Oh mi Dios! ¡Oh mi Dios! Verdaderamente, Tu siervo, humilde ante la majestad de Tu divina supremacía, sumiso ante la puerta de Tu unicidad, ha creído en Ti y en Tus versículos, ha dado testimonio de Tu palabra, ha sido encendido con el fuego de Tu amor, ha sido sumergido en las profundidades del océano de Tu conocimiento, ha sido atraído por Tus brisas, ha confiado en Ti, ha vuelto el rostro hacia Ti, Te ha ofrecido sus súplicas y le han sido asegurados Tu perdón y Tu clemencia. Ha abandonado esta vida mortal y ha volado hacia el reino de la inmortalidad, anhelando el favor de encontrarse contigo.
¡Oh Señor! Glorifica su posición, cobíjalo en el pabellón de Tu suprema misericordia, haz que entre en Tu glorioso paraíso y perpetúa su existencia en Tu exaltado rosedal, para que pueda sumergirse en el mar de luz que se halla en el mundo de los misterios.
En verdad, Tú eres el Generoso, el Poderoso, el Perdonador y el Donador.
¡Oh alma segura, sierva del Señor! […] No te apenes por el fallecimiento de tu respetado esposo. Él, ciertamente, ha llegado al encuentro de su Señor en la sede de la Verdad, en la presencia del poderoso Rey. No supongas que le has perdido. Se descorrerá el velo y verás su rostro iluminado en el Concurso Supremo. Tal como Dios, el Exaltado, ha dicho: “Ciertamente, le haremos despertar a una vida feliz”. Por consiguiente, debe concederse suprema importancia no a esta primera creación, sino más bien a la vida futura.
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