Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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¡Oh concurso del Reino de Abhá! Desde las alturas de la felicidad de la humanidad se elevan dos llamadas al éxito y a la prosperidad, despertando a los dormidos, dando vista a los ciegos, haciendo que los descuidados se vuelvan atentos, confiriendo oído a los sordos, desatando la lengua a los mudos y resucitando a los muertos.

Una es la llamada de la civilización, del progreso del mundo material. Pertenece al mundo de los fenómenos, promueve los principios de la realización material y es el maestro en los logros físicos del género humano. Comprende las leyes, los reglamentos, las artes y las ciencias mediante las cuales se ha desarrollado el mundo de la humanidad; las leyes y normas que son el fruto de elevados ideales y el producto de mentes sanas que han entrado en el ruedo de la existencia por los esfuerzos de los sabios y cultos del pasado y de épocas posteriores. El propagador y poder ejecutor de esta llamada es el gobierno justo.

El otro es la conmovedora llamada de Dios, Cuyas enseñanzas espirituales son las salvaguardias de la gloria sempiterna, la felicidad eterna y la iluminación del mundo de la humanidad, y hacen que sean revelados los atributos de la misericordia en el mundo humano y en la vida del más allá.

Esta segunda llamada se basa en las direcciones y exhortaciones del Señor, y en las recomendaciones y emociones altruistas pertenecientes al dominio de la moralidad, las cuales, al igual que una luz brillante, alumbran e iluminan la lámpara de las realidades del género humano. Su poder penetrante es la Palabra de Dios.

No obstante, mientras los avances materiales, los logros físicos y las virtudes humanas no sean fortalecidos por las perfecciones espirituales, las cualidades brillantes y las características de la misericordia, no saldrá de ellos ningún fruto ni resultado, ni se logrará la felicidad del mundo de la humanidad, que es el objetivo final. Pues aunque, por una parte, los logros materiales y el desarrollo del mundo físico producen prosperidad, lo cual pone de manifiesto exquisitamente los objetivos buscados, por otra parte, son inminentes los peligros, las severas calamidades y las violentas aflicciones.

En consecuencia, cuando observas la regularidad de los reinos, ciudades y aldeas, con el atractivo de sus ornamentos, la lozanía de sus recursos naturales, el refinamiento de sus aparatos, la comodidad de sus medios de transporte, la extensión del conocimiento disponible referente al mundo de la naturaleza, las grandes invenciones, las colosales empresas, los nobles descubrimientos e investigaciones científicas, has de concluir que la civilización conduce a la felicidad y al progreso del mundo. Mas si vuelves tu mirada al descubrimiento de máquinas destructivas e infernales, al desarrollo de las fuerzas de demolición y la invención de implementos violentos que arrancan de raíz el árbol de la vida, se te hará evidente y manifiesto que la civilización está aunada con la barbarie. El progreso y la barbarie marchan de la mano, a menos que la civilización material sea confirmada por la Guía Divina, por las revelaciones del Todomisericordioso y por virtudes piadosas, y sea fortalecida por una conducta espiritual, por los ideales del Reino y las efusiones del Dominio del Poder.

Considera ahora que los países más avanzados y civilizados del mundo se han transformado en arsenales de explosivos, que los continentes del planeta han sido convertidos en gigantescos campamentos y campos de batalla, que los pueblos del mundo se han constituido en naciones armadas y que los gobiernos del mundo compiten unos con otros en dar el primer paso por entrar en el campo de la matanza y el derramamiento de sangre, sometiendo así al género humano al máximo grado de aflicción.

Por tanto, esta civilización y este progreso material deben combinarse con la Más Grande Guía a fin de que este mundo inferior llegue a ser el escenario de la aparición de las dádivas del Reino, y los avances físicos se unan con las refulgencias del Misericordioso. Ello, para que la belleza y la perfección del mundo del hombre sean reveladas y puestas de manifiesto ante todos con la mayor gracia y esplendor. Así, serán reveladas la gloria y felicidad sempiternas.

