Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
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¡Oh vosotros que sois constantes en la Alianza! El peregrino os ha mencionado a cada uno de vosotros y ha pedido que a cada uno se le dirija una carta por separado, pero a este errante en el desierto del amor de Dios un millar de preocupaciones y desvelos le impiden mantener correspondencia; y ya que de los orientes y los ponientes de la tierra le llega un torrente cada vez mayor de cartas, le sería imposible enviar a cada uno una misiva por separado, por lo cual esta única carta se dirige a cada uno de vosotros, para que, como vino sellado, os regocije el alma y otorgue calor al corazón.
¡Oh amados constantes! La gracia de Dios se abate sobre la humanidad como las lluvias de la primavera, y los rayos de la Luz manifiesta han hecho que esta tierra sea la envidia del cielo. Mas ¡ay!, los ciegos están privados de esa generosidad, les es negada a los desatentos, no tienen esperanza de ella los marchitos y se extinguen los mustios; así, como aguas torrentosas, esta infinita corriente de gracia retorna a su fuente original, en un mar oculto. Solamente algunos reciben esta gracia y toman de ella su parte. Por tanto, depositemos nuestras esperanzas en lo que puede provocar el fuerte brazo del Amado.
Confiamos que en el futuro despierten los dormidos, se haga que los desatentos se vuelvan conscientes y los excluidos lleguen a ser iniciados en los misterios. Ahora deben los amigos continuar trabajando de alma y corazón, y desplegar un gran esfuerzo hasta que sean derribados los baluartes de la disensión y las glorias de la unicidad del género humano conduzcan a todos a la unidad.
Hoy es necesidad imperiosa la unidad y la armonía entre los amados del Señor, pues deberían tener entre ellos solamente un corazón y un alma, y deberían, en la medida que de ellos dependa, resistir solidariamente la hostilidad de todos los pueblos del mundo; deben poner fin a los ignorantes prejuicios de todas las naciones y religiones, y deben dar a conocer a todo miembro de la raza humana que todos son las hojas de una sola rama, los frutos de un solo árbol.
Sin embargo, mientras los amigos no establezcan la perfecta unidad entre ellos mismos, ¿cómo pueden invitar a otros a la armonía y la paz?
El alma que no ha cobrado vida, ¿qué esperanza tiene de dar vida a otra?
Reflexionad sobre formas de vida diferentes de la humana y que os sirvan de advertencia: las nubes que poco a poco se van separando no pueden producir la dádiva de la lluvia y pronto se pierden; un rebaño de ovejas, una vez dispersado, es presa del lobo, y las aves que vuelan solitarias son rápidamente atrapadas por las garras del halcón. Qué mayor demostración puede haber de que la unidad conduce a una vida floreciente, mientras que la disensión y el apartarse de los demás sólo conducen a la miseria; pues son éstos los caminos seguros que llevan al amargo desengaño y a la ruina.
Las santas Manifestaciones de Dios fueron enviadas para hacer visible la unicidad de la humanidad. Soportaron innumerables adversidades y tribulaciones para que una comunidad de entre los pueblos divergentes de la humanidad pudiese reunirse a la sombra de la Palabra de Dios y vivir como una sola, y pudiese, con deleite y gracia, demostrar en la tierra la unidad de la humanidad. Por consiguiente, el deseo de los amigos debe ser éste: juntar y unificar a todos los pueblos, que todos reciban un trago generoso del vino puro contenido en esta copa “templada en la fuente de alcanfor”. Que hagan que las diferentes poblaciones sean como una sola e induzcan a los linajes hostiles y sanguinarios de la tierra a amarse unos a otros. Que libren de sus grilletes a los cautivos de los deseos sensuales y hagan que los excluidos lleguen a ser confidentes de los misterios. Que den a los desprovistos una porción de las bendiciones de estos días; que guíen a los desposeídos al tesoro inagotable. Esta gracia puede tener lugar por las palabras, procedimientos y acciones del Reino Invisible; pero, a falta de éstos, será imposible que ocurra.
Las confirmaciones de Dios son la garantía de estas bendiciones; la sagrada munificencia de Dios confiere estos grandes dones. Los amigos de Dios son apoyados por el Reino en lo alto y ganan las victorias mediante los ejércitos concentrados de la guía suprema. Así, toda dificultad les será allanada, todo problema será resuelto muy fácilmente.
Cuando hay unidad en una determinada familia, observad con qué facilidad se conducen los asuntos de esa familia, cómo progresan sus miembros, cómo prosperan en el mundo. Sus asuntos están en orden, gozan de comodidad y tranquilidad, están seguros, su posición está afianzada, llegan a ser la envidia de todos. Tal familia no hace sino acrecentar su situación y su honor perdurable con cada día que transcurre. Y si ampliamos un poco la esfera de la unidad para incluir a los habitantes de una aldea que tratan de ser amables y unidos, traban amistad entre ellos y son bondadosos unos con otros, qué grandes avances se verá que logran, cuán seguros y protegidos estarán. Luego ampliemos algo más la esfera y tomemos a los habitantes de una ciudad, a todos conjuntamente: si establecen entre ellos los más sólidos lazos de unidad, hasta dónde han de progresar, incluso en un breve período, y qué poder han de ejercer. Y si se amplía aún más la esfera de la unidad, es decir, si los habitantes de un país entero desarrollan corazones pacíficos y, de todo corazón y alma, anhelan cooperar mutuamente y vivir en unidad, y si llegan a ser bondadosos y amables unos con otros, ese país obtendrá gozo sempiterno y gloria imperecedera. Tendrá paz, abundancia y enorme riqueza.
Observad, entonces: si todos los clanes, tribus, comunidades, naciones, países y territorios de la tierra se reunieran bajo el pabellón unicolor de la unicidad de la humanidad, y por los deslumbradores rayos del Sol de la Verdad proclamaran la universalidad del hombre; si hicieran que todas las naciones y todos los credos abriesen ampliamente los brazos unos a otros, que establecieran un Consejo Mundial y procedieran a unir unos con otros a los miembros de la sociedad por sólidos vínculos recíprocos, ¿qué sucedería entonces? No cabe duda de que el divino Amado, en toda Su tierna hermosura, y con Él una numerosa hueste de confirmaciones celestiales y de bendiciones y dádivas humanas, aparecerían ante la congregación del mundo en Su gloria más plena.
Por consiguiente, oh amados del Señor, esforzaos por hacer todo lo que esté en vuestra mano para ser como uno solo, para vivir en paz, cada cual con los demás: pues sois todos las gotas de un único océano, el follaje de un solo árbol, las perlas de una misma concha, las flores y hierbas fragantes de un mismo y único jardín. Y al lograr eso, esforzaos por unir los corazones de quienes son seguidores de otras religiones.
Debéis ofrendar la vida misma unos por otros. Debéis ser infinitamente bondadosos con todo ser humano. No llaméis a nadie extraño; a nadie consideréis enemigo. Comportaos como si todos los hombres fueran parientes cercanos y honorables amigos. Caminad de modo tal que este mundo fugaz sea transformado en esplendor y este sombrío montón de polvo llegue a ser un palacio de delicias. Tal es el consejo de ‘Abdu’l-Bahá, este siervo desventurado.
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