Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
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¡Oh muy queridos y amados por ‘Abdu’l-Bahá! Hace mucho tiempo que mi oído interior no ha oído ninguna dulce melodía de ciertas regiones, ni se ha alegrado mi corazón; y ello a pesar del hecho de que estáis siempre presentes en mis pensamientos y claramente visibles ante mis ojos. A punto de rebasar está la copa de mi corazón con el vino del amor que tengo por vosotros, y mi anhelo por veros fluye como el espíritu por mis arterias y venas. De ahí que es evidente cuán grande es mi aflicción. Actualmente, y durante toda esta tempestad de calamidades cuyas olas llegan al alto cielo, me lanzan crueles e incesantes dardos desde todas direcciones, y en todo momento aquí en la Tierra Santa se reciben noticias aterradoras, y cada día aporta su parte de horror. El Centro de la Sedición había imaginado que bastaba su arrogante rebelión para provocar la ruina de la Alianza y del Testamento; pensaba que bastaría eso para apartar a los rectos de la Santa Voluntad. Por ello distribuyó por todas partes sus panfletos de duda, tramando muchos planes secretos. Luego proclamaba que el edificio de Dios había sido destruido y se habían anulado Sus divinos mandamientos y, por consiguiente, quedaban abolidos la Alianza y el Testamento. Luego se ponía a suspirar y a quejarse de que era tenido prisionero y se le hacía pasar hambre y sed de día y de noche. Otro día armaba un alboroto diciendo que había sido negada la unicidad de Dios, ya que se había proclamado otra Manifestación antes de la expiración de mil años.
Cuando vio que sus calumnias no tenían efecto, gradualmente concibió un plan para incitar conmoción. Empezó a promover discordia y se puso a llamar a todas las puertas. Comenzó haciendo falsas acusaciones ante las autoridades del gobierno. Fue a hablar con algunos de los extranjeros, hizo amistad con ellos y preparó conjuntamente un documento y lo presentaron a la Sede del Sultanato, causando consternación a las autoridades. Entre las muchas acusaciones calumniosas estaba que este desventurado había izado el estandarte de la sublevación: una bandera con las palabras Ya Bahá’u’l-Abhá; que la había paseado por toda la campiña, llevándola a cada ciudad, a cada pueblo y aldea, e incluso entre las tribus del desierto, y que había convocado a todos los habitantes a unirse bajo esa bandera.
Líbrame, oh mi Señor, de siquiera pensar en semejante acto, el cual es contrario a todos los mandamientos de Bahá’u’lláh, y que de hecho sería una injusticia enorme que nadie sino un pecador consumado perpetraría jamás. Pues Tú nos has impuesto el deber de obedecer a los reyes y gobernantes.
Otra de sus calumnias era que el Santuario del Monte Carmelo era una fortaleza sólida e inexpugnable que yo había construido –cuando el edificio en construcción comprende seis habitaciones– y que lo había llamado Medina la Resplandeciente, en tanto que había designado a la Santa Tumba como Meca la Glorificada. Otra más de sus calumnias era que yo había establecido una soberanía independiente y que –¡no lo permita Dios!, ¡no lo permita Dios!, ¡no lo permita Dios!– había convocado a todos los creyentes a participar conmigo en esa enorme iniquidad. ¡Qué horrenda, oh mi Señor, es su calumnia!
Por otra parte, sostiene que, como el Sagrado Santuario ha llegado a ser un lugar visitado por peregrinos de todo el mundo, ello acarreará un gran daño a este gobierno y pueblo. Él, el Centro de la Sedición, asegura que no ha tenido ninguna participación en estos asuntos, que es un sunní de los sunníes y devoto seguidor de Abú-Bakr y de ‘Umar y que considera a Bahá’u’lláh tan sólo un hombre piadoso y un místico; todas estas cosas, dice, fueron puestas en marcha por este agraviado.
En resumen, fue designada una Comisión Investigadora por el Sultán, que la gloria de su reinado perdure. La Comisión viajó a este país e inmediatamente después de su arribo se trasladó a la casa de uno de los acusadores. Luego citó al grupo que, conjuntamente con mi hermano, había preparado el documento acusatorio y les preguntó si se trataba de la verdad. El grupo explicó el contenido del documento, declarando que todo lo que se había informado en él no era sino la verdad y agregó otras acusaciones. Así actuaron al mismo tiempo como demandantes, testigos y juez.
