¡Oh pueblos del Reino! Cuántas almas dedicaron todo el lapso de su vida a la adoración, sufrieron la mortificación de la carne, anhelaron alcanzar la entrada en el Reino y, con todo, no lo lograron, en tanto que vosotros, sin esfuerzo, ni dolor, ni abnegación, habéis ganado el premio y habéis entrado en él.
Es como en el tiempo del Mesías, cuando los fariseos y los piadosos se quedaron sin su parte, en tanto que Pedro, Juan y Andrés, que no eran dados a la adoración piadosa ni a la práctica ascética, lograron el triunfo. Por consiguiente, agradeced a Dios por haberos colocado sobre la cabeza la corona de la gloria sempiterna, por haberos concedido esta inconmensurable gracia.
Ha llegado el momento en que, como ofrenda de gratitud por esta dádiva, debéis crecer en fe y constancia día a día, y debéis acercaros cada vez más al Señor, vuestro Dios, llegando a estar en tal grado atraídos e inflamados, que vuestras santas melodías de alabanza al Bienamado logren ascender hasta el Concurso de lo alto; y que cada uno de vosotros, como un ruiseñor en esta rosaleda de Dios, glorifique al Señor de las Huestes y llegue a ser el educador de todos los que habitan en la tierra.
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