Alabado sea Dios, porque a lo largo de sucesivos siglos y edades se ha hecho oír la llamada de la civilización, ha avanzado y progresado día a día el mundo de la humanidad, se han desarrollado a pasos agigantados varios países y han aumentado las mejoras materiales, hasta que el mundo de la existencia obtuvo capacidad universal como para recibir las enseñanzas espirituales y escuchar el Llamamiento Divino [KP]. El niño de pecho pasa por varias etapas físicas, creciendo y desarrollándose en cada una de ellas, hasta que su cuerpo alcanza la edad de la madurez. Habiendo llegado a esta etapa, adquiere la capacidad de manifestar las perfecciones espirituales e intelectuales. Se perciben en él las luces de la comprensión, de la inteligencia y el conocimiento, y se desarrollan los poderes de su alma. De modo similar, en el mundo contingente la especie humana ha sufrido progresivos cambios físicos y, a través de un lento proceso, ha ascendido por la escala de la civilización, realizando en sí misma las maravillas, las excelencias y dones de la humanidad en su forma más gloriosa, hasta que adquirió la capacidad de expresar los esplendores de las perfecciones espirituales y los ideales divinos y llegó a ser capaz de escuchar la llamada de Dios. Entonces, por fin, se dejó oír la llamada del Reino, se revelaron las virtudes y perfecciones espirituales, despuntó el Sol de la Realidad y fueron promovidas las enseñanzas de la Más Grande Paz, de la unicidad del mundo de la humanidad y de la universalidad de los hombres. Esperamos que la refulgencia de estos rayos se haga cada vez más intensa, y las virtudes ideales, más resplandecientes, a fin de que sea alcanzada la meta de este proceso humano universal y aparezca el amor de Dios en la mayor gracia y belleza, deslumbrando a todos los corazones.

¡Oh amados de Dios! Sabed, ciertamente, que la felicidad de la humanidad se halla en la unidad y la armonía de la raza humana, y que los avances espirituales y materiales están condicionados al amor y a la amistad entre todos los hombres. Considerad las criaturas vivientes, a saber, las que se mueven por la tierra, las que vuelan, las que pacen y las que devoran. Entre los animales de presa cada clase vive aparte de las otras especies de su género, observando completo antagonismo y hostilidad; y cuando se encuentran, inmediatamente luchan hasta derramar sangre, haciendo rechinar los dientes y mostrando las garras. Éste es el modo en que se comportan las bestias feroces y los lobos sanguinarios, animales carnívoros que viven solitarios y luchan por su vida. Pero los animales dóciles, bondadosos y mansos, ya pertenezcan a las especies voladoras o a las herbívoras, conviven unos con otros en completa afinidad, unidos en sus rebaños, viviendo sus vidas con goce, felicidad y contento. Tales son las aves que se satisfacen con unos pocos granos y están agradecidas por éstos; viven en la más completa alegría y se ponen a cantar abundante y melodiosamente mientras sobrevuelan prados, llanos, colinas y montañas. De modo semejante, los animales que pacen, como la oveja, el antílope y la gacela, se juntan en gran amistad, intimidad y unidad mientras viven en sus llanos y praderas en una condición de contento pleno. Pero los perros, los lobos, los tigres, las hienas y otros animales de presa se alejan unos de otros cuando cazan y vagan a solas. Las criaturas de los campos y las aves del cielo nunca se esquivan ni se molestan unas a otras cuando encuentran sus tierras comunes de pastoreo y descanso, sino que se aceptan unas a otras con amabilidad, a diferencia de las bestias devoradoras que inmediatamente se descuartizan cuando una se introduce en la cueva o guarida de la otra; es más, basta con que una pase frente a la morada de la otra para que ésta salga velozmente a atacarla y, si es posible, a matarla.

Por consiguiente, queda claro y manifiesto que también en el reino animal el amor y la afinidad son los frutos de una disposición tierna, una naturaleza pura y un carácter loable, mientras que la discordia y el aislamiento son característicos de las fieras salvajes.

