¡Oh hijos e hijas del Reino! Agradecidas, las aves del espíritu sólo tratan de volar por los altos cielos y entonar su canto con maravilloso arte. Pero a las lastimosas lombrices sólo les gusta horadar el suelo y ¡qué gran esfuerzo hacen por sumirse en sus profundidades! Así también son los hijos de la tierra. Su más elevado objetivo es aumentar sus medios para seguir viviendo en este mundo que se desvanece, esta muerte en vida; y ello a pesar del hecho de que están atados de pies y manos por un millar de preocupaciones e infortunios, y nunca a salvo del peligro, ni siquiera por un abrir y cerrar de ojos; en ningún momento están seguros, ni siquiera contra una muerte repentina. Por consiguiente, después de un breve lapso, son borrados totalmente, y no queda ningún signo que hable de ellos y nunca más se oye palabra alguna de ellos.
Empeñaos, entonces, en alabar a Bahá’u’lláh, pues es por Su gracia y socorro que habéis llegado a ser hijos e hijas del Reino; es gracias a Él que ahora sois aves cantoras en los prados de la verdad y os habéis remontado hasta las alturas de la gloria eterna. Habéis hallado vuestro lugar en el mundo que no muere; sobre vosotros han soplado los hálitos del Espíritu Santo; habéis adoptado otra vida, habéis logrado entrar en el Umbral de Dios.
Por tanto, con gran alegría, estableced asambleas espirituales y dedicaos a proclamar la alabanza y la glorificación del Señor, y a llamarle Santo y Muy Grande. Elevad al dominio del Todoglorioso vuestro suplicante clamor para ayuda y expresad en todo momento una miríada de agradecimientos por haber ganado este abundante favor y esta gracia extraordinaria.
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