Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh tú que estás atraído por los perfumados hálitos de Dios! He leído la carta que dirigiste a la Sra. Lua Getsinger. Realmente has examinado con gran cuidado las razones por las que penetran las enfermedades en el cuerpo humano. En efecto, los pecados son una poderosa causa de dolencias físicas. Si la humanidad estuviese libre de la contaminación del pecado y el descarrío, y viviese de acuerdo con un equilibrio natural, innato, sin seguir a dondequiera que le condujesen las pasiones, es innegable que las enfermedades no irían en aumento, ni se diversificarían con tal intensidad.

Mas el hombre, perversamente, ha continuado estando al servicio de sus apetitos lujuriosos, y no se ha contentado con alimentos simples. Más bien, se ha preparado alimentos compuestos de muchos ingredientes, de sustancias que difieran unas de las otras. Esto y la perpetración de acciones viles e indignas han absorbido su atención y han abandonado la templanza y la moderación de un modo de vida natural. El resultado ha sido la generación de enfermedades tan violentas como variadas.

Pues el animal, en lo que respecta a su cuerpo, está formado por los mismos elementos constitutivos que el hombre. Sin embargo, como el animal se contenta con alimentos simples, no trata de satisfacer, en una medida exagerada, sus insistentes impulsos y no comete pecado, sus dolencias son pocas en comparación con el hombre. Vemos claramente, por tanto, cuán poderosos son el pecado y la contumacia como factores patógenos. Una vez engendradas estas enfermedades, se combinan, se multiplican y se transmiten a los demás. Tales son las causas espirituales, interiores, de la enfermedad.

Sin embargo, el factor causante físico, externo, de la enfermedad es un trastorno del equilibrio, de la proporción balanceada de los elementos de que se compone el cuerpo humano. A modo de ilustración: el cuerpo del hombre es un compuesto de muchas sustancias constitutivas y cada componente se halla presente en una cantidad prescrita, contribuyendo al equilibrio esencial del conjunto. Mientras estos constituyentes permanezcan en la proporción debida, conforme al equilibrio natural del conjunto –es decir, que ningún componente sufra un cambio en su grado y equilibrio proporcionales, ningún componente sea aumentado o disminuido–, no habrá causa física para la aparición de enfermedades.

Por ejemplo, el almidón debe estar presente en una cantidad necesaria y el azúcar también. Siempre que cada uno de ellos permanezca en su proporción natural respecto del conjunto, no habrá motivo para la aparición de la enfermedad. Sin embargo, cuando estos elementos constitutivos varían en cuanto a sus debidas cantidades naturales –es decir, cuando aumentan o disminuyen–, ello, ciertamente, abre el camino a las enfermedades.

Esta cuestión requiere la más cuidadosa investigación. El Báb ha dicho que el pueblo de Bahá debe desarrollar la ciencia de la medicina en un grado tan elevado que cure las dolencias por medio de los alimentos. La razón fundamental de esto es que, si en alguna sustancia que compone el cuerpo humano se diera un desequilibrio que alterara su correcta proporción respecto del conjunto, este hecho inevitablemente daría como resultado la aparición de una enfermedad. Si, por ejemplo, se aumentara indebidamente el almidón o se disminuyeran los azúcares, una enfermedad pasa a tener influencia preponderante. Es función de un médico competente determinar qué constituyente del cuerpo de su paciente ha sufrido disminución y cuál ha aumentado. Una vez que lo haya descubierto, deberá prescribir un alimento que contenga, en cantidad considerable, el elemento disminuido, con el objeto de restablecer el equilibrio esencial del cuerpo. El paciente, una vez que se haya restituido el equilibrio de su constitución, se habrá librado de la enfermedad.

La prueba de esto es que, mientras los demás animales nunca han estudiado la ciencia médica, ni han realizado investigaciones acerca de enfermedades o medicina, tratamientos o curaciones, con todo, cuando uno de ellos es presa de alguna dolencia, la naturaleza lo guía, en los campos o desiertos, hacia la planta precisa que, al ser ingerida, librará al animal de su enfermedad. La explicación de ello es que si, por ejemplo, la proporción de azúcar ha disminuido en el cuerpo del animal, según una ley natural, al animal le apetece una hierba rica en azúcar. Luego, por un impulso natural, que es el apetito, entre un millar de diferentes variedades de plantas que hay en el campo, el animal descubrirá e ingerirá aquella hierba que contiene azúcar en gran cantidad. Así se restablece el equilibrio esencial de las sustancias que componen el cuerpo del animal y éste se libra de su dolencia.

Esta cuestión requiere la más cuidadosa investigación. Cuando este tema sea examinado por médicos muy competentes, en profundidad, con minuciosidad y perseverancia, se verá claramente que la invasión de la enfermedad se debe a una alteración de las cantidades relativas de las sustancias componentes del cuerpo, que el tratamiento consistirá en la modificación de esas cantidades relativas, y que esto puede ser reconocido y posibilitado por medio de los alimentos.

Es indudable que en esta nueva y maravillosa edad, el desarrollo de la ciencia médica conducirá a que los médicos curen a sus enfermos con alimentos. Pues el sentido de la vista, el sentido del oído, del gusto, del olfato y del tacto son todos facultades discriminatorias, y su propósito es distinguir lo que es de provecho de lo que hace daño. Ahora bien, ¿es posible que el sentido humano del olfato, el sentido que diferencia los olores, encuentre repugnante algún olor y que ese olor sea beneficioso para el cuerpo humano? ¡Absurdo! ¡Imposible! Del mismo modo, ¿podría el cuerpo humano, a través de la facultad de la vista, la facultad diferenciadora de las cosas visibles, beneficiarse con la contemplación de una repugnante masa de excremento? ¡Nunca! Nuevamente, si al sentido del gusto, que es asimismo una facultad que selecciona y rechaza, le repugna alguna cosa, ello ciertamente no es beneficioso; y si al principio produce algún beneficio, a la larga quedará establecido su carácter dañino.

Y asimismo, cuando la constitución se encuentra en estado de equilibrio, no existe duda de que todo lo que gusta es beneficioso para la salud. Observa cómo un animal pasta en un campo donde existen un centenar de miles de clases de hierbas y pastos, y cómo huele los olores de las plantas con su sentido del olfato, y las prueba con su sentido del gusto; luego consume la hierba placentera a esos sentidos y obtiene provecho de ella. Si no fuera por este poder de selectividad, los animales morirían todos en un solo día, pues hay muchísimas plantas venenosas, y los animales nada saben de farmacopea. Y, sin embargo, observa qué balanza más segura tienen para distinguir lo bueno de lo perjudicial. Cualquier constituyente de su cuerpo que haya disminuido, pueden restituirlo buscando y consumiendo alguna planta que tenga abundante cantidad de ese elemento disminuido, y así se restablece el equilibrio de sus componentes corporales y se libran de su enfermedad.

En el momento en que médicos expertos hayan desarrollado la curación de enfermedades por medio de los alimentos, y prescriban comidas simples, y prohíban a la humanidad vivir como esclavos de sus apetitos lujuriosos, es seguro que disminuirá la incidencia de males crónicos y diversos, y que la salud general de la humanidad mejorará considerablemente. Esto está destinado a suceder. De igual manera, se producirán modificaciones universales en el carácter, la conducta y las costumbres de los hombres.