El Todopoderoso no ha creado en el hombre las garras y los dientes de los animales feroces sino que, más bien, la forma humana ha sido diseñada y engalanada con los más hermosos atributos y adornada con las más perfectas virtudes. El honor de esta creación y el valor de este atuendo requieren, por tanto, que el hombre tenga amor y afinidad para con su propia especie; es más, que actúe con todas las criaturas vivientes con justicia y equidad.

Asimismo, considerad que la causa del bienestar, la felicidad, el gozo y la comodidad de la humanidad son la amistad y la unión, mientras que la disensión y la discordia conducen sin duda a dificultades, humillación, agitación y fracaso.

Pero, ay, mil veces ay, el hombre es negligente e inconsciente de estos hechos y a diario se pavonea de los atributos de una bestia salvaje. ¡Fijaos cómo tan pronto se vuelve un tigre feroz como se transforma en una venenosa víbora reptadora! Mas los logros sublimes del hombre radican en las cualidades y atributos que pertenecen exclusivamente a los ángeles del Concurso Supremo. Por tanto, cuando del hombre emanan las cualidades loables y la conducta elevada, se convierte en un ser celestial, un ángel del Reino, una realidad divina y un fulgor de los cielos. En cambio, cuando se dedica a la guerra, a la lucha y al derramamiento de sangre, llega a ser más vil que la más feroz de las criaturas salvajes, puesto que si un lobo sanguinario devora un cordero en una sola noche, el hombre mata brutalmente a un centenar de miles de seres humanos en el campo de batalla, y cubre el suelo con sus cadáveres y la tierra con su sangre.

En resumen, el hombre está dotado de dos naturalezas: una tiende a la sublimidad y la perfección intelectual, mientras que la otra se vuelve hacia la degradación bestial y las imperfecciones de la carne. Si viajáis por los países del globo observaréis por una parte los restos de ruina y destrucción, mientras que por otra parte veréis los signos de la civilización y el desarrollo. Tal desolación y ruina son el resultado de la guerra, la contienda y la lucha, mientras que todo desarrollo y progreso son los frutos de las luces de la virtud, de la cooperación y la concordia.

Si uno viajara a través de los desiertos del Asia Central observaría cuántas ciudades, otrora grandes y prósperas como París o Londres, están ahora demolidas y arrasadas. Desde el mar Caspio al río Oxo se extienden salvajes y desolados llanos, desiertos, páramos y valles. Durante dos días y dos noches el ferrocarril ruso atraviesa las ciudades en ruinas y las aldeas deshabitadas de aquel yermo. Antiguamente esa llanura producía el fruto de las mejores civilizaciones del pasado. Eran evidentes por doquier las señales del desarrollo y el refinamiento; se protegían bien y se promovían las artes y las ciencias; florecían las profesiones e industrias; el comercio y la agricultura habían alcanzado un elevado nivel de eficiencia, y los fundamentos del gobierno y del Estado descansaban sobre una base firme y sólida. Hoy en día esa vasta extensión de tierra ha llegado a ser en su mayor parte el abrigo y el asilo de tribus turcomanas, y un lugar para el feroz despliegue de las bestias salvajes. Las antiguas ciudades de esa planicie, tales como Gurgán, Nissá, Abívard y Shahristán, famosas en todo el mundo por sus artes, sus ciencias, su cultura, su industria, y reconocidas por su riqueza y grandeza, su prosperidad y distinción, han cedido su lugar a un desierto en el que no se escucha voz alguna salvo el rugido de las bestias salvajes, y donde vagan a sus anchas los lobos sanguinarios. Esta destrucción y desolación fueron acarreadas por la guerra y la contienda, la disensión y la discordia entre persas y turcos, los cuales discrepaban por su religión y sus costumbres. Tan rígido era el espíritu del prejuicio religioso que los caudillos carentes de fe sancionaron el derramamiento de sangre inocente, la ruina de la propiedad y la profanación del honor de las familias. Esto es sólo por citar un ejemplo.

En consecuencia, cuando atravieses las regiones del mundo, llegarás a la conclusión de que todo progreso es el resultado de la asociación y la cooperación, mientras que la ruina es el producto de la animosidad y el odio. No obstante ello, el mundo de la humanidad no hace caso de la advertencia, ni despierta del sueño de la negligencia. El hombre todavía provoca diferencias, disputas y rivalidad con objeto de reunir las cohortes de la guerra y, con sus legiones, lanzarse al campo del derramamiento de sangre y la matanza.

