Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
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¡Oh mis amados espirituales! Cuando un océano de pruebas y tribulaciones se agitaba y lanzaba en alto sus olas, y las multitudes nos acosaban y los tiranos nos infligían demoledores agravios, entonces unos individuos empeñados en difamarnos se aliaron en banda con nuestro cruel hermano, publicaron un tratado lleno de cargos difamatorios, formulando acusaciones y calumnias contra nosotros.
De este modo alarmaron y confundieron a las autoridades gubernamentales, y es obvio cuál llegó a ser la condición de este cautivo, en esta ruinosa fortaleza, y qué terrible daño y perjuicio causaron, mucho peor de lo que las palabras puedan expresar. A pesar de todo, este prisionero sin hogar permaneció interiormente tranquilo y seguro, confiando en el Señor incomparable, anhelando todas las aflicciones con que hubiera de tropezar en la senda del amor de Dios. Pues, a nuestra vista, los dardos del odio no son más que un regalo de perlas de parte de Él y el veneno mortal no es sino un sorbo curativo.
Tal era nuestro estado cuando nos llegó una carta de los amigos de Norteamérica. Escribían que habían acordado permanecer completamente de acuerdo en todo, y cada uno de los signatarios se había comprometido a hacer sacrificios en el camino del amor de Dios, para así alcanzar la vida eterna. En cuanto fue leída esa carta, junto con las firmas al final de ella, ‘Abdu’l-Bahá experimentó un júbilo tan vehemente que ninguna pluma podría describir, y agradeció a Dios que en ese país hubieran surgido amigos que vivan en perfecta armonía, en el mejor compañerismo, en completo acuerdo, muy juntos y unidos en sus esfuerzos.
Cuanto más se fortalezca este pacto, tanto más alegres y tanto mejores serán todas las cosas, pues atraerá las confirmaciones de Dios. Si los amantes del Señor ansían la gracia de ganarse la amistad del Concurso de lo alto, deben hacer todo lo posible por fortalecer este pacto, pues una alianza semejante en aras de la hermandad y la unidad es como regar el Árbol de la Vida: es la vida sempiterna.
¡Oh amantes de Dios! Afirmad vuestros pasos, cumplid vuestra promesa unos para con otros; salid en armonía a esparcir por doquier los suaves aromas del amor de Dios y a establecer sus Enseñanzas, hasta que insufléis un alma en el cuerpo muerto de este mundo y llevéis verdadera curación a todos los dolientes, en los dominios físico y espiritual.
¡Oh amantes de Dios! El mundo es como un ser humano que está enfermo y muy débil, cuyos ojos ya no ven, cuyos oídos se han vuelto sordos y cuyos poderes en su totalidad están carcomidos y desgastados. Por consiguiente, los amigos de Dios deben ser médicos competentes que, siguiendo las santas Enseñanzas, cuiden a este paciente para restaurarle la salud. Dios mediante, quizá el mundo mejore y sane para siempre, y se renueven sus facultades consumidas, y su persona adquiera tal vigor, frescura y lozanía que resplandezca con encanto y donaire.
El primero de todos los remedios consiste en guiar rectamente a las gentes, a fin de que se vuelvan a Dios y escuchen Sus consejos, y salgan con oídos que oyen y ojos que ven. Una vez que se les ha suministrado esta poción de rápido efecto, entonces, de acuerdo con las Enseñanzas, deben ser encauzados hacia la adquisición de las características y la conducta del Concurso de lo alto y debe animárseles a tratar de alcanzar todas las mercedes del Reino de Abhá. Deben purificar sus corazones de la más leve huella de odio y rencor y proponerse ser veraces y honrados, conciliadores y amorosos para con todo el género humano, a fin de que, como dos amantes, Oriente y Occidente se abracen uno al otro, para que el odio y la hostilidad desaparezcan de la tierra y, en su lugar, arraigue firmemente la paz universal.
¡Oh amantes de Dios! Sed bondadosos con todos los pueblos; cuidad a todas las personas; haced cuanto podáis por purificar los corazones y las mentes de los hombres; esforzaos por llevar alegría a todas las almas. Sed una lluvia de gracia para cada prado y el agua de la vida para cada árbol; sed como perfumado almizcle para el sentido del olfato de la humanidad y una fresca y reparadora brisa para el doliente. Sed agua placentera para todos los sedientos, un guía cuidadoso para todos los que han perdido el camino; sed padre y madre para el huérfano, sed hijos e hijas cariñosas para los ancianos, sed un tesoro abundante para los pobres. Pensad que el amor y la buena camaradería son las delicias del cielo; pensad que la hostilidad y el odio son los tormentos del infierno.
No consintáis el descanso a vuestro cuerpo; por el contrario, laborad con toda el alma, y de todo corazón exclamad y rogad a Dios que os conceda Su socorro y gracia. Así haréis de este mundo el Paraíso de Abhá, y de este globo de tierra, el lugar donde se despliega el dominio de lo alto. Si tan sólo hacéis el esfuerzo, con seguridad brillarán estos esplendores, derramarán su lluvia estas nubes de misericordia, se levantarán y soplarán estos vientos vivificantes y este perfumado almizcle será difundido por doquier.
¡Oh amantes de Dios! No os preocupéis por lo que está sucediendo en este santo lugar, ni en modo alguno os alarméis. Todo cuanto suceda será para mejor, pues la aflicción no es sino la esencia de la generosidad, y el dolor y la fatiga son misericordia pura, y la angustia es paz de la mente, y hacer un sacrificio es recibir un don, y todo cuanto suceda procede de la gracia de Dios.
Por consiguiente, atended vuestras propias tareas: guiad a las gentes y educadlos en el modo de vida de ‘Abdu’l-Bahá. Entregad a la humanidad este jubiloso mensaje proveniente del Dominio de Abhá. No descanséis ni de día ni de noche; no busquéis tranquilidad ni por un instante. Esforzaos con toda vuestra capacidad por hacer oír a los hombres estas felices nuevas. En vuestro amor a Dios y vuestro apego a ‘Abdu’l-Bahá, aceptad toda tribulación, todo dolor. Soportad las mofas del agresor; tolerad los reproches del enemigo. Seguid los pasos de ‘Abdu’l-Bahá y, en el camino de la Belleza de Abhá, anhelad ofrendar la vida en todo momento. Resplandeced como el sol, sed inquietos como el mar; y al igual que las nubes del cielo derramad vida sobre campos y colinas y, como los vientos de abril, insuflad frescor en esos árboles humanos y haced que florezcan.
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