La Comisión ha regresado ahora a la sede del Califato y diariamente llegan desde esa ciudad noticias de naturaleza por demás aterradora. Sin embargo, gracias a Dios, ‘Abdu’l-Bahá permanece sereno e imperturbable. Contra nadie tengo animadversión por esa difamación. He hecho que todos mis asuntos estén condicionados a Su irresistible Voluntad y realmente espero ofrendar mi vida en completa felicidad, y estoy preparado para soportar cualquier penosa aflicción que me esté reservada. Gracias a Dios, los amorosos creyentes también aceptan la Voluntad de Dios y permanecen sumisos a ella, contentos con ella, radiantemente aquiescentes, ofreciendo gratitud.
El Centro de la Sedición ha imaginado que tan pronto como se haya derramado la sangre de este agraviado, haya sido abandonado en las vastas arenas del desierto o ahogado en el mar Mediterráneo –anónimo, desaparecido sin dejar rastro, sin nadie que hable de mí– tendrá entonces por fin el campo abierto donde dar rienda suelta a su corcel y, con su mazo de mentiras y dudas, dar un fuerte golpe a la pelota de sus ambiciones y llevarse el premio.
¡Todo lo contrario! Pues aun si la perfumada fragancia del almizcle de la fidelidad se esfumara sin dejar el menor rastro, ¿quién se sentiría atraído por el hedor de la perfidia? Y aun si alguna gacela del cielo fuese despedazada por los perros y los lobos, ¿quién correría en busca de un lobo hambriento? Incluso si llegara a su término el día del Ruiseñor Místico, ¿quién prestaría oídos al graznido del cuervo o al grajeo de la corneja? ¡Qué vana suposición la suya! ¡Qué necia presunción! “Sus obras son como el vapor del desierto que el sediento imagina que es agua, hasta que al llegar a él, no encuentra nada”.
¡Oh amados de Dios! Afirmad el pie y tened fijo el corazón, y por el poder del auxilio de la Bendita Belleza comprometeos con vuestro objetivo. Servid a la Causa de Dios. Enfrentad a todas las naciones del mundo con la constancia y la resistencia del pueblo de Bahá, para que todos los hombres queden asombrados y pregunten cómo es que vuestros corazones son como manantiales de confianza y de fe y como minas tan ricas en el amor de Dios. Sed así para que no falléis ni vaciléis con estas tragedias de Tierra Santa; no dejéis que estos terribles sucesos os desanimen. Y si todos los creyentes fuesen pasados por la espada y quedara solamente uno, que ése clame en el nombre del Señor y refiera las gozosas nuevas; que ése proceda a enfrentar a todos los pueblos de la tierra.
No miréis los espantosos sucesos de este Punto Iluminado. La Tierra Santa está en peligro en todo momento, y aquí la marea de las calamidades está siempre alta; pues esta llamada se ha oído ahora en todo el mundo y su fama ha llegado hasta los confines de la tierra. A ello se debe que los enemigos, tanto de adentro como de afuera, se han puesto a difundir calumnias con sutileza y astucia. Es evidente que un lugar como éste ha de estar expuesto al peligro, pues no hay ningún defensor aquí, nadie que esté dispuesto a tomar partido por nosotros frente a la calumnia; aquí hay sólo unas pocas almas sin hogar, desventuradas, cautivas en esta fortaleza. No tienen paladín; no hay nadie que las socorra, nadie que pare las saetas de mentiras, los dardos de difamación que les son arrojados: nadie a excepción de Dios.
Os incumbe reflexionar acerca de todos los bienamados que partieron presurosos al santo campo del sacrificio, las preciosas almas que ofrendaron su vida. Tened en cuenta los torrentes de sagrada sangre que fueron derramados, cuántos corazones virtuosos se mezclaron con su propia sangre, cuántos pechos fueron blanco de la lanza de la tiranía, cuántos cuerpos castos fueron despedazados. ¡Cómo iba a ser justo que siquiera pensáramos en salvarnos! ¡Buscar favores adulando a extraños y parientes y simular acuerdo! ¿No debiéramos, más bien, tomar el camino de los rectos y seguir los pasos de los grandes que antes han sido?