Luego, por otra parte, considera el fenómeno de la composición y la descomposición, de la existencia y la no existencia. Toda cosa creada en el mundo contingente está formada por muchos y variados átomos, y su existencia depende de la composición de éstos. En otras palabras, por el divino poder creador tiene lugar una conjunción de elementos simples, de modo que de esta composición se produce un organismo diferenciado. La existencia de todas las cosas se basa en este principio. Pero cuando el orden es trastornado, se produce la descomposición y comienza la desintegración, y entonces la cosa en cuestión cesa de existir. Es decir, la aniquilación de todas las cosas es causada por la descomposición y la desintegración. Por tanto, la atracción y la composición entre los diversos elementos es el medio para la vida, y la discordia, la descomposición y la división producen la muerte. Así, las fuerzas de cohesión y atracción en todas las cosas conducen a la aparición de resultados y efectos fructíferos, mientras que el distanciamiento y el alejamiento de las cosas conducen a la perturbación y a la aniquilación. Por la afinidad y la atracción llegan a existir todas las cosas vivientes, como las plantas, los animales y el hombre, en tanto que la división y la discordia acarrean descomposición y destrucción.

En consecuencia, aquello que conduce a la asociación, la atracción y la unidad entre los hijos de los hombres es el medio para la vida del mundo de la humanidad, y todo lo que causa división, repulsión y lejanía lleva a la muerte del género humano.

Y si al pasar por campos y plantaciones observas que las plantas, flores y hierbas perfumadas crecen juntas frondosamente, formando un diseño de unidad, ello evidencia el hecho de que esa plantación y ese jardín florecen bajo el cuidado de un jardinero experto. Mas cuando lo ves en estado de desorden e irregularidad, deduces que le ha faltado el cuidado de un labrador eficiente y así ha producido malezas y cizañas.

Por tanto, se hace manifiesto que la amistad y la cohesión son indicadores de las enseñanzas del Verdadero Educador, y que la dispersión y la separación son prueba de salvajismo y privación de la educación divina.

Un crítico puede objetar diciendo que los pueblos, razas, tribus y comunidades del mundo son de diferentes y variadas costumbres, hábitos, gustos, carácter, inclinaciones e ideas, que las opiniones y pensamientos son contrarios unos a otros y, por tanto, ¿cómo es posible que se revele la unidad real y exista el perfecto acuerdo entre las almas humanas?

En respuesta decimos que las diferencias son de dos clases. Una de ellas es causa de aniquilación, y es como la antipatía que existe entre naciones en guerra y tribus antagónicas que buscan cada cual la destrucción de la otra, desarraigando cada una a las familias de la otra, despojando una a la otra de tranquilidad y comodidad y dando rienda suelta a la matanza. La otra clase es una expresión de la diversidad, es la esencia de la perfección y la causa de la aparición de las dádivas del Gloriosísimo Señor.

Considera las flores de un jardín: aunque son diferentes en tipo, color, forma y aspecto, sin embargo, por cuanto son refrescadas por las aguas de una sola fuente, son vivificadas por el soplo de una sola brisa, son vigorizadas por los rayos de un único sol, esta diversidad aumenta su encanto y realza su belleza. Así, cuando surte efecto esa fuerza unificadora que es la penetrante influencia de la Palabra de Dios, la diferencia de costumbres, actitudes, hábitos, ideas, opiniones y disposición embellece el mundo de la humanidad. Esta diversidad, esta diferencia es como la disimilitud y la variedad creadas por naturaleza en los miembros y órganos del cuerpo humano, ya que cada uno de ellos contribuye a la belleza, la eficacia y perfección del todo. Cuando estos diferentes miembros y órganos se someten a la influencia del alma soberana del hombre y el poder del alma penetra las extremidades, los miembros, las venas y arterias del cuerpo, entonces la diferencia refuerza la armonía, la diversidad fortalece el amor y la multiplicidad es el más grande factor de coordinación.

