Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
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¡Oh tú que estás cautivado por la verdad y atraído por el Reino Celestial! Ha llegado tu extensa carta y ha traído gran alegría, ya que evidencia tus denodados esfuerzos y tus elevados propósitos. Alabado sea Dios, pues deseas el bien a los hombres, anhelas el Reino de Bahá y deseas ver avanzar a la raza humana. Es mi esperanza que a causa de estos altos ideales, estas nobles sugerencias del corazón y estas buenas nuevas del cielo, llegues a ser tan deslumbrante que la luz de tu amor a Dios derrame su gloria a lo largo de las edades.
Te has descrito a ti mismo como un estudiante de la escuela del progreso espiritual. ¡Eres afortunado! Si estas escuelas del progreso conducen a la universidad del cielo, entonces se desarrollarán ramas del conocimiento con las cuales la humanidad mirará la Tabla de la existencia como un pergamino que se despliega interminablemente; y todas las cosas creadas se verán en ese pergamino como letras y palabras. Entonces serán aprendidos los diferentes planos del significado y dentro de cada átomo del universo se presenciarán los signos de la unicidad de Dios. Entonces oirá el hombre el llamamiento del Señor del Reino y verá venir en su socorro las confirmaciones del Espíritu Santo. Entonces sentirá tal dicha, tal éxtasis, que ya no podrá contenerle el ancho mundo con toda su vastedad, y partirá hacia el Reino de Dios y se dirigirá de prisa al dominio del espíritu. Pues, una vez que el ave ha desarrollado alas, ya no permanece en tierra, sino que se remonta hacia el alto cielo, salvo aquellas aves que están atadas de una pata, o cuyas alas están quebradas o enlodadas.
¡Oh buscador de la verdad! El mundo del Reino es uno solo. La única diferencia es que la primavera regresa una y otra vez, y arma una nueva gran conmoción en todas las cosas creadas. Entonces el llano y la colina cobran vida, y los árboles se vuelven delicadamente verdes, y las hojas, las flores y los frutos aparecen en infinita y grácil belleza. Por lo cual las Dispensaciones de épocas pasadas están estrechamente relacionadas con aquellas que las suceden: en verdad, son una y la misma, mas a medida que crece el mundo, crece también la luz, crece también la lluvia de gracia celestial y entonces el Sol brilla con esplendor meridiano.
¡Oh buscador del Reino! Toda Manifestación divina es la vida misma del mundo y el hábil médico de cada alma doliente. El mundo del hombre está enfermo y ese Médico competente conoce la curación, por cuanto aparece con las enseñanzas, los consejos y recomendaciones que constituyen el remedio para todo dolor, el bálsamo curativo para toda herida. Es indudable que el médico sabio puede diagnosticar las necesidades de su paciente en cualquier época y aplicar la terapia. Por consiguiente, relaciona tú las Enseñanzas de la Belleza de Abhá con las urgentes necesidades de este día, y verás que proveen un remedio instantáneo para el cuerpo doliente del mundo. En efecto, ellas son el elixir que brinda salud eterna.
El tratamiento prescrito por los médicos sabios del pasado y por los que les sucedieron no es siempre el mismo, sino que depende más bien de lo que aqueja al paciente; y aunque el remedio cambie, el objetivo es siempre devolverle la salud al paciente. En dispensaciones pasadas, el débil cuerpo del mundo no podía resistir una cura rigurosa o enérgica. Por esta razón, Cristo dijo: “Aún tengo muchas cosas que deciros, asuntos que deben ser comunicados, mas no estáis preparados para oírlos ahora. Sin embargo, cuando venga el Espíritu Consolador, a Quien el Padre ha de enviar, Él os hará evidente la verdad”.
Por consiguiente, en esta edad de esplendores, las enseñanzas que antes estaban limitadas a unos pocos están ahora a disposición de todos, para que la misericordia del Señor abarque tanto el Oriente como el Occidente, para que surja la unidad del mundo de la humanidad en toda su belleza y para que los deslumbrantes rayos de la realidad inunden de luz el reino de la mente.
El descenso de la Nueva Jerusalén denota una Ley celestial, aquella Ley que es el garante de la felicidad humana y la refulgencia del mundo de Dios.
Emanuel fue sin duda el Heraldo de la Segunda Venida de Cristo y un Convocador al camino del Reino. Es evidente que la Letra es un miembro de la Palabra y esa calidad de miembro de la Palabra significa que la valía de la Letra depende de la Palabra, es decir, deriva su gracia de la Palabra; tiene una relación espiritual con la Palabra y se la considera parte integral de la misma. Los apóstoles eran como Letras y Cristo era la esencia de la Palabra misma; y el significado de la Palabra, que es gracia sempiterna, arrojaba esplendor sobre esas Letras. Por otra parte, ya que la Letra es un miembro de la Palabra, en su significado interior está en consonancia con la Palabra.
Es nuestro deseo que te dispongas en este día a promover lo que predijo Emanuel. Has de saber a ciencia cierta que lo lograrás, puesto que las confirmaciones del Espíritu Santo descienden continuamente y el poder de la Palabra ejercerá una influencia tal que la Letra llegará a ser el espejo en que se refleje el espléndido Sol –la Palabra misma– y la gracia y la gloria de la Palabra iluminarán la tierra entera.
Dirige tu atención a las santas Tablas; lee los Ishráqát, Tajallíyyát, las Palabras del Paraíso, las Buenas Nuevas, los Tarázát, el Libro Más Sagrado. Entonces verás que estas Enseñanzas celestiales son hoy el remedio para un mundo enfermo y doliente, y un bálsamo curativo para los males del cuerpo de la humanidad. Ellas son el espíritu de vida, el arca de salvación, el imán que atrae la eterna gloria, la fuerza dinámica que motiva el ser interior del hombre.
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