Estos pocos y breves días han de pasar; esta vida presente desaparecerá de nuestra vista; las rosas de este mundo dejarán de ser frescas y hermosas; ha de languidecer y desaparecer el jardín de los triunfos y delicias de esta tierra. La primavera de la vida dará paso al otoño de la muerte; el vivaz regocijo de los salones palaciegos ha de ceder paso a la oscuridad del sepulcro, sin luna. Por consiguiente, nada de esto es digno de ser amado en absoluto y a esto el sabio no fija su corazón.
El que tiene conocimiento y poder tratará más bien de encontrar la gloria del cielo, la distinción espiritual y la vida imperecedera. Y tal hombre anhela aproximarse al sagrado Umbral de Dios; pues en la taberna de este mundo fugaz el hombre de Dios no se emborracha, ni siquiera descansa un momento, ni se mancha con ningún afecto a esta vida terrenal.
Es más, los amigos son estrellas en los altos cielos de la guía, cuerpos celestes en los firmamentos de la gracia divina, que con todos sus poderes ponen en fuga la oscuridad. Echan abajo los cimientos de la malevolencia y el odio. Abrigan un solo deseo para el mundo y todos sus pueblos: bienestar y paz. Por ellos son derribados los baluartes de la guerra y la agresión. Son veraces y honrados en sus negocios y su objetivo es la amistad, y son bondadosos aun con un enemigo cruel; hasta que al final transformen esta cárcel de traición, el mundo, en una mansión de máxima confianza, y conviertan esta prisión de odio, malevolencia y rencor en el Paraíso de Dios.
¡Oh amorosos amigos! Esforzaos de alma y corazón por hacer de este mundo la imagen especular del Reino, que este mundo inferior rebose de las bendiciones del mundo de Dios, se eleven en aclamación las voces del Concurso de lo alto y los signos y muestras de las mercedes y dádivas de Bahá’u’lláh abarquen toda la tierra.
Jináb-i-Amín ha expresado la máxima admiración por vosotros, varones honorables y mujeres ilustradas, nombrándoos y alabándoos uno por uno, hablando extensamente de la firmeza y la constancia que todos habéis mostrado, diciendo que, gracias a Dios, en toda Persia los hombres y las mujeres están juntos, rectos, fuertes, inconmovibles, cual edificio señorial sólidamente construido; y que os dedicáis con amor y alegría a esparcir las perfumadas fragancias del Señor.
Éstas han sido nuevas de gran alegría, especialmente porque me han llegado en estos días de extremo peligro. Pues el más caro deseo de este agraviado es que los amigos sean de corazón espiritual y de mente iluminada, y una vez que me es conferida esta gracia, la calamidad, por muy aflictiva que sea, no es sino munificencia que se vierte sobre mí como copiosa lluvia.
¡Oh Dios, mi Dios! Tú me ves inmerso en un océano de angustia, encadenado a los fuegos de la tiranía y llorando en la oscuridad de la noche. Desvelado, doy vueltas en el lecho, mis ojos hacen esfuerzos por ver la luz matinal de la fidelidad y la confianza. Sufro cual pez con las entrañas ardientes que salta aterrorizado en la arena, mas esperando siempre que Tus dádivas aparezcan en todas las direcciones.
¡Oh Dios, mi Dios! Haz que los creyentes de otros países participen de Tu abundante gracia; redime, por Tu infalible ayuda y munificencia, a cualquiera de Tus amados que en las regiones más remotas gima por la amarga crueldad de su enemigo. Oh Señor, son cautivos de Tu amor, hechos prisioneros por Tus tropas. Son aves que vuelan por los cielos de Tu guía, ballenas que nadan en el océano de Tus dádivas, estrellas que centellean en el horizonte de Tus dones. Son los defensores de la fortaleza de Tu ley. Son los estandartes de Tu recuerdo entre los hombres. Son los profundos pozos de Tu divina compasión, las fuentes de Tus favores, los manantiales de Tu gracia.
Mantenlos siempre a salvo bajo Tu mirada protectora. Ayúdales a ensalzar Tu Palabra; haz que sus corazones sean constantes en Tu amor; fortalece sus espaldas para que puedan servirte plenamente; fortalece sus poderes en la servidumbre.
Difunde mediante ellos Tus perfumadas fragancias por doquier; expón mediante ellos Tus Santas Escrituras; haz conocer mediante ellos Tu Expresión; cumple mediante ellos Tus Palabras; mediante ellos, derrama Tu misericordia.
Tú eres, verdaderamente, el Fuerte, el Poderoso. Tú eres, en verdad, el Clemente, el Compasivo.
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