¡Qué desagradable sería para la vista si todas las flores y plantas, todas las hojas y capullos, los frutos, las ramas y los árboles de ese jardín fueran todos de la misma forma y color! La diversidad de tonos, de forma y aspecto enriquece y adorna el jardín, y realza su efecto. De la misma manera, cuando se reúnen diferentes matices de pensamiento, de temperamento y carácter, y se someten al poder y la influencia de un único organismo central, se revelarán y pondrán de manifiesto la belleza y la gloria de la perfección humana. Nada que no sea la potencia celestial de la Palabra de Dios, la cual gobierna y trasciende la realidad de todas las cosas, es capaz de armonizar los pensamientos, sentimientos, ideas y convicciones divergentes de los hijos de los hombres. En verdad, aquélla es el poder que penetra todas las cosas, el motor de las almas y el unificador y regulador en el mundo de la humanidad.

Alabado sea Dios, hoy en día el esplendor de la Palabra de Dios ha iluminado todos los horizontes, y personas procedentes de todas las sectas, razas, tribus, naciones y comunidades se han reunido a la luz de la Palabra, juntas, unidas y de acuerdo, en perfecta armonía. ¡Oh! ¡Qué gran número de reuniones se celebran, adornadas con personas de varias razas y de diversas sectas! Cualquiera que asista a ellas quedará sorprendido y podría suponer que estas almas son todas de un mismo país, de una misma nacionalidad, de una misma comunidad, de un mismo pensamiento, de una misma creencia y de una misma opinión; mientras que, de hecho, uno es americano, otro africano, uno proviene de Asia, otro de Europa, uno es nativo de la India, otro de Turquestán, uno es árabe, otro tayiko, otro persa y otro griego. A pesar de tanta diversidad, se juntan en perfecta armonía y unidad, en amor y libertad; tienen una sola voz, un solo pensamiento y un solo propósito. ¡En verdad, ello es debido al penetrante poder de la Palabra de Dios! Si se juntaran todas las fuerzas del universo, aun así no serían capaces de reunir una sola asamblea tan imbuida de sentimientos de amor, de afecto, de atracción y ardor, como para unir a los miembros de las diferentes razas y hacer surgir del corazón del mundo una voz que disipe la guerra y la contienda, que desarraigue la disensión y la disputa, que inaugure la era de la paz universal y establezca la unidad y la concordia entre los hombres.

¿Existe algún poder que sea capaz de resistir la penetrante influencia de la Palabra de Dios? ¡No, por Dios! ¡La prueba es clara y la evidencia es completa! Si alguien mira con el ojo de la justicia, quedará maravillado y perplejo, y dará testimonio de que todos los pueblos, sectas y razas del mundo han de estar felices, contentos y agradecidos por las enseñanzas y recomendaciones de Bahá’u’lláh. Pues estos preceptos divinos doman a toda bestia feroz, transforman al insecto que se arrastra en un ave que vuela, hacen que las almas humanas lleguen a ser ángeles del Reino y convierten el mundo humano en foco de las cualidades de la misericordia.

Además, se requiere que absolutamente todos muestren obediencia, sumisión y lealtad a su propio gobierno. Hoy en día ningún Estado del mundo está en situación de paz ni de tranquilidad, pues la seguridad y la confianza han desaparecido de entre los seres humanos. Tanto gobernados como gobernantes están en peligro por igual. El único grupo de gentes que en la actualidad se somete pacífica y lealmente a las leyes y reglamentos gubernamentales y que actúa honrada y francamente con los demás no es sino esta comunidad agraviada. Pues mientras todas las sectas y razas de Persia y de Turquestán están absortas en promover sus propios intereses y sólo obedecen a sus gobiernos con la esperanza de recibir recompensa o por temor al castigo, los bahá’ís son los bienquerientes del gobierno, son obedientes a sus leyes y amantes de todos los pueblos.

