Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
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¡Oh siervo del Santo Umbral! Hemos leído lo que surgió de tu pluma en tu amor a Dios y hemos hallado muy grato el contenido de tu carta. Es mi esperanza que, por la munificencia de Dios, los hálitos del Todomisericordioso te renueven y vivifiquen en todo momento.
Has escrito acerca de la reencarnación. La creencia en la reencarnación se remonta a la historia antigua de casi todos los pueblos, y la sostenían hasta los filósofos de Grecia, los sabios de Roma, los antiguos egipcios y los grandes asirios. No obstante, tales supersticiones y dichos no son, a la vista de Dios, más que absurdos.
El mayor argumento de los creyentes en la reencarnación es que, conforme a la justicia de Dios, cada cual debe recibir su merecido: cuando, por ejemplo, un hombre es afligido por alguna calamidad, ello es debido a una injusticia que ha cometido. Mas considera a un niño que aún está en el vientre de su madre, el embrión recién formado, y ese niño es ciego, sordo, inválido, incompleto: ¿qué pecado ha cometido un niño semejante para merecer sus aflicciones? Ellos responden que, si bien en apariencia el niño que aún está en la matriz no es culpable de ningún pecado, sin embargo, ha cometido una injusticia cuando se hallaba en su forma anterior y, por consiguiente, ha llegado a merecer su castigo.
Sin embargo, estas personas han pasado por alto el siguiente aspecto. Si la creación avanzara de acuerdo con una sola regla, ¿cómo se haría sentir el Poder que todo lo abarca? ¿Cómo habría de ser el Todopoderoso “Aquel que hace Su voluntad y ordena lo que desea”?
En breve, las Sagradas Escrituras se refieren a un retorno, pero con esto se quiere decir el retorno de las cualidades, las condiciones, los efectos, las perfecciones y las realidades interiores de las luces que reaparecen en cada dispensación. No se refiere a almas e identidades individuales y particulares.
Se puede decir, por ejemplo, que la luz de esta lámpara es la misma de anoche, que ha regresado, o que la rosa del año anterior ha retornado este año al jardín. Aquí la referencia no es a la realidad individual, la identidad fija, el ser particular de esa otra rosa, sino más bien significa que en éstas están presentes ahora las cualidades, las características distintivas de aquella otra luz, aquella otra flor. Aquellas perfecciones, es decir, aquellas gracias y dones de una primavera anterior han vuelto nuevamente este año. Decimos, por ejemplo, que este fruto es el mismo del año pasado; pero sólo pensamos en su delicadeza, su lozanía y frescura, y en su dulce sabor; pues es obvio que aquel inalcanzable centro de la realidad, aquella identidad específica, no regresará jamás.
¿Qué paz, qué sosiego y qué comodidad encontraron los Seres Santos de Dios durante Su estancia en este mundo inferior, como para que continuamente tratasen de regresar y volver a vivir esta vida? ¿No basta una sola vez esta angustia, estas aflicciones, estas calamidades, estos reveses, estos graves peligros como para que quisieran hacer repetidas visitas a la vida de este mundo? Este cáliz no había sido tan dulce como para que alguno de ellos quisiese beber de él por segunda vez.
Por eso los amantes de la Belleza de Abhá no desean otra recompensa sino alcanzar la posición desde la cual puedan contemplarle en el Dominio de Gloria, y no transitan por otros caminos que no sean las arenas desiertas del anhelo de esas exaltadas alturas. Ellos buscan el sosiego y solaz que perduran por siempre y aquellas dádivas que están purificadas de la comprensión de la mente mundana.
Cuando mires a tu alrededor con ojo perspicaz, notarás que en esta tierra de polvo todo el género humano sufre. Aquí no hay hombre alguno en paz, en recompensa por pecados expiados en vidas anteriores; ni nadie tan dichoso como que aparentemente recoja el fruto de pasada angustia. Y si una vida humana, con su ser espiritual, estuviese limitada a este lapso terrenal, entonces, ¿cuál sería la cosecha de la creación? Es más, ¿cuáles serían los efectos y los resultados de la Divinidad misma? Si tal noción fuese verdadera, entonces todas las cosas creadas, todas las realidades contingentes y la totalidad de este mundo de la existencia carecerían de sentido. Dios no permita que alguien se atenga a tal ficción y craso error.
Pues tal como los efectos y el fruto de la vida uterina no han de hallarse en aquel oscuro y estrecho lugar, y sólo cuando el niño es transferido a esta espaciosa tierra son revelados los beneficios y la utilidad del crecimiento y desarrollo de ese mundo anterior, asimismo, la recompensa y el castigo, el cielo y el infierno, la compensación y la pena merecidos por las acciones llevadas a cabo en esta vida presente serán revelados en el mundo del más allá. Y tal como, si la vida en la matriz estuviese limitada a ese mundo uterino, la existencia en ese lugar carecería de sentido, sería irrelevante; del mismo modo, si la vida de este mundo, las acciones llevadas a cabo aquí y su fruto no aparecieran en el mundo del más allá, el proceso entero sería irracional y absurdo.
Has de saber que Dios nuestro Señor posee dominios invisibles que el intelecto humano jamás tendrá la esperanza de desentrañar, ni de concebir la mente del hombre. Una vez que hayas limpiado la vía de tu sentido espiritual de la contaminación de esta vida terrena, aspirarás las agradables fragancias de la santidad que proceden de los dichosos jardines de aquel país celestial.
Que la Gloria sea contigo y con quienquiera que se vuelva al Reino del Todoglorioso y dirija la mirada hacia éste, el cual el Señor ha santificado por encima de la comprensión de aquellos que son negligentes con Él y ha ocultado a los ojos de aquellos que Le muestran orgullo.
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