues está emparentada con Dios y su soberanía es sempiterna, en tanto que un puñado de polvo borrará el nombre y la fama de aquellas emperatrices. En otras palabras, tan pronto como descienden a la tumba quedan reducidas a la nada. Las siervas del Reino de Dios, en cambio, gozan de soberanía eterna, la cual no es afectada por el transcurso de las edades y generaciones.

Considera cuántas emperatrices han venido y se han ido desde el tiempo de Cristo. Cada una de ellas fue gobernante de un país, mas ahora se ha perdido todo rastro y nombre de ellas, mientras que María Magdalena, que tan sólo era una campesina y una sierva de Dios, aún brilla desde el horizonte de gloria sempiterna. Esfuérzate, por tanto, por continuar siendo la sierva de Dios.

Tú has encomiado la Convención. Esa Convención alcanzará gran importancia en el futuro, pues sirve al Reino divino y al mundo de la humanidad. Promulga la paz universal y sienta las bases de la unicidad de la humanidad; libra a las almas de prejuicios religiosos, raciales y mundanos, y las reúne a la sombra del pabellón unicolor de Dios. Por consiguiente, agradece a Dios por haber asistido a semejante Convención y haber escuchado las Enseñanzas divinas.