En cuanto a la pregunta referente al alma de un homicida y a cuál sería su castigo, la respuesta es que el homicida debe expiar su crimen: es decir, si dan muerte al homicida, su muerte es la expiación de su crimen y, después de su muerte, Dios en Su justicia no le impondrá una segunda pena, pues la justicia divina no lo permitiría.
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