El maestro, cuando enseña, debe estar él mismo completamente encendido, para que sus palabras, como una llama de fuego, ejerzan influencia y consuman el velo del yo y la pasión. También debe ser totalmente humilde y sumiso para que otros sean edificados, y del todo abnegado y evanescente para que enseñe con la melodía del Concurso de lo alto; de lo contrario, su enseñanza no tendrá efecto.
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