Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
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¡Oh sierva de Dios, que te estremeces como una rama fresca y tierna con los vientos del amor de Dios! He leído tu carta, la cual habla de tu abundante amor, tu intensa devoción y de que estás ocupada en recordar a tu Señor.
Has de depender de Dios. Has de abandonar tu propia voluntad y aferrarte a la Suya, desechar tus propios deseos y asirte a los de Él, para que llegues a ser, para Sus siervas, un ejemplo santificado, espiritual y perteneciente al Reino.
Has de saber, oh sierva, que ante la vista de Bahá las mujeres son consideradas iguales a los hombres, y Dios ha creado a toda la humanidad a Su propia imagen y semejanza. Es decir, los hombres y las mujeres por igual son los reveladores de Sus nombres y atributos y, desde el punto de vista espiritual, no existe diferencia entre ellos. Aquel que se acerque a Dios es el más favorecido, ya sea hombre o mujer. Cuántas siervas, ardientes y dedicadas, estando a la sombra protectora de Bahá, han demostrado ser superiores a los hombres y han sobrepasado a los famosos de la tierra.
La Casa de Justicia, sin embargo, de acuerdo con el texto explícito de la Ley de Dios, está limitada a los hombres; ello, en virtud de una sabiduría de Dios, el Señor, la cual dentro de poco será puesta de manifiesto con tanta claridad como el sol del mediodía.
En cuanto a vosotras, las demás siervas que estáis enamoradas de las fragancias celestiales, organizad reuniones santas y fundad Asambleas Espirituales, pues éstas son las bases para la difusión de los perfumados aromas de Dios: exaltan su Palabra, alzan la lámpara de Su gracia, promulgan Su religión y promueven Sus Enseñanzas; ¿y qué merced hay más grande que ésta? Estas Asambleas Espirituales son ayudadas por el Espíritu de Dios. Su defensor es ‘Abdu’l-Bahá. Sobre ellas Él extiende Sus alas. ¿Qué merced hay más grande que ésta? Estas Asambleas Espirituales son lámparas brillantes y jardines celestiales, desde los cuales se difunden sobre todas las regiones las fragancias de la santidad, y las luces del conocimiento se derraman sobre todas las cosas creadas. Proveniente de ellas discurre el espíritu de vida en todas las direcciones. Ellas son, de hecho, las poderosas fuentes del progreso del hombre, en todo tiempo y en todas las condiciones. ¿Qué merced hay más grande que ésta?
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