Tal obediencia y sumisión ha sido prescrita como deber y obligación para todos por el Texto explícito de la Belleza de Abhá. Por tanto, los creyentes, en obediencia a los mandamientos del Verdadero, muestran la mayor sinceridad y buena voluntad hacia todas las naciones; y si algún alma actuase contrariamente a las leyes del gobierno, se consideraría a sí misma responsable ante Dios, y merecería la ira y el castigo divino por su pecado e iniquidad. Es sorprendente que, a pesar de ello, algunas de las autoridades del gobierno consideran que los bahá’ís son malquerientes, mientras que estiman a los miembros de otras comunidades como sus bienquerientes. ¡Dios mío! Recientemente, cuando hubo una revolución y agitación general en Teherán y en otras provincias de Persia, se probó que ni un solo bahá’í había participado ni intervenido en esos asuntos. Por esta razón fueron reprochados por los ignorantes, debido a que habían obedecido el mandamiento de la Bendita Perfección y se habían abstenido absolutamente de intervenir en asuntos políticos. Ellos no estaban asociados con ningún partido, sino que se ocupaban en sus propios asuntos y en su profesión y cumplían con sus propios deberes.

Todos los amigos de Dios dan testimonio del hecho de que ‘Abdu’l-Bahá, desde todo punto de vista, desea el bien de todos los gobiernos y naciones, y hace votos sinceros por su progreso y avance, especialmente de los dos grandes estados del Este, pues estos dos países son la tierra natal y el lugar de exilio de Bahá’u’lláh. En todas las epístolas y escrituras, Él ha elogiado y alabado a estos dos gobiernos y ha suplicado para ellos las confirmaciones divinas desde el Umbral del Único Dios Verdadero. La Belleza de Abhá –que mi vida sea un sacrificio para Sus amados– ha ofrecido oraciones en favor de Sus Majestades Imperiales. ¡Dios mío! Qué extraño es que, a pesar de estas pruebas concluyentes, cada día ocurra algún suceso y surjan dificultades. Pero nosotros, y los amigos de Dios, por ningún motivo debiéramos reducir nuestros esfuerzos por ser leales, sinceros y personas de buena voluntad. Debemos en todo momento manifestar nuestra veracidad y sinceridad, es más, hemos de ser constantes en nuestra fidelidad y formalidad y ocuparnos en ofrecer oraciones por el bien de todos.

¡Oh bienamados de Dios! Éstos son días de constancia, de firmeza y perseverancia en la Causa de Dios. No debéis centrar vuestra atención en la persona de ‘Abdu’l-Bahá, pues dentro de poco él se despedirá de vosotros. Más bien, debéis fijar la mirada en la Palabra de Dios. Si se promueve la Palabra de Dios, regocijaos y sentíos agradecidos y felices, aunque ‘Abdu’l-Bahá mismo sea amenazado por la espada o agobiado por el peso de cadenas y grillos. Pues lo importante es el Sagrado Templo de la Causa de Dios, no el cuerpo físico de ‘Abdu’l-Bahá. Los amigos de Dios deben proceder con tal constancia que, si en algún momento un centenar de almas como ‘Abdu’l-Bahá llegan a ser el blanco de las flechas de la aflicción, no cederán ni vacilarán en su resolución, en su determinación, su ardor, su devoción y servicio a la Causa de Dios. ‘Abdu’l-Bahá mismo es un siervo ante el Umbral de la Bendita Belleza y una manifestación de pura y total servidumbre ante el Umbral del Todopoderoso. Él no tiene otra posición o título, ni otro rango o poder. Éste es mi Propósito último, mi eterno Paraíso, mi santísimo Templo y mi Sadratu’l-Muntahá. Con la Bendita Belleza de Abhá y el Exaltado, Su Heraldo –que mi vida sea sacrificada por Ellos dos–, se ha completado la aparición de la Manifestación universal e independiente de Dios. Y por un millar de años todos serán iluminados por Sus luces y sostenidos por el océano de Sus favores.

¡Oh amados de Dios! Esto, ciertamente, es mi último deseo y mi advertencia a vosotros. Por tanto, bienaventurado aquel a quien Dios ayude a seguir lo que está grabado en este pergamino, cuyas palabras están purificadas de los símbolos corrientes entre los hombres.