¡Oh tú, que te has prosternado en oración ante el Reino de Dios! Bienaventurada eres, pues la belleza del Semblante divino ha arrobado tu corazón, y la luz de la sabiduría interior lo ha llenado por completo, y dentro de él brilla el esplendor del Reino. Has de saber que Dios está contigo en todas las circunstancias, te protege de los cambios y azares de este mundo, y te ha hecho sierva de su gran viña. [...]
En cuanto a tu estimado esposo, corresponde que le trates con la mayor bondad, que consideres sus deseos y que en todo momento seas conciliadora con él, hasta que él vea que, debido a que tú te has dirigido hacia el Reino de Dios, no han hecho sino aumentar tu ternura hacia él y tu amor a Dios, al igual que tu interés por sus deseos en todas las circunstancias.
Ruego al Todopoderoso que te mantenga consolidada firmemente en Su amor, difundiendo siempre los fragantes hálitos de la santidad por todas esas regiones.
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